23/06/2018
“En África del Sur la mejor de las tribus era la de los zulúes. En ella todo
hombre era un guerrero y un buen Scout, pues había aprendido el
Escultismo desde su niñez. Al llegar un niño a la edad suficiente para
convertirse en guerrero, se le despojaba de sus vestidos pintándole el cuerpo
totalmente de blanco. Se le entregaba un escudo para protegerse y una
pequeña lanza (azagaya) para que con ella matara a los animales y a sus
enemigos. De esta guisa se le ponía en libertad en la selva.
Si alguien lograba verlo cuando aun estaba pintado de blanco, debía cazarlo y
matarlo. La pintura blanca tardaba en desaparecer cerca de un mes; lavarla
era imposible. Así pues, el muchacho zulú tenía que esconderse en la selva
durante un mes y vivir lo mejor que le fuera posible.
Tenia que encender fuego para cocinar y hacerlo frotando dos pedazos de
madera. Debía ser cuidadoso para que el humo de la fogata no lo delatara,
porque de otra manera, el ojo avizor de
los que lo acechaban hubiera hecho que
dieran con él. Debía ser capaz de correr
largas distancias; subir a los árboles;
atravesar a nado los ríos, para de esa
manera escapar de sus perseguidores.
Tenía que ser valiente y hacerle frente a
un león, o a cualquier otro animal
salvaje que lo atacara.
Tenía que saber de qué plantas se podía
servir para su alimentación y cuáles
eran venenosas. Tenía que construirse
su propia choza y hacer esto en un
lugar bien escondido.
Tenía que cuidar de que dondequiera
que fuera no quedaran huellas de sus
pisadas, pues de lo contrario podía ser seguido.
Durante un mes, tenía que vivir esta vida; algunas veces en medio de un
calor abrasador y otras con frío o con lluvia.
Cuando, al fin, la pintura había desaparecido de su cuerpo, se le permitía
regresar al pueblo y era recibido con grandes muestras de regocijo,
permitiéndosele ocupar un lugar entre los guerreros de su tribu. Había
demostrado que podía bastarse a sí mismo.
Indudablemente esta prueba es cruel, pero demuestra la forma en que los
salvajes entienden la necesidad de que los muchachos sean adiestrados en
hombría y no se les permita convertirse en pusilánimes que se conforman
con ver lo que hacen los demás.
Los chicos de antaño recibían un adiestramiento semejante, antes de que se
les considerara hombres.
Si los muchachos trabajan con ardor en el Escultismo, al final pueden
considerarse como Scouts y como hombres, encontrando que no les es difícil
cuidar de sí mismos…”
(Del libro “Escultismo para Muchachos”
de Lord Baden-Powell de Gilwell)