01/10/2025
El tribunal supremo interior
Algunos clientes me confiesan que viven bajo juicio constante. No por su pareja, ni por sus compañeros de trabajo, ni por sus amigos. Es una voz mucho más persistente: la propia conciencia. Una voz que les acusa de todo, de lo que han hecho y de lo que no han hecho. Esa voz actúa como un equipo de fiscales implacables y jueces dispuestos a dictar sentencia sin derecho a defensa. Si esas acusaciones vinieran de otra persona, serían motivo suficiente para romper una relación, una amistad o, incluso, para presentar una querella por calumnias o maltrato.
Esa voz interior yo también la sufro. Y sospecho que quien está leyendo estas líneas también. Piensa un momento: ¿cuándo fue la última vez que te atacaste a ti mismo? La mayoría de las respuestas que recibo son: “hace unas horas”, “hace unos minutos”… o “ahora mismo”. Tal es la intensidad del fuego amigo en la batalla diaria de la supervivencia.
El tribunal supremo interior no es imparcial. Son jueces despiadados que nunca elegiste y un jurado popular formado por recuerdos antiguos, miradas que te hicieron sentir pequeño, promesas que te impusiste para no volver a fallar, y errores que todavía duelen aunque ya no puedan llamarse así. El periodista y amigo Lluís Foix diría que son “titulares a cinco columnas” que tratamos de esconder en nuestra conciencia sin demasiado éxito. Son supernovas emocionales que estallaron hace tiempo y que, aunque invisibles, siguen iluminando rincones de nuestra vida con destellos que no queremos mirar. Como las ondas gravitacionales, deforman el espacio-tiempo interior sin que nadie lo perciba.
¿Cómo ganar la causa? No con más juicios. La solución siempre será parcial, un armisticio imperfecto, porque las auto-sentencias suelen ser perpetuas.
Mi propuesta para la defensa es modesta: apuntar hacia una libertad emocional condicional que nos permita seguir adelante. Lo primero es escuchar, no negar esas voces, porque entonces solo se harían más sutiles y eficaces. La estrategia no consiste en acallarlas, sino en sentarse con ellas, poner nombre a lo que pasa, comprender qué quieren proteger o de qué huyen. Porque no son del todo enemigas: son partes de nosotros mismos que han aprendido a hablar con una dureza implacable.
Convivir con ese tribunal interior es un ejercicio de liderazgo íntimo. Significa reconocer qué respuestas nacen del corazón y cuáles vienen del juez que solo quiere castigar o complacer. Significa liderarte antes de liderar a los demás. Y, sobre todo, recordar que no somos la voz que condena, sino la que puede escuchar y amar.
Quizás este sea el acto más revolucionario —y discreto— de nuestra vida: dejar de ser investigados del tribunal supremo interior para convertirnos, por fin, en testigos compasivos de nosotros mismos.
01/09/2025
Construir catedrales o mover piedras
Cuando deseamos un cambio, a nivel personal o profesional, a menudo nos marcamos objetivos poniendo el foco en los problemas a resolver. Pero el verdadero destino no es resolver un problema, es atender una necesidad. Los entrenadores debemos dar prioridad a este aspecto si queremos ayudar de verdad a nuestros clientes y no dejarlos en el mismo lugar de bloqueo que quieren superar.
El psicólogo Marshall Rosenberg diferenciaba entre necesidad y estrategia. Es fundamental. Por ejemplo: cuando pienso que “Tengo que cambiar de trabajo”, estoy invocando una estrategia y la abordo como un problema a resolver. La necesidad implícita a mi necesidad de cambio puede ser más autonomía, seguridad, sentido o tranquilidad. Si doy prioridad a estas necesidades de pronto aparecen más opciones, y quizás también incluya la de buscar otro trabajo, pero también puedo valorar emprender, renegociar condiciones o transformar la forma de relacionarme con mi trabajo actual.
Las necesidades humanas son universales, pocas y comunes: Autonomía, Reconocimiento, Pertenencia, Amor/Afecto, Sentido/Propósito, Descanso, Diversión/Juego, Conexión, Desarrollo, Salud/Fisiología o Trascendencia. Estas necesidades dan sentido a las dimensiones física, emocional, relacional y existencial.
Las estrategias, en cambio, son múltiples, como trabajar horas extras para sentirse seguro, pedir atención constante para sentirse querido o acumular títulos para obtener reconocimiento. Buscar placer es un buen ejemplo de ello. La necesidad universal es g***r: reír, sentir bienestar o intimidad. Las estrategias son sólo caminos: comer chocolate, ir a la playa o comprar algo nuevo. El error es creer que la estrategia y la necesidad son lo mismos. Si pienso que mi objetivo es comer chocolate porque me da placer, me cierro en un único camino. Si reconozco que lo que busco es disfrute, las posibilidades se multiplican incluyendo, en su caso, un buen chocolate.
Cuando estudié marketing recuerdo un profesor que promovió una polémica en clase cuando aseguró que no podemos crear nuevas necesidades a nuestros clientes. Es cierto, porque lo único que podemos hacer honestamente es ofrecer estrategias para satisfacerlas o de forma fraudulenta confundir al cliente para anunciando que su producto o servicio es el único camino para satisfacer su necesidad.
Te invito a que, la próxima vez que quieras solucionar un problema, te preguntes "¿Cuál es la necesidad que quiero satisfacer?". Si consigues nombrarla, te darás cuenta de que el cambio deja de ser una carga y se convierte en una oportunidad con mucho más sentido y energía disponible.
Recuerda la vieja fábula de los obreros que realizaban el mismo trabajo. Uno consideraba que construía un muro, y tenía razón. Otro, en cambio, afirmaba que estaba levantando una catedral y también tenía razón porque nombraba la totalidad y el sentido profundo de su trabajo. Cuando conectas con la necesidad y no sólo con la estrategia, cada paso deja de ser un mover piedras y se convierte en un propósito emocionante cómo construir tu propia catedral.
12/08/2025
Durante años pensé que tomar una buena decisión era cuestión de contar con la mejor información. Leía, analizaba, preguntaba. Cuanto más sabía, más tranquilo me sentía. Ahora ya no lo veo igual.
Acompaño a personas que buscan certezas: ejecutivos, líderes, profesionales e incluso estudiantes que quieren hacer las cosas bien. Y todos, en algún momento, me preguntan lo mismo: “¿Cómo sé si esta decisión es la correcta?”. La respuesta, aunque suene paradójica, suele ser: no lo sabes. Pero quizas puedas sentirlo.
Vivimos en la era del Deep Search: sistemas de inteligencia artificial capaces de leer miles de documentos, cruzar datos y ofrecer respuestas estructuradas en cuestión de segundos. Lo que antes requería semanas de análisis, hoy se resuelve con un clic. Impresiona. Si hubiera tenido una herramienta así hace veinte años, cuando era directivo, me habría sentido invencible. Pero ahora veo la otra cara: esa necesidad de saberlo todo antes de decidir puede convertirse en una trampa sutil, que abre la puerta a saboteadores internos como el famoso Procrastinador. A veces, lo que tanto deseamos, cuando se cumple, trae consigo el efecto contrario al esperado. Disponer de todos los datos y de todas las opciones, gracias a la IA, puede generar un bloqueo decisivo mucho más grande de lo que imaginamos. Es como un viajero que, antes de elegir su destino, revisa cientos de rutas, compara todos los hoteles y analiza cada actividad posible… hasta que el tiempo que dedica a decidir le impide disfrutar del viaje.
Hay decisiones que no se pueden justificar con datos. Lo que marca la diferencia, a menudo, es esa sensación en el estómago, ese cosquilleo, esas mariposas que aparecen cuando estás a punto de hacer algo importante. Por ejemplo: esa persona que te hace sonreír con una mirada. Te la encuentras, la tienes cerca y sientes que quieres decirle algo más. La cabeza duda, pero el corazón ya lo sabe. En ese instante, no hace falta más información. Hace falta valor. ¿Te suena?
En 1973, el profesor de Princeton Burton Malkiel, en su libro A Random Walk Down Wall Street, afirmaba que “un mono con los ojos vendados lanzando dardos a la sección de cotizaciones podría elegir mejor que un experto”. Y, efectivamente, estudios posteriores han confirmado que estas elecciones aleatorias superan a menudo el rendimiento de los analistas a largo plazo. Entonces, ¿qué hacemos cuando el azar y el instinto superan a la inteligencia planificada?
La inteligencia artificial puede ayudarte a entender el pasado. Pero no sabe nada de lo que aún no existe. Las emociones, en cambio, sí tienen un radar para captar lo nuevo, lo posible, lo que todavía no se ha dicho pero ya se intuye. Las mariposas en el estómago son señales, no distracciones.
No se trata de oponer razón y emoción, sino de integrarlas. Lo que intento hacer —y lo que propongo a mis clientes— es muy sencillo: escuchar la cabeza, sí, pero no silenciar el cuerpo. A veces, lo más sabio es dejar de buscar respuestas y empezar a hacerse las preguntas correctas. Las que me hacen temblar un poco. Las que me conectan conmigo mismo.