31/05/2026
¿En qué momento señalar que algunos acumulan decenas de viviendas mientras otros no pueden acceder a una sola pasó a ser un problema mayor que la propia desigualdad?
Quizás la cuestión no sea cuánto tiene una persona, sino cuánto estamos dispuestos a normalizar que otras carezcan de lo necesario. Porque mientras unos heredan patrimonio, contactos y seguridad, otros heredan incertidumbre. Mientras algunos pueden elegir, otros apenas pueden resistir.
La desigualdad no se mide únicamente en dinero. También habita en las habitaciones. En quién tiene un espacio propio donde descansar, crecer, amar o atravesar una enfermedad con dignidad, y quién vive bajo la amenaza constante de perder el lugar donde duerme. Habita en la salud, porque enfermar no pesa igual cuando existen recursos que cuando cada dificultad económica puede convertirse en una amenaza para la supervivencia.
Se mide también en el tiempo, en las oportunidades, en la tranquilidad y en la posibilidad de imaginar un futuro sin miedo. En quién puede caer y volver a levantarse, y quién no puede permitirse tropezar ni una sola vez.
Quizás una de las contradicciones más profundas de nuestro tiempo sea que nacemos en un planeta que no hemos creado, que compartimos con millones de seres humanos, y sin embargo debemos comprar el derecho a ocupar un pequeño rincón en él. Llegamos al mundo sin haber elegido dónde nacer, pero aprendemos muy pronto que incluso el acceso a un hogar tiene un precio. Como si la tierra que nos sostiene hubiera dejado de ser un bien común para convertirse, antes que nada, en una mercancía.
Una sociedad no se revela por la altura de sus rascacielos, sino por la sombra que proyectan. No por la riqueza que acumula en sus cimas, sino por la vida que es posible en sus márgenes. Allí donde algunos cuentan propiedades y otros cuentan monedas para llegar a fin de mes, la pregunta no es quién tiene más, sino qué hemos dejado de ver como comunidad.
No es envidia.
Es justicia social.
23/05/2026
En muchas existencias marcadas por el abandono, la negligencia o el trauma relacional temprano, adaptarse no fue una elección, fue una estrategia de supervivencia. El niño/a aprende rápidamente que sentir demasiado, necesitar demasiado o expresar demasiado puede resultar inútil, peligroso o doloroso.
Entonces comienza a orientarse hacia el entorno, intentando anticipar lo que el otro espera, necesita o tolera.
Con el tiempo, esta hiperadaptación puede producir una desconexión profunda de la propia experiencia subjetiva. La persona sabe cómo sostener, complacer, acompañar o responder, pero le cuesta percibir con claridad qué desea realmente, qué le hace bien o incluso qué siente.
El deseo propio no desaparece, pero a veces queda sin energía para señalar dirección, como una brújula enterrada bajo demasiadas capas de supervivencia.
O como un idioma interno que fue quedando en desuso, reemplazado por la necesidad de hablar con fluidez el lenguaje del otro. El deseo suele aparecer primero como una vibración tenue en el cuerpo, antes de poder pensarse o nombrarse.
Cuando hablamos de deseo propio, no nos referimos únicamente al deseo romántico o sexual, sino a la capacidad de entrar en contacto con las propias necesidades, límites, preferencias, impulsos creativos y formas singulares de habitar el mundo. El deseo propio implica poder sentir aquello que produce sentido, vitalidad y verdad subjetiva.
No se trata de ausencia de mundo interno, sino de un psiquismo que aprendió a priorizar el vínculo por encima de sí mismo. Allí donde la autenticidad puso en riesgo la pertenencia, muchos sujetos aprendieron a sobrevivir reduciendo partes esenciales de su experiencia interna. Y en muchos casos, esta desconexión no es estática, sino que se reactualiza en cada vínculo donde la supervivencia vuelve a confundirse con el amor.
Por eso, en algunos procesos terapéuticos, una de las preguntas más difíciles no es “¿qué te pasó?”, sino:
¿qué deseas?
Y quizás una parte profunda del proceso de cura consista justamente en recuperar el derecho a sentir, elegir y existir más allá de la adaptación, hacia una forma de habitarse que no exija desaparecer para poder pertenecer.
23/05/2026
En los acompañamientos terapéuticos encuentro con frecuencia personas atravesadas por experiencias tempranas de abandono, negligencia o abuso. Historias donde no solo se ha visto afectada la confianza en los otros, sino también la relación con el propio deseo, el valor personal y la posibilidad de sentirse dignos de amor.
Esto se vuelve especialmente complejo en muchas personas que crecieron en centros de acogida u orfanatos, donde la ausencia de continuidad afectiva, pertenencia y sostén emocional puede dejar marcas profundas en la organización psíquica.
Cuando el afecto en la infancia fue inconsistente, invasivo o insuficiente, muchas personas internalizan la idea de que recibir poco ya es demasiado pedir o no piden. No hay derecho a pedir
Entonces el vínculo deja de organizarse desde el deseo auténtico y comienza a estructurarse desde la supervivencia afectiva. No importa tanto quién es el otro, sino la posibilidad de no quedar solos, de no volver a sentir el vacío originario. Así, incluso en relaciones donde no hay verdadero encuentro, la persona se entrega, se adapta y se abandona a sí misma para sostener un mínimo de pertenencia.
Muchas veces no se elige aquello que hace bien, sino aquello que resulta psíquicamente familiar, aunque duela. Allí donde el deseo fue desmentido demasiadas veces, el sujeto aprende a reducirse para no perder el vínculo. Y así aparece una de las expresiones más silenciosas del trauma relacional: abandonarse a sí mismo para evitar ser abandonado por el otro.
El trauma relacional no solo distorsiona la confianza en los demás; también empobrece la relación con el propio deseo. Y quizás una de las tareas más complejas de la reparación psíquica sea precisamente esa: recuperar la capacidad de elegir vínculos no desde la carencia, sino desde la dignidad afectiva.
La reparación comienza cuando el sujeto puede dejar de confundirse con la herida que aprendió a habitar.
18/05/2026
Hay pérdidas que no llegan como ruptura súbita, sino como un desajuste progresivo entre lo que somos y lo que seguimos intentando sostener. No siempre son elegidas. A veces simplemente ocurren: como si la vida empezara a desajustar, en silencio, las costuras de aquello que creíamos estable.
La psicoanalista y escritora Judith Viorst, en su libro Necessary Losses, propone una lectura del desarrollo humano que no romantiza el crecimiento, sino que lo entiende como una sucesión de duelos ordinarios y extraordinarios: pérdidas inevitables de la infancia como territorio de omnipotencia, de ciertas idealizaciones del amor, de los vínculos, de uno mismo.
Algunas llegan como caída: algo se rompe y el cuerpo lo sabe antes que la mente. Hay un modo en que el pecho se estrecha, la respiración pierde su ritmo, y el mundo deja de sostenerse con la misma gravedad.
Otras se instalan como una erosión lenta: lo que antes daba sentido empieza a no sostener, pero todavía lo intentamos habitar. Y a veces lo que se erosiona no es sólo una idea interna, sino un modo de estar con otros, una forma de ser mirada o de sostener el vínculo. En ese intervalo entre lo que ya no es y lo que aún no puede ser aparece un territorio especialmente frágil, donde la identidad se vuelve porosa.
No toda pérdida se vive como crecimiento en el momento en que ocurre. A veces se vive como desorganización, como duelo sin lenguaje, como una forma de no reconocerse en la propia vida. Sólo con el tiempo y no siempre puede emerger algún sentido que no borra el dolor, pero amplía el espacio interno donde puede ser sostenido sin colapsar.
Quizá lo “necesario” no sea la pérdida en sí, sino la transformación a la que nos vemos expuestos cuando lo que sosteníamos deja de sostenernos.
¿Qué partes de ti han tenido que aflojarse o deshacerse para que otras formas de estar en el mundo pudieran aparecer?
18/05/2026
Acompañar la muerte también implica aprender a acompañar esas otras muertes internas que atraviesan la vida: vínculos que se apagan lentamente como una casa que deja de tener luz, identidades que se resquebrajan como la piel antigua de una serpiente, etapas que terminan sin ceremonia ni despedida. Hay ausencias que no dejan ataúdes, pero sí habitaciones internas vacías.
Muchas veces, el sufrimiento no nace sólo de lo que ocurrió, sino de cargar con los restos de aquello que ya no puede seguir viviendo en nosotros. Algunas pérdidas llegan como un derrumbe; otras, como una marea silenciosa que va retirando el suelo conocido bajo los pies.
Acompañar estos procesos supone crear un espacio donde el dolor no tenga que esconderse ni acelerarse, donde el cuerpo pueda temblar sin ser corregido, donde el arte, la palabra, el silencio y la presencia ayuden a dar forma a aquello que todavía no encuentra lenguaje. Porque hay duelos que no se piensan: se atraviesan respirando, creando, sosteniendo pequeñas brasas en medio de la noche.
A veces sanar no significa volver a ser quien éramos, sino aprender a escuchar la nueva respiración que aparece después del incendio.
¿Qué partes de ti han tenido que morir para que otras puedan nacer?
14/05/2026
En un seminario en el que trabajábamos muerte, compasión y espiritualidad, ocurrió un momento que sigo elaborando desde una lectura clínica y procesal.
Durante una escena en la que una alumna representaba una petición de compasión, apareció en mí una risa espontánea e involuntaria. No fue una decisión ni una intervención técnica. Fue un fenómeno somático inmediato en situación. Y, simultáneamente, no fue un fenómeno unívoco: junto a esa risa emergía también tristeza, conmoción y activación interna difícil de organizar en el momento.
Desde la perspectiva de la contratransferencia somática, estos fenómenos pueden entenderse como expresión encarnada de un campo afectivo complejo. En contextos donde se trabajan temas límite; muerte, vulnerabilidad, dependencia; el cuerpo del facilitador no es externo al proceso, sino parte de su regulación y resonancia. Lo que aparece en el cuerpo es también inscripción del campo grupal.
La risa no es lineal: puede ser descarga, respuesta paradójica a lo solemne, defensa transitoria o expresión de lo aún no simbolizado. Su sentido depende del proceso en curso.
Lo relevante no fue su aparición, sino el movimiento posterior: reconocerla, no escindirla ni actuarla, y reorganizarla dentro del proceso grupal a través de la palabra. Ese gesto la transformó en material elaborable en el campo compartido.
En estos contextos, suspender el juicio inmediato es clínicamente importante: el juicio prematuro puede cerrar la simbolización antes de que el fenómeno encuentre lugar en el proceso.
Sigo comprendiendo estas situaciones como parte del trabajo clínico en lo grupal: sostener lo humano en su complejidad, sin reducirlo a lo individual ni a lo moral.
14/05/2026
¿Cuántas veces se utiliza hoy el término Narcismo como explicación inmediata de conflictos, decepciones o rupturas vinculares, sin contexto ni rigor clínico?
En los últimos años, conceptos complejos procedentes de la dimensión analítica han sido progresivamente desplazados hacia un uso coloquial y masivo, donde funcionan como etiquetas cerradas más que como herramientas de comprensión. En este desplazamiento, el lenguaje deja de operar como mediación para el pensamiento y pasa a producir fijaciones identitarias del otro.
Nombrar al otro desde categorías clínicas descontextualizadas puede constituir una forma de violencia simbólica: no porque no existan dinámicas abusivas o relaciones destructivas, sino porque la reducción del sujeto a una etiqueta elimina su complejidad psíquica, histórica y relacional. El otro queda cristalizado como “el narcisista”, “el tóxico” o “el manipulador”, perdiendo estatuto de sujeto.
Este fenómeno se intensifica en el ecosistema de las redes sociales, donde los diagnósticos informales circulan, se viralizan y adquieren estatuto de certeza. En este proceso, el lenguaje psicológico descontextualizado puede contribuir a dinámicas de señalamiento, exposición y acoso simbólico, bajo la apariencia de una supuesta lectura clínica de la realidad.
Se produce así una paradoja contemporánea: conceptos pensados para comprender la complejidad del sufrimiento psíquico son reabsorbidos en lógicas de simplificación, moralización y polarización afectiva.
No todo rasgo narcisista constituye patología.
No toda dificultad vincular equivale a abuso.
No toda conflictividad requiere una lectura diagnóstica.
El problema no reside en nombrar, sino en la pretensión de clausurar la comprensión mediante el nombre.
Cuando el lenguaje clínico se utiliza sin rigor, deja de abrir pensamiento y puede operar como dispositivo de reducción del otro, e incluso de legitimación de formas contemporáneas de violencia simbólica.
06/05/2026
Hay algo vivo y necesario en muchas prácticas místicas contemporáneas: lo ritual, lo simbólico, lo ancestral, lo corporal. Espacios donde la experiencia se amplía, donde lo invisible encuentra lenguaje, donde algunas personas logran reordenar lo que la vida cotidiana ha fragmentado.
Pero también hay algo que conviene mirar con cuidado: cómo, en ciertos contextos, brujas, brujos y chamanes y las prácticas que los rodean pueden deslizarse hacia formas de domesticación de la subjetividad.
Cuando una figura se instala como intérprete privilegiado de la vida interna del otro lo que sientes, lo que te pasa, lo que “realmente” significa tu experiencia puede comenzar un proceso sutil de pérdida de agencia. La duda deja de ser parte del camino y pasa a ser un error. La palabra propia pierde peso frente a la palabra que “sabe”.
En ese desplazamiento se debilita algo esencial: la capacidad de reconocerse como autoridad de la propia experiencia. El yo se organiza alrededor de una mirada externa que orienta, clasifica, corrige. Y lo que aparece puede parecer apertura, pero también puede ser una forma de dependencia.
No siempre es explícito. A veces se construye en lo afectivo, en la intensidad del vínculo, en la promesa de sentido, en la pertenencia. Y ahí el poder se vuelve difícil de nombrar, porque se presenta como guía, cuidado o expansión.
La cuestión no es deslegitimar estos lenguajes ni estas prácticas, sino preguntarse qué tipo de relación producen: si amplían la capacidad de una persona de habitar su vida con más presencia y criterio, o si la van desplazando hacia una forma de obediencia sutil, donde su propia voz queda en segundo plano.
Porque cuando alguien ocupa demasiado el lugar de quien interpreta tu mundo interno, lo que está en juego no es solo una práctica, sino la posibilidad de no perderte en ella.
06/05/2026
Hay una forma de estar bien que no es bienestar, sino ajuste. Se aprende pronto: responder “todo bien” sin pensarlo demasiado, sostener una calma que en realidad es contención, atravesar los días sin demasiado ruido interno. Nada se rompe, nada desborda, todo parece en su lugar. Y, sin embargo, algo se va apagando.
No es tristeza ni crisis. Es más bien una forma de orden interno que va dejando fuera partes de uno mismo. Una manera de funcionar que encaja, que responde, que cumple… pero que no siempre coincide con lo que uno necesita o siente. Entonces la pregunta no es solo cómo estar bien, sino para quién estás bien así.
Porque a veces estar bien es no incomodar, no alterar lo que ya está organizado, no traer conflicto. Es sostener conversaciones en las que una parte de ti no está del todo presente, decir que sí cuando por dentro hay duda, seguir el ritmo de otros mientras algo propio se queda atrás. Puede ser una forma de cuidar los vínculos, pero también de ir reduciendo el propio espacio sin darse cuenta.
Y así se van acumulando pequeñas cosas: lo que no se dijo para no generar tensión, lo que se aceptó para evitar un problema, lo que se dejó pasar porque no era el momento. Hasta que un día aparece como cansancio sin causa clara, como distancia, como dificultad para saber qué se quiere o qué se necesita, aunque por fuera todo siga funcionando.
Tal vez no se trate de dejar de estar bien, sino de mirar qué queda fuera cuando lo estás. Qué partes de ti no entran en esa versión ordenada, disponible, que responde bien.
Y si, poco a poco, hay lugar para algo más en lo cotidiano: una incomodidad que se pueda nombrar sin miedo a estropearlo todo, un límite que no rompa el vínculo pero sí te incluya, una emoción que no tenga que ser corregida de inmediato.
No para desordenarlo todo, sino para que estar bien no signifique ir desapareciendo un poco en el camino.
29/04/2026
Cuando todo lo demás cae, los relatos, las certezas, las formas de sostener, el cuerpo no desaparece. Permanece como campo vivo donde sistemas biológicos y psíquicos se entrelazan: nervioso, respiratorio, endocrino, fascial, pero también inconsciente, memoria afectiva, repetición y deseo.
El sistema nervioso modula lo posible antes del pensamiento. El psiquismo no está separado: emerge de esa regulación encarnada. El inconsciente no es un lugar, sino una dinámica viva que se expresa en patrones de tensión, defensa y repetición.
El respiratorio abre o cierra mundo. El cardiovascular distribuye estado. El tejido fascial conserva lo no simbolizado como densidad. No hay corte entre lo biológico y lo psíquico: hay continuidad de una vida que intenta organizarse.
Danzar no es expresión. Es reorganización. Es interrumpir fijaciones donde el síntoma y la repetición han cristalizado la experiencia. Es introducir variación donde el inconsciente ha quedado atrapado.
La salud en clave salutogénica no es ausencia de conflicto, sino capacidad de reorganización: producción de vida incluso bajo presión. No equilibrio, sino plasticidad.
A veces el lenguaje llega tarde. Entonces queda lo mínimo: un cambio de peso, una respiración que no colapsa, un gesto casi invisible. Ahí también se desplaza el psiquismo. Ahí el inconsciente pierde rigidez.
Eso ya es danza.
Porque la vida no es estabilidad, sino autoorganización en movimiento: biología, afecto y sentido coemergiendo.
Y cuando todo se endurece, el cuerpo aún conserva una inteligencia primaria: no quedar del todo fijado.
Lo último que nos queda no es entender ni resolver.
Es permitir que la vida siga organizándose en movimiento.
Lo último que nos queda es danzar:
como proceso de salud,
como insistencia de la vida psíquicamente encarnada
en no cerrarse del todo.