22/07/2026
¿POR QUÉ SE QUEMAN NUESTROS PUEBLOS?. A principios del siglo XX el 90% de la población trabajaba en el sector primario, ahora sólo queda el 3,5 %. A partir de la década de los 60 se produce el gran éxodo del campo a las islas de asfalto y cemento.
En nuestro pueblo se practicaba una agricultura de subsistencia, se producía toda la comida necesaria para alimentar a las familias y sus animales, vendiéndose los excedentes. Con la mecanización del campo y el empleo de insumos químicos este modelo agrícola ancestral fue cayendo en el olvido, únicamente mantenido por los mayores.
No ha habido relevo generacional, los herederos de estas tierras de regadío que envuelven las zonas urbanas las han dejado abandonadas, a la espera de que “algún día” sean urbanizables. Reconocen su derecho de propiedad y pagan un exiguo IBI rústico, olvidándose de sus obligaciones en la conservación y mantenimiento de estos espacios multifuncionales agrícolas.
Las huertas y vergeles que rodean nuestros pueblos además de producir comida actúan como paisajes hidratantes y biodiversos, como cortafuegos integrados frente a los incendios forestales.
Debería existir una normativa que obligara a estos nuevos propietarios a mantener y conservar estos paisajes de regadío, al menos desbrozándolos en los meses de estío y si quisiéramos ir a la raíz, expropiarlos a los dueños que incumplan con esta obligación para donarlos a personas o colectivos que realmente quieran cuidarlos y conservarlos. Son un bien común.
Se acerca una grave crisis alimentaria y estos espacios son cruciales para la producción agroecológica local y la creación de microclimas que atenúen los efectos de la crisis climática planetaria.