28/07/2020
Esta frase, atribuida a Karl Marx en el Manifiesto Comunista de 1848, tiene una fuerte connotación sobre la voluntad del trabajo y la propiedad privada. Bien es conocido que en los Estados donde el comunismo se ha implantado, la propiedad privada debe ser eliminada y por tanto, los productos adquiridos como alimentos, vehículos e incluso hogar dejan de pertenecerte para ser adquiridos al grupo, a la sociedad, al Estado.
¿Cómo puedes decir que tu teléfono móvil es tu propiedad cuando en él han intervenido niños en el Congo para extraer el litio de la batería, menos en Asia Central han sido esclavizados para dar el mejor producto, el coste de traerlo de un país asiático hasta la tienda y el vendedor, que lucha contra sus superiores para mejores condiciones, vende un producto que posiblemente valga más que su sueldo? Este discurso puede haber sonado muy revolucionario, pero entramos en suposiciones con poca certeza (excepto los trabajos infantiles). Bien es conocida la situación del Congo y sus minas de litio, elemento básico para las baterías de nuestros Smartphones, pero es una situación que el propio país debe solucionar ya que si nosotros, el primer mundo entrara, estaríamos invadiendo la zona.
Volviendo al tema que nos concierne, los productos que día a día consumimos, desde comida hasta la misma electricidad, pasan por una cadena de trabajo. ¿De quién es el beneficio? Un país que participa en el mercado permite al empresario llevarse beneficio y los trabajadores un sueldo, dejando al jefe decidir cuanto van a cobrar sus trabajadores. Si el sueldo es digno para las condiciones socioculturales de la zona, tendrá trabajadores felices, si es menor de lo que estos necesitan, serán malas condiciones y es posible que los empleados dejen el trabajo por uno mejor en cuanto tengan la oportunidad.
En un país cerrado al libre comercio, es decir, de base marxista o comunista, no hay trabajo ajeno, todos somos propietarios, consumidores y creadores. Las empresas no tienen decisión personal o libre, todo tiene que estar tratado con el Estado, que ejerce un enorme peso burocrático en todo lo que se le antoje, ya sea en la firma de convenios, redactando leyes o en el sistema judicial, ya que los jueces también son nombrados por el Estado. Ninguna fuerza de trabajo es personal, todo pertenece a la comunidad; puedes pensar que es un modo de pensar justo, pero se nos olvida que nosotros mismos somo fuerza de trabajo.
Tú, como ser humano, tienes de forma intrínseca una fuerza laboral. Eres capaz de atornillar y si no sabes, eres capaz de aprender. Si no sabes labrar la tierra, tienes los conocimientos para ser granjero. Si no sabes absolutamente nada de programación, el Estado te dará su curso subvencionado para que aprendas. No tienes capacidad de elegir qué quieres hacer, ya que tu fuerza de trabajo esta controlada por el Estado. Cualquiera podría apoderarse de tus esfuerzos, puede requisar aquello que de forma individual has puesto tanto empeño. Tú no eres un ser individual, perteneces a la masa.