Instituto Poiesis

Instituto Poiesis Aporta un enfoque innovador e integral que une artes, ciencias y somática.

El Instituto Poiesis nace del recorrido y trayectoria profesional de Sección clínica de Artes Aplicadas a la Salud y Rehabilitación Social (SCARS 2008-2019), y actualmente se conforma como un centro de investigación, formación y experiencia, con reconocimiento por parte de la comunidad internacional. El instituto Poiesis ofrece programas de formación y capacitación en torno a los siguientes ejes

troncales: Trauma y Embodiment; Cuerpo, Arte y Salud -investigación somática y artística; y, Artes basadas en la Naturaleza, con una orientación expresiva-somática y arteterapéutica. Apuesta por una pedagogía activa y clínica, una metodología arteterapéutica transdisciplinaria e integrada con aplicación a diferentes contextos de actuación: socioeducativa, preventiva, comunitaria, salud y desarrollo humano. Pone el valor en la experiencia personal y (inter)humana al servicio del impulso creador y del cambio social.

01/09/2026
En el ámbito del acompañamiento y de los proyectos que hoy circulan en redes alrededor del cuerpo, el trauma, las artes ...
01/09/2026

En el ámbito del acompañamiento y de los proyectos que hoy circulan en redes alrededor del cuerpo, el trauma, las artes y la transformación personal, quizá necesitamos detenernos ante una cuestión cada vez más presente: ¿qué ocurre cuando la enfermedad, el sufrimiento o los procesos íntimos de otras personas se convierten en contenido para dar valor, legitimidad y visibilidad a nuestros propios proyectos?

En la lógica de la modernidad líquida, aquello que antes pertenecía al territorio de la intimidad puede desprenderse rápidamente de su contexto, circular, convertirse en relato, contenido y finalmente mercancía. También la enfermedad. También el dolor. También las historias personales de artistas y referentes.

No es lo mismo estudiar cómo una experiencia de enfermedad atravesó la obra de una persona que tomar esa experiencia, simplificarla y utilizarla para construir el relato con el que comercializamos una propuesta propia. Una cosa es reconocer un legado; otra, capitalizarlo.

La cuestión se vuelve todavía más delicada cuando utilizamos como referentes a personas cuya obra apenas conocemos, con quienes no ha existido una relación formativa ni una verdadera genealogía de transmisión. Se toman nombres, conceptos, imágenes y biografías, se convierten en contenido y se incorporan a proyectos propios como signos de autoridad.

Una enfermedad no es una metodología. Una biografía no es una evidencia terapéutica. Y una experiencia íntima no debería convertirse automáticamente en materia prima para el mercado.

Quizá el problema no sea únicamente la apropiación del conocimiento, sino también la pérdida progresiva de intimidad y respeto hacia experiencias que pertenecen a la historia de otros.

Porque no todo lo que puede convertirse en contenido debería convertirse en contenido. Y no toda historia de dolor debería estar disponible para construir nuestra propia autoridad.

Antes de utilizar la enfermedad, el trauma o la historia de transformación de otra persona para dar profundidad y legitimidad a lo que hacemos, quizá deberíamos preguntarnos:

¿Lo estamos compartiendo porque realmente lo conocemos y lo respetamos, o porque nos sirve para vender?

Abramos un espacio para aquello que nos atraviesa, nos incomoda o todavía no sabemos cómo nombrar.Déjalo aquí.
29/08/2026

Abramos un espacio para aquello que nos atraviesa, nos incomoda o todavía no sabemos cómo nombrar.

Déjalo aquí.

Vivimos en una época de aceleración, hiperconectividad y exposición permanente. Una época en la que la intimidad ha deja...
29/08/2026

Vivimos en una época de aceleración, hiperconectividad y exposición permanente. Una época en la que la intimidad ha dejado de ser necesariamente un territorio protegido y puede convertirse en relato, imagen, contenido y capital de visibilidad.

La enfermedad, el trauma, la vulnerabilidad, el duelo y hasta los procesos terapéuticos circulan hoy por las redes. Y aquí aparece una profunda ambivalencia: las redes pueden abrir espacios de testimonio, reconocimiento y comunidad, pero también pueden producir una brutalización de lo íntimo, cuando el sufrimiento queda sometido a la lógica de la mirada, de la audiencia y del consumo.

Esto nos interpela especialmente cuando sucede desde lugares de cuidado: instituciones, profesionales de la salud, terapeutas. Visibilizar puede ser necesario; exponer no es acompañar. Cuando la experiencia íntima de una persona se convierte en recurso para comunicar, sensibilizar, legitimarse o generar visibilidad, emerge una cuestión que ya no es solo comunicativa, sino profundamente ética.

¿Dónde termina el testimonio y comienza la exposición?
¿Quién decide qué puede hacerse público?
¿Y qué sucede con la dignidad cuando el sufrimiento del otro se convierte en contenido?

Quizás estas preguntas sean inseparables de la transformación de la subjetividad contemporánea. Porque ya no solo vivimos y recordamos: también aprendemos a narrarnos, mostrarnos, archivarnos y contemplarnos bajo la mirada de los otros.

Y la salud mental no puede pensarse al margen de este contexto. El malestar se inscribe en el sujeto, pero también en sus vínculos, su familia, sus generaciones, sus instituciones y el tiempo histórico que habita.

Tal vez el desafío no sea dejar de mostrar, sino recuperar la capacidad de discernir qué merece ser visible y qué necesita seguir siendo íntimo.

Porque acompañar también significa saber cuándo mirar, cuándo escuchar y, sobre todo, cuándo no convertir la vida del otro en espectáculo.

La muerte quizá sea una de las experiencias que más nos enfrenta con el límite de nuestra condición humana. No solo porq...
29/08/2026

La muerte quizá sea una de las experiencias que más nos enfrenta con el límite de nuestra condición humana. No solo porque morimos, sino porque somos conscientes de que vamos a morir.

Nos cuesta tolerarla porque contradice algunos de nuestros impulsos más profundos: queremos conservar lo que amamos, continuar nuestros proyectos y permanecer junto a quienes queremos. La conciencia dice: «esto existe», mientras la muerte responde: «pero no para siempre».

Sin embargo, quizá la muerte no sea únicamente un final, sino también un proceso de desencarnación: un desprendimiento del cuerpo, de los vínculos, de nuestras identidades y de todo aquello con lo que hemos construido la idea de «yo». Morir sería, desde esta mirada, aprender a soltar.

Y quizá por eso la muerte de alguien querido resulte tan intolerable. No perdemos solamente a una persona; perdemos también el futuro que imaginábamos con ella. El duelo consiste entonces en aprender a vivir con su ausencia y encontrar otra forma de relacionarnos con quien ya no está físicamente.

Hay una paradoja: precisamente porque la vida termina, cada instante adquiere un valor irrepetible. Amamos sabiendo que algún día tendremos que desprendernos.

Tal vez la muerte nos plantea, en última instancia, una pregunta esencial: si sabemos que todo aquello que amamos es transitorio, ¿cómo queremos vivir mientras todavía lo tenemos?

Hoy reflexionaba en las situaciones profesionales que nos obligan a preguntarnos no solo qué podemos exigir, sino qué es...
29/08/2026

Hoy reflexionaba en las situaciones profesionales que nos obligan a preguntarnos no solo qué podemos exigir, sino qué es justo exigir.

Vivimos en una cultura donde cada vez más aspectos de la vida parecen traducirse en términos de cálculo: tiempo, pérdidas, oportunidades, compensaciones. Incluso cuando aparecen circunstancias que escapan a nuestra voluntad, como una enfermedad o una situación familiar grave.

Esto resulta especialmente paradójico cuando hablamos de profesionales que proclaman valores como la ética, el cuidado, lo colectivo, la horizontalidad o la crítica a las relaciones de poder. Porque los valores no se ponen a prueba cuando los enunciamos, sino cuando nuestros intereses entran en conflicto con ellos.

Es ahí donde deberíamos preguntarnos: ¿buscamos una solución justa cuando la realidad cambia o intentamos obtener el máximo beneficio posible de la situación?

Porque detrás de cada acuerdo hay personas, circunstancias y relaciones. Y quizá la ética consista precisamente en saber reconocer ese límite: el momento en que defender legítimamente nuestros intereses puede empezar a convertirse en aprovecharse de la vulnerabilidad del otro.

No todo lo que podemos exigir merece ser exigido.

Y quizá sea ahí, cuando nuestros intereses están en juego, donde descubrimos hasta qué punto nuestros valores son realmente nuestros.

Siempre me ha preocupado el mundo, pero siento que últimamente lo vivo con una sensibilidad distinta. Me siento más atra...
27/08/2026

Siempre me ha preocupado el mundo, pero siento que últimamente lo vivo con una sensibilidad distinta. Me siento más atravesado por lo que ocurre, por las crisis sociales, políticas y ecológicas, por la incertidumbre y por todo aquello que parece estar transformándose a nuestro alrededor.

Y quizá lo que más me inquieta no sea únicamente lo que está pasando, sino la forma en que nosotros seguimos habitando este momento. Cómo, mientras tantas cosas nos interpelan, gran parte de nuestra atención continúa absorbida por consumir, comprar, compararnos, mostrarnos, entretenernos o simplemente llenar el tiempo.

No creo que se trate de dejar de disfrutar, ni de convertir la vida en una permanente preocupación. Tampoco de demonizar las redes, el consumo o el entretenimiento. Se trata, más bien, de preguntarnos qué lugar ocupan en nuestra vida y qué estamos dejando fuera mientras les entregamos nuestra atención.

Porque nuestra atención es tiempo. Y nuestro tiempo, en última instancia, es nuestra vida.

Quizá por eso esta sensibilidad que siento no sea solamente preocupación. Quizá también sea una forma de responsabilidad: la necesidad de no acostumbrarnos, de no mirar hacia otro lado, de recordar que lo que sucede a nuestro alrededor también nos concierne.

En un mundo que parece pedirnos cada vez más velocidad, consumo y exposición, quizá necesitemos recuperar algo mucho más básico: la capacidad de detenernos, de mirar al otro, de cuidar, de implicarnos y de sentirnos parte de algo que va más allá de nosotros mismos.

Quizá, en medio de tanto ruido, lo verdaderamente urgente sea rescatar nuestra humanidad.

No porque tengamos todas las respuestas, sino porque todavía podemos elegir qué tipo de personas queremos ser frente a lo que está ocurriendo.

Dirección

Barcelona
08012

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Instituto Poiesis publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Compartir

Categoría