19/08/2024
𝗘𝗡𝗚𝗘𝗡𝗗𝗥𝗢
Era un muchacho tranquilo, no se metía en problemas y eso lo hacía invisible. Pero una tarde alguien le arrebato el equilibrio. Ese día, Daniel Arbeloa sufrió una metamorfosis. Sus ojos se encendieron, su ceño se erizó, unos pliegues invadieron su frente, su cuello se tensó, los músculos de sus brazos se volvieron protuberancias verdes, sus puños se cerraron como armaduras y las uñas se le alargaron. Al observar el extraño fenómeno, mi compañero de carpeta recordó la masacre propinada por Daniel a un fanfarrón en el primer año. Era todo furia, casi lo mata, me dijo. La mayoría desconocíamos el hecho y nos encontrábamos sorprendidos ante la mutación del apacible.
Pero el que inició los zarandeos fue Luis Peralta. Y lo hizo nada más por el gusto de divertirse. Socotroco, así lo llamábamos, pertenecía a la gavilla de facinerosos del aula y esas credenciales le otorgaban protección en el ejercicio de sus excesos. Eran los amos del mundo, como una cosa nostra escolar, capaces de enfrentarse al mismísimo Satanás.
Luego de las escaramuzas, los beligerantes no tardaron en retarse a duelo. El lance sería a la salida de clases, en el coliseo, una pampa erguida enfrente del José María Eguren de Barranco. Allí se dirimían desavenencias por generaciones. Había que asistir no solo por honrar la tradición. La exhibición era gratuita. Además, el loco, ese sería el apodo de Daniel en aquellos años, se volvería a transformar en un engendro, en la bestia que nos había deslumbrado.
Ya en el terreno un buen grupo nos habíamos citado para degustar lo que considerábamos sería una de esas funciones teñidas de trompadas, puntapiés y derrame de sangre. Es decir, anticipábamos un buen espectáculo. Algunos ya hacían las primeras apuestas, frotándose las manos por las monedas que se embolsarían.
Lamentablemente, los rivales no se brindaron según los pronósticos. Diríase que la contienda fue marcada por la estrategia y el cálculo. Tal vez porque Daniel, que en el fondo era un tipo aplicado e inteligente, no quería ponerse en contra de los mandamases del salón si trituraba a uno de sus delfines; y su contrincante, invadido intempestivamente por la cautela, no quería sufrir los mazazos del trastornado si este lo llegara a calzar. El hecho es que la fiera nunca apareció y la desazón invadió a los concurrentes quienes empezaron a soltar epítetos y abucheos hacia los protagonistas por la paupérrima puesta en escena.
Y los silbidos empezaron a incrementar su tono, como reclamando la devolución de las entradas. Entonces, unas piedras surgieron en el cielo, revoloteando de un lado a otro. Expresaban decepción.
Yo me encontraba en una esquina y desde ese sitio no podía ver muy bien los incidentes. A lo lejos se divisaban dos siluetas que se movían entre fintas e insinuaciones. Ningún sonido de puñetazos en los torsos como aporreando ímpetus, o zapatazos en las canillas buscando derribar al oponente, o cuerpos demoliéndose en el centro de una polvareda. Nada de eso sucedía. Solo resuellos y esquives.
El estruendo de rechiflas iba en aumento rechazando el desenvolvimiento de los combatientes. En ese momento decidí estirar el pescuezo para no perderme ningún detalle. De pronto, observé un objeto acercarse hacia mí. Era como un meteorito que viajaba en el espacio, fuera de órbita. Parecía hacerlo en cámara lenta. No tuve ninguna oportunidad de evitar el porrazo. Aquella roca impactó en una de mis cejas, reventándola. Grité, caí empapado en sangre, la asistencia entró en confusión y la bronca concluyó. Ahora había un colegial ensangrentado tirado en la grava del arrabal.
Si los profesores se enteraban, muchos irían a la Oficina de Normas Educativas y tendrían que enfrentarse a Villalobos por promover hostilidades que mellaban la imagen del colegio en el distrito. En segundos, la tropa se hizo humo. Así, en el barullo del desbande, un par de estudiantes atinó a levantarme y me llevó a un recinto de primeros auxilios en donde me cocieron la ceja a puntadas. Finalmente, el circo fui yo. Todos hablaban del chico al que le rompieron la cara en medio de una riña.
En los años que vinieron nadie provocó el retorno del loco. Ninguno se atrevió a convocarlo. Daniel, el monstruo, el demonio, el maligno, no volvió a asomar. Más bien, decidió terminar la secundaria en aires de afabilidad, apertrechado en el anonimato y aislado como un monje tibetano por voluntad propia.
Después de la clausura en nuestro último año, no lo volvimos a ver. Al cabo de un tiempo supimos que los despojos de un hombre, apellidado Peralta, habían sido encontrados en un callejón. El cuerpo estaba horriblemente despedazado por garras, un rastrillo, o algo parecido a un garfio. La policía informó que era una cuestión de venganzas por disputas entre pandillas. Hasta hoy no se ha podido encontrar al autor de la atroz carnicería.
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