04/04/2026
Hace unos días atravesaba sensaciones profundas difíciles de gestionar. Momentos en los que todo parece un poco más negro, más triste, momentos en los que el miedo se cuela en el cuerpo tomando el control de la mente.
Decidí tomar una pequeña acción para tirar un cable a tierra, anclarme en mi verdad. Tendí mi esterilla de yoga y al cantar el primer OM apareció esta estatua de Jesús frente a mis ojos.
Tres meses viviendo aquí y no le había visto antes. Tres meses durante los cuales, esta figura que representa el amor eterno y la bondad, fue invisible para mí, y ahora, en este momento, se muestra con sus brazos abiertos y el corazón expuesto.
Para mí Jesús es una representación más de un poder superior, de la luz y la divinidad, como también lo son Buddha, los planetas alrededor de mi cabeza, el océano y sus ballenas o una pluma blanca en el momento preciso.
Interpreto estos hechos como sincronicidades y confirmaciones de la vida. Elijo pensar que hay una fuerza amorosa, un flujo de energía primordial, que me lleva y me da señales, que me guía y cuida de mí. Que me envía sostén cuando me siento caer.
Una fuerza primordial a la que puedo acudir en busca de consejo cuando no sé qué hacer.
Y la verdad es que no me importa si es real o no, porque me sirve y me apoya, y en mi cuerpo se siente 100% real. He hecho que mi forma de interpretar la vida sea funcional y respetuosa conmigo misma. Me ayuda a avanzar en la dirección de mi corazón, con confianza, amor, valores, y sintiéndome acompañada por algo tan grande y valioso como la vida misma.
Construyamos valores y formas de interpretar el mundo que apoyen nuestros procesos y nos den la confianza de afrontar nuestras sombras para transformarlas en luz. Haciendo del mundo un lugar mejor.