27/04/2021
De esta manera comienza el último trabajo de Cristián H. Ricci, a publicarse en inglés...
"Novísimas generaciones de escritores marroquíes en castellano y catalán"
En el año 2014 recorrí el panorama de la literatura marroquí escrita en las lenguas más habladas de la Península Ibérica. La monografía se tituló ¡Hay moros en la costa! Literatura marroquí fronteriza en castellano y catalán (Iberoamericana/Vervuert 2014), y en ella di cuenta del surgimiento, evolución y afianzamiento en el campo de la producción cultural europea de esta literatura desde la época del Protectorado (1912-1956) hasta nuestros días. En 2019 he vuelto a publicar un libro más abarcador en el que de manera comparativa expongo la evolución de esta literatura tomando como punto de referencia la literatura marroquí escrita en francés, neerlandés e inglés (New Voices of Muslim North-African Migrants in Europe, Brill 2019). Muchos de los autores señalados en mi primera monografía han seguido escribiendo con más o menos rigurosidad y solo una autora, de origen amazigh, se ha consolidado como bestseller, Najat El Hachmi. La autora rifeña escribe en catalán y ha ganado, entro otros galardones, el “Premi de les Lletres Catalanes Ramon Llull”, cuyo objetivo fundacional no solo radica en incentivar la escritura en lengua catalana, sino también en darle la mayor divulgación social y comercial posible. El Hachmi es la única escritora no nacida en Cataluña en haber ganado el premio. En este 2021 nos ha vuelto a sorprender El Hachmi al ganar el prestigioso "Premio Nadal" con su primera novela escrita originalmente en castellano. Se trata de El lunes nos querrán (la traducción al catalán ya está disponible, Dilluns ens estimaran), un texto en el que se vuelve a explorar la identidad, el patriarcado y la sinrazón de los fundamentalismos religiosos, pero esta vez desde el punto de vista de joven nacida y crecida en los arrabales de Barcelona. En el ámbito de la literatura marroquí en castellano, el panorama se ha tornado un tanto aciago, pudiéndose vislumbrar atisbos de esperanza en un puñado de autores. De manera subjetiva, mi parecer se inclina en subrayar a labor de dos autores que viven en México y España, respectivamente. Ambos poseen mayor proyección que el resto de una generación que, de manera versátil, he dado en llamar “los novísimos”. Estos autores no alcanzan los cuarenta años y viven, casi exclusivamente, fuera de Marruecos. Se trata de Mehdi Mesmoudi, nativo de Tánger, ahora con residencia en Baja California, y de Mohamed El Morabet, originario de Alhucemas y residente en Madrid. Un tanto a la saga de ambos narradores, podríamos situar a dos poetisas, Lamiae El Amrani, de Tetuán e inmigrante en México (Yucatán) y Nisrin Ibn Larbi, natural de Tetuán, donde continúa su labor docente en la Universidad Abdelmalek Essaadi luego de haberse doctorado en filología por la Universidad de Granada. Un caso particular es el del tangerino Farid Othman-Bentria Ramos, que posee un talento singular para la poesía y es un incansable humanista que desde Madrid publica casi todos los años poemarios, antologías u obras de arte colectivas en las que sutilmente combina pinturas, dibujos, poemas y narraciones breves. Los narradores rifeños-catalanes Laila Karrouch, Saïd El Kadaoui Moussaoui y Jamila al-Hassani han publicado al menos dos libros en los últimos cinco años, pero se han visto un tanto opacados por el éxito atronador de Najat El Hachmi. Con muchas menos publicaciones, mayormente en antologías, revistas y en redes sociales, los demás autores que compondrían el grupo de los novísimos serían los narradores Sanae Chairi, Jamal-Eddine El-Mejhed, Amira Debbabi, Mustapha Handar y Nabil Loukili. En poesía destacan Rachid Boussad y El-Abbás Tahri Joutey Hassani, con un estilo neobarroco que desentona -estimo que gratamente- con la producción poética de sus congéneres.
En ¡Hay moros en la costa! insistía en darle a la literatura marroquí en lenguas ibéricas un papel más relevante en el ámbito de los estudios sobre literaturas fronterizas, tal como en su momento lo habían conseguido, entre otras, las literaturas chicana y asiática en Estados Unidos, la turca en Alemania y, por supuesto, las literaturas que componen la francophonie. Con autores como Ahmed Ararou, Ahmed El Gamoun, Larbi El Harti, Abderrahman El Fathi, Mohamed Chakor (†) y, principalmente, Mohamed Lahchiri, Sergio Barce Gallardo y Najat El Hachmi la labor presentaba claros visos de esperanza. Desde entonces, se han producido un número significativo de estudios, entre ciento cincuenta y doscientos incluyendo libros monográficos y ensayos, y más de veinte antologías. Por su parte, se han defendido y se continúan escribiendo unas treinta tesis doctorales y de magíster en universidades de Europa, Estados Unidos, Iberoamérica y Marruecos. En detrimento de este boom de los estudios sobre la literatura marroquí en castellano y catalán, la mayoría de los autores que se expresan en castellano (salvo Barce Gallardo y El Fathi) ha mermado la producción de textos y, por otro lado, muy pocas veces ha logrado afincarse en las librerías y en las facultades de filología españolas. Por supuesto, el caso de Najat El Hachmi y, en menor medida, los otros autores rifeños-catalanes, son los que más atención han recibido y son estudiados con más detenimiento y rigor académico en Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia.
Najat el Hachmi alcanza el éxito del público y la crítica con su primera novela, L’últim Patriarca (2008), aunque ya en su autobiografía, Jo també sóc catalana (2004), abordaba temas como la alienación del inmigrante y el ensamblaje de lenguas (catalán, tamazight/tarifit, castellano y árabe) como factor enriquecedor en el forjamiento de la identidad de la protagonista, una luchadora por los derechos de los desplazados, particularmente de las mujeres. La novela fue traducida a siete lenguas, pero la autobiografía no corrió igual suerte y solo se puede leer en catalán. L’últim patriarca, como se evidencia en el título, hará hincapié en el despotismo de un padre acostumbrado al maltrato y la humillación tanto en su ciudad natal en el Rif como en Cataluña. Uno de los puntos más relevantes radica en señalar que el patriarca es también víctima de abusos y vejaciones, y que su conducta es consustancial con la crianza recibida y el entorno sociocultural en el que se desempeña. En 2011, El Hachmi publica La caçadora de cossos, una novela en la que busca europeizar su narrativa y, en consecuencia, se despega de las señas de identidad norteafricana. En este texto, la protagonista se lanza a la caza de hombres de diversas nacionalidades con el afán de saciar su apetito de placer y aplacar el dolor que le producen sus carencias emocionales. Posteriormente, con las novelas La filla estrangera (2015) y Mare de lleit i mel (2018), la narradora se concentra en las primeras y segundas generaciones de mujeres migrantes. En ambos casos la presencia de los hombres no es significativa ya que es mucho más importante para la autora determinar los retos a las que son sometidas las mujeres de la migración, viudas, divorciadas o abandonadas, carentes de recursos, alejadas de sus familias de origen, de la religión musulmana e injertadas en una sociedad hostil que les presenta escollos determinantes para la realización personal. En ambas novelas, las mujeres de origen amazigh nacidas en Europa son las que mejor se adaptan en la nación de acogida como fruto del aprendizaje de la lengua catalana, la salida del ámbito familiar, muchas veces de manera forzosa y dolorida, el rechazo a los matrimonios concertados, y la adopción de costumbres liberales europeas. El hecho de haber sido criada y educada en Cataluña le permite a Najat El Hachmi posar su ojo crítico -y en consecuencia novelar- sobre las miserias y virtudes de ambas culturas a las que pertenece, criticar el conservadurismo de la religión y la falsa empatía de los europeos que ven en cada mujer musulmana a una víctima. Como corolario de esto último, ha incursionado en el ámbito del ensayo desde periódicos catalanes y españoles, y acaba de publicar Sempre han parlat per nosaltres (2019), un texto que prontamente se ha convertido en referente sociológico y teórico debido al capital cultural acumulado con el éxito de sus novelas. El texto expone las trampas y distintas formas de discriminación de las que son víctimas las mujeres migrantes de África en Europa.
Continuando la herencia de Ahmed Ararou, el joven Mehdi Mesmoudi ha hecho del ensayo literario su principal virtud. En la narrativa de Mesmoudi se observa la naturaleza de un nuevo paradigma de formación de identidades culturales marcadas por la hibridación de elementos semióticos: intertextualidades, palimpsestos y deconstrucciones tendientes a la elaboración de un discurso crítico y subversivo que se apropia de los “cánones literarios clásicos”, recodificándolos en el marco de la contemporaneidad y biografía del autor-narrador y su(s) locación(es) cultural(es). Se trata de un proceso escriturario que rechaza identificarse con unos pocos rasgos culturales definidos y determinantes para considerarse producto de influencias múltiples y de múltiples pertenencias. De esta manera, Mehdi Mesmoudi representa el espíritu renovador que le propina el “ser periférico” a las letras castellanas con el afán de crear un nuevo discurso ensayístico sobre Occidente, el mismo Oriente y, esencialmente, sobre ese espacio intersticial que está dado geográfica y mitológicamente por Latinoamérica, el norte de África y el mundo árabe-musulmán. Por su parte, la lírica de Mehdi Mesmoudi -reflejada en sus poemarios Testimonios sísmicos (2018) y Rugidos testimoniales (2019)- conduce al lector por caminos conocidos de la música y la literatura y, al mismo tiempo, descubre inhóspitos senderos de América Latina y África a través de una flora y una fauna que engendran, dicotómicamente, la crueldad y la belleza de la poesía.
Mohamed Morabet también cultiva el ensayo literario y la novela. Como escritor fronterizo, Mohamed El Morabet transforma y trasvasa los límites de la escritura convencional-monolingüe, tanto del mundo norteafricano-árabe-amazigh-islámico como el del occidental-cristiano, para reproducir con sutil ironía los encuentros-desencuentros de los individuos de ambas márgenes del Estrecho, unidos por una lengua, efectivamente, pero “desplazados” por motivos sociopolíticos de valores culturales que una vez los unieron. La lengua, al fin y al cabo, sea ésta el árabe, el tamazight rifeño/tarifit, el francés o el castellano, se antoja deficiente ante la sensibilidad intrínseca de este escritor plurilingüe que opta por “asumir que la alteridad no estriba en el uso de la lengua extranjera, sino en la ruptura momentánea con los canónicos hábitos de la lengua materna”, como diría Ahmed Ararou. Con la publicación de su novela Un solar abandonado (2019), es difícil y discutible–y hasta en ciertos casos inaceptable y mutilador – no conceder a este escritor su derecho a lo extraterritorial; es decir, a crear una literatura desde el margen de otras culturas y lenguas; desde el filo, a veces cortante, de sus fronteras. En su novela, Mohamed El Morabet, como aplicado discípulo del género fantástico, recrea un viaje desde Madrid a Alhucemas con el deseo de iniciar una vida nueva, pero la realidad se funde con los sueños y la intertextualidad de los textos canónicos de la literatura occidental con la literatura oral de su cultura de origen. Un solar abandonado ha llegado para cubrir un vacío en el género novelístico correspondiente a la literatura marroquí en castellano. Su principal antecedente es El Diablo de Yudis (1994) de Ahmed Daoudi, tal vez la mejor novela que ha dado este grupo de autores, y los esporádicos y minusvalorados esfuerzos de Mohamed Sibari (†) y Mohamed Bouissef Rekab.
Resta una reflexión final. Hablar, pensar y escribir en lenguas castellana y catalana –a diferencia de la lengua árabe, la lengua francesa y otras lenguas autóctonas– en Marruecos es una peculiaridad y hasta cierto punto “una pose”. Sin embargo, vivir en estas lenguas fuera de Marruecos recobra una fuerza vital y transformadora. Si no abogamos por este capital sociolingüístico e intelectual de alrededor de más de dos millones de marroquíes castellanoparlantes y catalanoparlantes (contando los que viven en la diáspora), estaríamos marginando y excluyendo a una parte fundamental de este país multicultural.