27/08/2026
Siempre me ha preocupado el mundo, pero siento que últimamente lo vivo con una sensibilidad distinta. Me siento más atravesado por lo que ocurre, por las crisis sociales, políticas y ecológicas, por la incertidumbre y por todo aquello que parece estar transformándose a nuestro alrededor.
Y quizá lo que más me inquieta no sea únicamente lo que está pasando, sino la forma en que nosotros seguimos habitando este momento. Cómo, mientras tantas cosas nos interpelan, gran parte de nuestra atención continúa absorbida por consumir, comprar, compararnos, mostrarnos, entretenernos o simplemente llenar el tiempo.
No creo que se trate de dejar de disfrutar, ni de convertir la vida en una permanente preocupación. Tampoco de demonizar las redes, el consumo o el entretenimiento. Se trata, más bien, de preguntarnos qué lugar ocupan en nuestra vida y qué estamos dejando fuera mientras les entregamos nuestra atención.
Porque nuestra atención es tiempo. Y nuestro tiempo, en última instancia, es nuestra vida.
Quizá por eso esta sensibilidad que siento no sea solamente preocupación. Quizá también sea una forma de responsabilidad: la necesidad de no acostumbrarnos, de no mirar hacia otro lado, de recordar que lo que sucede a nuestro alrededor también nos concierne.
En un mundo que parece pedirnos cada vez más velocidad, consumo y exposición, quizá necesitemos recuperar algo mucho más básico: la capacidad de detenernos, de mirar al otro, de cuidar, de implicarnos y de sentirnos parte de algo que va más allá de nosotros mismos.
Quizá, en medio de tanto ruido, lo verdaderamente urgente sea rescatar nuestra humanidad.
No porque tengamos todas las respuestas, sino porque todavía podemos elegir qué tipo de personas queremos ser frente a lo que está ocurriendo.