17/08/2026
Creo que nos han educado bastante así. Al menos para mí. Últimamente intento trabajar precisamente lo contrario.
Desde pequeños hemos asociado muchas veces el reconocimiento a conseguir algo: una buena nota, ganar un partido, encontrar un buen trabajo, cobrar más, vender más, facturar más…
Y seguramente nuestros padres también venían de una cultura donde obtener resultados era una de las principales maneras de demostrar que estabas haciendo bien las cosas.
El problema es que acabamos trasladando esa mentalidad a prácticamente todo. Empezamos algo y queremos comprobar enseguida si funciona. Y cuando el resultado tarda más de lo esperado aparecen las dudas, la frustración, las comparaciones y muchas veces acabamos abandonando.
Ahora intento preocuparme menos por cuándo llegará el resultado y mucho más por aquello que estoy haciendo para provocarlo.
En el trabajo lo veo constantemente. Puedes obsesionarte con facturar más, tener mejores números o conseguir que un equipo funcione mejor. Pero mirar el resultado cada día no hará que llegue antes.
Lo que sí puedes hacer es mejorar procesos, formar, escuchar, probar cosas nuevas, equivocarte, corregir, ser constante y tener curiosidad por seguir aprendiendo.
Y esto también sirve fuera del trabajo.
Cuando disfrutas de lo que haces y consigues convertir esa forma de hacer las cosas en un hábito, curiosamente empiezas a necesitar menos el resultado inmediato para continuar.
Quizá ahí está una de las claves que más estoy aprendiendo:
dejar de perseguir tanto el resultado y empezar a disfrutar construyendo aquello que algún día puede provocarlo.
No persigas resultados. Persigue la pasión por hacer las cosas.
Los resultados acabarán persiguiéndote a ti