02/10/2026
En muchas situaciones de la vida cotidiana en la escuela, pero específicamente durante el período de acogida, a los adultos acompañantes les cuesta sostener el llanto de un bebé menor de tres años.
El llanto es una expresión de regulación emocional. Cuando un infante se desregula ante la separación de sus familiares, el recuerdo de la ausencia al entrar un padre o una madre a la escuela, el alejamiento de la educadora de referencia, o un conflicto de intereses durante el juego, puede llevarle a una inestabilidad que NECESITA SER EXPRESADA.
En esta sociedad de la urgencia existe poco espacio para la tristeza, la frustración o el desahogo. Dejemos de normalizar que la escuela ideal es aquella en la que las criaturas no lloran.
Una sociedad más saludable debería sostener el llanto en la escuela infantil, darle un nombre a esa emoción, "apalabrar" la tristeza para que salga toda, a borbotones, y la infancia se pueda vaciar de angustia, y sienta, en definitiva, que eso de llorar, no es un estado negativo, sino un camino para la autoregulación que es sostenido por los adultos que acompañan ese proceso.
Alejarse o acercarse, según necesite el infante, describir la situación, ofrecer cuerpo y sostén, y aguantar el chaparrón. Sobre todo, en este momento tan vulnerable del curso.
Sé que a la mayoría no nos han educado con estos permisos, y quizás por eso nos cuesta tanto que la infancia llore sin filtros, sienta hasta la última gota sin censura, y recupere la armonía que tanto ansía el adulto.
¿Y tú, cómo llevas el inicio de curso?
Te leo👀
S. S. 🙏🏽🫀