La investigación acerca de las raíces de la sociedad ecuatoriana lleva hacia ancestros quitus, mucho antes del advenimiento inca. Cabe al director del Ballet Quitus el entronque de las danzas vernáculas que han conservado las comunidades con el rico simbolismo de aquellos, a partir de las enseñanzas de los antropólogos Piedad y Alfredo Costales. Por otra parte, dentro de la construcción de la iden
tidad que da sentido a la preservación de valores que guardan, busca la fidelidad a las manifestaciones que no teniendo pretensiones artísticas, presentan por encima de ello, fuente vital para los habitantes en cuya vivencia está presente un contexto que forma parte de su razón de ser. Al transferir al escenario estas formas funcionales, está el deseo de compartir y contribuir así al enriquecimiento mutuo con la sociedad anfitriona; pero, sobre todo, dar cuenta del inmenso potencial que atesoran. No sin razón puede manifestarse que en ellas está presente el caudal de rasgos definitorios del habitante ecuatoriano y, por lo mismo, el ballet Quitus se ha convertido en preservador de las interconexiones que dan cuenta del significado de conjunto que rodea a la danza ecuatoriana en su vertiente vernáculo-popular. No solamente ésta; sino también lo que representa y cuál es su vínculo con el pensamiento que anima su existencia. A dicha búsqueda lleva consecuentemente la revitalización de danzas urbanas, otrora desaparecidas; Tal es el caso del pasillo o del arroz quebrado, por citar solamente dos ejemplos. También, está en el plan de trabajo del grupo el continuo perfeccionamiento de sus integrantes y la realización de coreografías que enlacen con el imaginario colectivo de sus compatriotas. Así, ha hecho de las tradiciones y de la representación de sus máximos exponentes plásticos, literarios y musicales, motivo para la configuración de pasos y momentos que, yendo más allá de un “ poema en movimiento “, recojan el espíritu de un pueblo. Desde la resistencia indígena, hasta el júbilo de las festividades populares; del ánimo picaresco y distendido del mestizo hasta su faceta angustiada y desgarrada. El abrazo del maestro Kigman o Guayasamín, la música de Luis H. Salgado o la poesía de César Dávila Andrade, serán fondo viviente para la puesta en escena, tanto como las costumbres conventuales o gentiles.