Educación Familiar - Ideas para fortalecer a tus hijos e hijas

Educación Familiar - Ideas para fortalecer a tus hijos e hijas «Lo más importante de toda educación es convertir a nuestro sistema nervioso en nuestro aliado» Me llamo Gorka Saitua. Soy pedagogo y orientador familiar.

Me baso, sobre todo, en la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y le neurobiología interpersonal; aunque también “picoteo” de otras fuentes. Creo firmemente en el poder protector y reparador de los buenos tratos, un concepto complejo que vertebra todo este blog.

12/02/2026

Ayer lo vimos en una supervisión:

Algo hacemos muy, pero que muy mal, cuando utilizamos el síntoma como vara de medir el bienestar o malestar infantil.

A ver, que me explico.

Es frecuente —demasiado frecuente— que las figuras profesionales de los ámbitos educativo, sanitario y social, valoremos los avances de nuestro trabajo, aludiendo a cómo el síntoma decrece en frecuencia o intensidad; mientras que consideramos que las cosas van peor si éste aumenta en los mismos términos. Se ve todo el rato, incluso en las reuniones en las que nos juntamos diferentes profesionales a debatir sobre un caso: todas estamos de acuerdo en que, si la niña se opone menos, está mejor; si se autolesiona menos, está mejor; si molesta más en clase, está peor; si muestra indicadores de una apego más seguro, está mejor; y si tiene menos estallidos de rabia, está mejor.

Parece evidente, ¿verdad? Si el síntoma es una manifestación del sufrimiento humano, su frecuencia e intensidad pasan a ser, automáticamente, un barómetro que nos permite valorar, acorde a su realidad, cómo anda por dentro, ¿no?

Me da el colon irritable. Ya te lo digo yo.

Este tipo de afirmaciones simplistas y lineales, sólo denotan lo atrapados que están las y los profesionales intervinientes en lo que venimos llamando mentalidad de taller, a saber, esa actitud generalizada hacia el sufrimiento humano, en la que reducimos a las personas a retos, o mecánicas a las que reparar, negándoles de manera perversa su humanidad.

Y no utilizo de manera banal la palabra “perversa”, sino con plena conciencia e intención, porque, al actuar así, manejamos la comunicación a dos niveles que implican una contradicción: por un lado expresamos explícitamente nuestra voluntad de acompañar y apoyar los procesos, respetando sus límites, mientras que, por otro, tratamos de forzar una supuesta mejoría que implica necesariamente la anulación de los recursos fundamentales que han podido movilizar.

Es como si dijéramos a la vez “confía a mí, que respetaré tu proceso”, y “tienes que cambiar, muchacha, que hay algo en ti que marcha mal”.

Doble vínc**o de manual.

Sea como sea, desde una perspectiva polivagal, sistémica y narrativa, un síntoma nunca puede considerarse un indicador —ni él sólo, ni en el contexto de una batería— de bienestar o malestar infantil. Los argumentos es francamente simples. El síntoma es un recurso que en contexto ha invalidado. Estar bien o mal no tiene nada que ver con los recursos que articulamos para protegernos o sostener el deseo, sino con la flexibilidad, la flexibilidad, la flexibilidad y la flexibilidad que nuestro sistema nervioso puede articular, en relación con los sistemas a los que tenemos que pertenecer.

Dicho en plata, que si estar bien es pendular y conservar la frescura en la medida de lo posible, que esté o no más presente lo que consideramos un síntoma me la pela total.

De hecho, no es extraño que un síntoma se exprese con más fuerza durante procesos en los que emerge un mayor bienestar. Como en el caso del que hablábamos, donde cabía la posibilidad, no comprobada, de que el chico que se estaba portando peor en presencia de su hermana, lo haga porque a ojos de ella esa fuerza vital podía sentirse, por fin, como una fuerza de la naturaleza protectora para los dos.

Por fin, agencia, pertenencia, justicia y dignidad.

Y es que, si aceptamos que el síntoma es un recurso, y nos posicionamos fuera de la mentalidad de taller, que, sin duda alguna, tanto daño causa, tendremos que empezar a aceptar y tolerar que muchos procesos pasan porque el síntoma se exprese haciendo llegar su mensaje a un contexto preparado y dispuesto para la escucha.

A veces, en condiciones controladas. Siempre, con límites a la violencia. Pero sin negar la sabiduría ni el poder de las fuerzas de la naturaleza, de las necesidades, de las partes protectoras, de los arquetipos o de los dioses que se están manifestando a través de ese orác**o críptico, que es el síntoma en el templo donde se encuentran lo simbólico y los somático-corporal.

El síntoma contiene, siempre o casi siempre, una historia de intentos frustrados. Del deseo de una mirada que no se puede obtener. De una voz que ha sido silenciada. De una justicia que es necesaria, pero que todavía no se ha podido producir. Es la forma como el sujeto se organiza frente a la realidad anudando palabras, imágenes y lo desconocido, evitando la quiebra que el mundo amenaza con causar.

En consecuencia, cada vez que las figuras profesionales, con nuestra soberbia torpeza, con nuestra orgullosa mediocridad, lo reducimos a un problema o, lo que es lo mismo, una vara de medir, estamos negando —tal cual— el poder de fuerzas de la naturaleza que, gracias a los dioses, nadie puede doblegar.

La vida, amigas y amigos, se abre paso incluso ante, frente, a pesar de la estupidez profesional.

Recuérdalo cada vez que escuches que, si el síntoma decrece o desaparece, es que vamos bien.



Gorka Saitua

04/01/2026

Hace tiempo me contactaron dos editoriales de prestigio. Estaban dispuestas a apoyar un proyecto editorial, si conseguía sacarlo adelante.

Intenté escribir dos libros. El primero, se quedó en unas 100 páginas que no me convencieron; mientras que el segundo llegó a tener unas 160. Por algún motivo, dejé en proyecto en barbecho y, al retomarlo, el contenido me pareció distante, ajeno, que no era mío.

Confieso que escribir para una editorial molona me llenaba el ego. Me hacía sentir, grande, importante y poderoso, como un rey en la sombra. Pero también ocurrían en paralelo otra serie de fenómenos, quizás más sutiles, pero también más relevantes:

Moderaba mi tono. Sin darme cuenta, decía las cosas mejor, contenía la rabia, y trataba de adaptarme a lo como se tenía que comportar un supuesto “profesional de prestigio”.

Intentaba acomodarme a “la academia” o, a lo que Lacan llamaría el “discurso universitario”, ocupando el lugar del saber y, por tanto, subyugando desde el poder los relatos de sufrimiento de las personas vulnerables porque han sido vulneradas.

También me aterraba —y me sigue acojonando— quedar encajado en un discurso, como el actor del que se espera un único papel. Veía venir que, si hacía como otras “autoras u autores de prestigio” acabaría defendiendo obsesivamente mi postura, negando aprendizajes que me permitan seguir libremente mi camino.

Por último, era consciente de que estaba creando un producto sometido a la “regulación” del sistema capitalista. Iba a convertir un grito de protesta en mercancía, y ésta es la forma más elaborada que tiene el capital de impedir cualquier revolución o cambio que vaya en su contra: permitirlo, asimilarlo, e incluso alabarlo, pero permitiéndole flotar sólo en las corrientes de la economía.

Hace unos meses dije basta. Cooncidió con las sanciones que las redes me impusieron por defender al pueblo palestino. Sentí que mi divulgación no podía depender de unos medios que legitiman y promueven el genocidio de un pueblo en manos imperialistas.

Sencillamente, no podía apostar por la protección de la infancia, amordazado mientras bombardeaban a familias.

Tampoco podía callarme que tenemos unos servicios sociales socialdemócratas orientados a normalizar, y reprimir la rabia y la disidencia. Qué compramos teorías que nos llevan al evaluar y diagnosticar según códigos morales basados en la normalidad y el comodidad burguesas, pero incapaces de sancionar debidamente a quien va contra el interés colectivo, como muchas de las políticas que nos atraviesan.

Así que decidí escribir desde fuera. Y para ello eran imprescindibles unas cuántas renuncias. Le económica es la más evidente —no ganaría un duro—; la del prestigio ya la he nombrado —y para mí eso también implica severas renuncias económicas—; los contenidos no iban a llegar a la academia ni a los foros donde debaten políticos y especialistas; y se iba a resentir con seguridad la distribución, porque el cuaderno no iba a estar nunca en librerías.

Pero todavía tuve un momento de flaqueza hace un par de semanas. Contacté a una amiga cuyo marido tiene una pequeña editorial, ya sabéis, por si les interesaba el proyecto. Y por suerte me dijeron que no. Lógicamente porque gran parte del contenido ya estaba publicado en el blog.

Bien, mejor, respiro. A veces, no es la fuerza de voluntad, sino la casualidad la que te lleva a sostener tus principios.

Sea como sea, el resultado es éste, un “Cuaderno de un Educador Familiar” cargado de erratas, pero también con una voz que sería imposible en un formato tradicional. Por el formato y por mi neurosis personal, que me impide denunciar la opresión a través de los medios naturalizados por el opresor, que indudablemente iba a conseguir moderar mi tono.

Por eso, no es un libro, es un cuaderno.

Se descarga libre y gratuitamente en la primera entrada fijada en www.educacion-familiar.com, y allí mismo tienes las instrucciones y el enlace para hacerte con una copia impresa de la que yo —como sabes—, no me llevo nada. Por eso te salen 431 páginas por alrededor de 19 euros.

¡Ganga!

Quienes lo habéis descargado y ojeado, ¿qué impresiones estáis teniendo?



Gorka Saitua,
autor del cuaderno.
Como decía mi
profe de lengua:
un perfecto chapucero.

16/12/2025

Al ser tragada por la tierra, Perséfone dirigió sus brazos hacia Artemisa, su confidente y única testigo del rapto. Fue una súplica rápida y desesperada. Pero Artemisa permaneció quieta, distante, con una mirada fija y gélida. Podía haber utilizado su arco. Sus flechas nunca fallaban. Pero no hizo nada.
Aquel día, Perséfone descendió al inframundo aterrada y decepcionada por la actitud de su amiga, quien, a todas luces, había permitido su caída hacia las tinieblas eternas. En el último momento, elevó la vista hacia el cielo y, mientras la grieta se cerraba, pudo intuir la mirada pasiva de la diosa de la caza.
«Por qué, dime por qué, amiga».
Mucho tiempo atrás, cuando las diosas que hoy veneramos todavía estaban naciendo, hubo un arbolado primigenio. Cuentan los ancianos que fue el origen de los bosques actuales, tal y como los conocemos. Y Artemisa tenía el mandato sagrado de protegerlo.
En esos tiempos, Artemisa era todavía una niña. Tenía los atributos de una diosa, pero carecía de experiencia. Era fuerte e inmortal, y se veía omnipotente e infalible. Era una asesina despiadada, pero también justa: cualquiera que se acercaba en exceso a la espesura sagrada recibía un certero flechazo y pagaba con su vida.
Parecía invencible.
Durante esa época dorada, cultivó su cercanía con su hermana Perséfone. Por aquel entonces, la diosa de la primavera también era una niña: una fuerza creadora que hacía crecer las ramas, otorgaba esplendor a las flores e insuflaba nueva vida al bosque para que este se expandiera y alcanzara nuevos territorios. Ambas corrían desnudas por sus dominios, sin miedo a las miradas lascivas de los hombres y de los dioses varones, porque nadie podía cruzar la frontera que delimitaba sus dominios.
Jugaban, reían y vivían en armonía con las bestias de la naturaleza, disfrutando del aire limpio y del agua fresca.
Todo estaba en armonía hasta que apareció en el cielo una enorme nube de polvo. Al principio, ambas diosas pensaron que se trataba de una tormenta, pero los ruidos que la acompañaban no se parecían en nada a los rugidos habituales del cielo. Artemisa y Perséfone treparon al árbol más alto para ver mejor lo que estaba pasando.
Egeón, un hecatónquiro gigante con más de cien brazos, emergió del horizonte, gruñendo y arrojando enormes piedras que lo destrozaban todo.
—Maldito sea nuestro padre —se revolvió Artemisa—. Liberó a esos monstruos para ganar la guerra, y ahora tienen un poder que no se merecen. Quédate aquí; acabaré con él con mi arco.
Perséfone se transformó en hongo para retirarse a la oscuridad de una gruta segura, mientras Artemisa se pintaba la cara con sus colores de camuflaje de guerrera.
Egeón se dirigía hacia el bosque, imponente, arrasando todo, como la fuerza estructural que era. Artemisa esperaba, con su arco cargado, oculta tras unos matorrales. Todos los animales se colocaron tras la línea infranqueable que formaba ella.
El monstruo se acercaba, alimentándose de todo lo viviente. Estaba claro que, para él, el bosque primigenio no tenía valor alguno, más que como alimento.
«Tengo que pararlo; si no, está todo perdido».
Cuando el monstruo pisó el límite, Artemisa tensó la cuerda. Colocó con precisión la flecha. Apuntó y pudo ver cómo la saeta cruzaba el territorio, esquivando cualquier ser —animado o no— en el que brillaba la vida. Tras un instante, la flecha impactó en el monstruo.
«Se acabó, maldito».
Pero Artemisa vio con horror cómo la flecha rebotaba, sin causar herida ni daño en Egeón, que tan solo se rascó en el lugar en el que había sido alcanzado. Al instante, el hecatónquiro había cruzado la frontera.
Artemisa repitió su gesto de guerra. Lanzó y lanzó flechas, pero estas no penetraban la dura piel del monstruo, que comenzó a alimentarse del follaje y de los animales, y a beber el agua de los ríos. A su paso, no quedaba nada, ni siquiera una orografía reconocible.
«Con todo lo que puedo hacer con mis poderes, y no soy capaz de detenerlo». Desesperada, Artemisa sabía que, si el bosque primordial caía, desaparecería toda la vida en Gea.
Corrió Artemisa en busca de su hermana y rápidamente la localizó. Ambas huyeron a través de los vientos hacia la zona opuesta de la espesura, donde el gigante tardaría tiempo en llegar, pues era lento en comparación con la velocidad de las diosas jóvenes. Allí se acomodaron, sabiendo que, tarde o temprano, la destrucción las alcanzaría.
Un día, ambas diosas paseaban por su territorio. Brillaba el sol y, a simple vista, parecía que nada perturbaba la paz del mundo, aunque ambas eran vagamente conscientes de la destrucción que se gestaba al otro lado. Fue entonces cuando Perséfone se agachó a ver una rara y bella flor: el suelo se abrió y, por la grieta, emergió Hades en su carro negro, agarrando a Perséfone y llevándosela como un trofeo al inframundo.
Artemisa lo vio todo, pero actuó de manera racional y fría. Sabía que su hermana era inmortal, pero el bosque podía perecer a manos de Egeón, el gigante monstruoso. Y, con su mirada afilada de diosa protectora, sabía lo que ocurriría si Perséfone era apartada del mundo de los vivos: el bosque caería en un estado entre la vida y la muerte, dejando de ser atractivo para las fuerzas devoradoras.
«Así sea», se dijo Artemisa, mientras se dolía por la inminente pérdida de su hermana.
En el instante en el que Perséfone descendió al inframundo, apareció el frío y los ríos se congelaron. Las plantas y los árboles perdieron sus hojas, y los animales hibernaron. El bosque entero entró en un estado catatónico, sin vida visible ni nada apetitoso para el monstruo.
Egeón rugió con furia, arrojó cientos de piedras hacia el cielo que impactaron por todas partes y, posteriormente, se retiró, tal y como vino.
Artemisa observó entonces su bosque. Ni vivo ni mu**to. Era una estampa terrible, pero albergaba la semilla que permitía su restauración. Convertida en una protectora de hielo, aguardó con fe en este vacío motivado por la suspensión del tiempo. A lo lejos, escuchó el lamento de Deméter, que se dolía por la pérdida de su hija, hasta que taponó los oídos con el más gélido hielo.
«La vida ha sido protegida, aunque a través de medios extremos».
Un día, Artemisa despertó con una agradable sensación en el cuerpo. La escarcha que la cubría no estaba y, sorprendentemente, sentía en la piel el calor del sol. Sobresaltada, pensó que estaba viviendo un sueño. Escuchó piar a los estorninos, el rumor del agua y las raíces y micelios expandiéndose por la tierra. Inmediatamente, le llegó el aroma de la hierbabuena.
Se incorporó y vio a Perséfone, su hermana raptada, mirándola con dureza. Ya no era la niña frágil a quien dejó caer, sino que se mostraba como una mujer madura, con un porte majestuoso, regio.
—Permitiste mi rapto —dijo primero.
—Así es —contestó Artemisa, sin ningún remordimiento—. Y no lo lamento. Eres mi hermana y te amo. Eso no cambiará nunca, aunque nos separe la grieta que separa a los vivos y a los mu**tos. Pero me debo al bosque, que sí puede morir y, con él, todo lo que es valioso en esta tierra.
Lejos de reprocharle nada, Perséfone se sentó a su lado:
—Mira cómo has dejado esto —le reprochó dulcemente.
—Está a salvo y no está mu**to.
—Levántate. Hay trabajo que hacer —propuso Perséfone—. Ese monstruo va a volver en cuanto presienta de nuevo la vida, y no quiero estar sola cuando la destrucción avance —deslizó la mirada hacia sus pechos incipientes—: tú también has crecido.
—Sé cómo vencerlo —afirmó con dureza Artemisa.
Perséfone, curiosa, le preguntó:
—¿De verdad que lo sabes?
—Sí. El tiempo no estaba suspendido en mi interior, solo en lo que fuera aparecía.

# Este cuento incorpora o entrelaza diferentes historias de la mitología griega y pretende reflejar la vida interior de muchas niñas y niños que entran en estados de colapso vagal-dorsal. La idea no es que sirva de diagnóstico clínico, sino rescatar la complejidad inherente al sufrimiento de la infancia, que tanto simplificamos desde nuestras posiciones adultistas, especialmente cuando incorporamos nuestro conocimiento “universitario”, tan abrumadoramente simplista. Cada persona que lo lea puede interpretarlo de manera diferente, en función de sus propios significados y de su propia experiencia. Es lo bonito de los mitos: que se adaptan a nosotras y nosotros para reflejar nuestra experiencia y poner palabras a aspectos significativos de nuestra vida. Gracias por leerme.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

12/11/2025

«Ya sé, aita. Creo que le voy a hacer caso a Atenea. Me ha dicho que es una buena oportunidad para hacer una nueva amiga.»

Confieso que a menudo hago cosas como padre que jamás hubiera imaginado.

No se trata de decisiones que emerjan tras un proceso de reflexión, en el que valore pros y contras, sino como resultado de una forma de sabiduría mucho más primaria, atávica y arquetípica. Como si, en vez de dejarme aconsejar por la razón, me dejara llevar por el flujo de fuerzas de la naturaleza que resulta muy complicado identificar, representar o describir con palabras, pero que pueden conectar íntimamente con una forma extraordinaria de seguridad.

Por ejemplo, ¿quién me iba a decir a mí —ateo convencido— que iba a disfrutar instruyendo a mi hija en religión?

Pero no en la religión cristiana. Para mí, Jesucristo no es más que una representación para el pueblo de la idea neoplatónica de El Bien. Una estructura apolínea ensalzada por siglos y siglos de adoración que ha subyugado nuestros instintos más humanos, castrándonos hasta hacer de la neurosis nuestra condición habitual. A fin de cuentas, el cristianismo se basa en la idea del Pecado Original, que necesitamos combatir a través de someter nuestros impulsos mediante la fuerza de voluntad: portate bien, y sé un ser humano predecible, cómodo pero incompleto.

Qué sí, que todas y todos los de aquí pertenecemos a una cultura católica, y que de eso no se puede escapar, pero, c**o de gato, igual sí que podemos compensar un poco las cosas tratando —es una propuesta— de ser menos buenos pero más completos en nuestra experiencia e identidad.

A esto se puede llegar, por ejemplo, explorando otras tradiciones diferentes, que no condenen los impulsos e instintos más preciosos del alma humana, sino que se relacionen con ellos otorgándoles un lugar simbólico y su debido valor. Porque, cuando se aprecian honestamente esas estructuras arquetípicas pueden integrarse como recursos que nos pueden ayudar a resolver, sobrellevar, descargar, movilizar, integrar o lo que sea, las experiencias de la vida de una forma mucho más creativa, flexible o liviana.

En un proceso de justicia narrativa, devolvemos a los ídolos —lo que llamamos síntomas bajo el yugo de la tradición cristiana— su condición de dios —es decir, recursos que se es legítimo adorar.

Es maravilloso, por ejemplo, explorar las Diosas y los Dioses del Olimpo. Como leyendas religiosas que hablan de seres que podrían estar en otro plano de la realidad, y a la vez como fuerzas de la naturaleza que todas y todos llevamos dentro, y a las que podemos honrar, rezar y consultar. Y que, como bien dicta la tradición, pueden servir a nuestros propósitos y apoyarnos, siempre y cuando les honremos (recemos) desde el aprecio honesto que nos nace del corazón.

Porque, si conocemos a las diosas o dioses que nos componen, podemos visualizarlos, preguntarles, escuchar quién nos interpela en ese momento, e incluso elegir con quién vamos a hablar. Y entre todas las respuestas que emerjan, cabe la posibilidad que haya alguna que nos satisfaga más que las otras, como un destello —recordad la teoría polivagal— que nos atraiga hacia la seguridad.

La faena es que vivimos en un contexto en el que sólo se permite rendir homenaje a dos dioses: Jesucristo y El Capital. Y así vamos por la vida, con un abanico de respuestas artificialmente constreñido, que prácticamente siempre pasan por la idea del bien, el beneficio o la razón. Como si sólo estuviera la parte más rígida de Apolo en el Monte Olimpo, con su cara de c**o, tocando en arpa y haciéndonos sentir mi**da ante su asquerosa perfección.

Que no tengo yo nada en contra de Txus, entendedme bien, pero sí contra la idea de que sea la única parte de nosotras y nosotros que hayamos legitimado en nuestro código moral. Porque todos los dioses, incluído éste, tienen una parte luminosa y una parte oscura. La primera suele aparecer cuando los reconocemos, los honramos, y los miramos como entidades dignas y que tienen valor; y la segunda cuando los repudiamos, los ignoramos o directamente vamos en su contra porque no entran dentro de nuestra cultura o de los códigos que hay que cumplir para pertenecer.

Es decir, que su entidad y su impacto no es fijo, sino que depende de la calidad de la relación.

¡Satanista, delincuente, drogadicto!

A ver, que no, que soy mucho peor. ¡Jajaja! —carcajada profunda y gutural— ¡Muahahahahahahahaaa!

Pasa, también, en los equipos que acompañan en sufrimiento humano en el ámbito educativo, sanitario y social. Por muy ateas que se digan, esos contextos contienen una cultura que presupone desde qué dioses es legítimo trabajar. Por eso, no es extraño que muchas y muchos profesionales adoptemos el tono de sacerdotes cuando tratamos de vender nuestro producto, o que se nos escuche en una reunión. ¡Puaj! En esos casos, estamos dando bombo a Apolo o nuestro Jesucristo interior, pero este detalle no es baladí, sino que nos predispone a una forma de pensar, a una forma de delimitar qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, y lo que es peor, a una determinada forma de relación con los dioses que puedan emerger al otro lado, en los demás.

Porque, ¿qué pasa cuando Jesucristo se enfrenta a Ares, el dios de la guerra, y es el primero quien está en una posición de poder?

¿Qué pasa cuando Apolo se encuentra con Dionisos, pero el primero sólo cuenta con la legitimidad del entorno para hacerse valer?

Muchos de esos círc**os viciosos que retroalimentan el sufrimiento tienen que ver justo con esto: con la rigidez que hemos impuesto a nuestras estructuras internas, legitimando sólo un modelo de supuesta perfección.

A veces, lo que describimos como resistencias, no es más que la fuerza que inevitablemente hacen los arquetipos protectores de las personas a las que acompañamos para ser legitimados, escuchados, sostenidos, frente a la apisonadora cultural e institucional. Una apisonadora con un rodillo fulminante, construido en base a un código moral estricto que invalida sistemáticamente toda vitalidad que esté fuera de lo que se supone que hay que creer, sentir, hacer o comunicar.

—Aita, mañana no quiero ir al cole —me confiesa, mirando al suelo.

—Ya sé por qué. Es por el castigo, ¿verdad?

Le habían castigado sin recreo.

—Sí.

—Ya, es una faena. Pero se me ocurre una cosa.

—¿Qué cosa?

—Podemos consultar a “las diosas interiores”. Quizás alguna te dé una buena idea, o te ayude a sentirte mejor. No lo sé, pero podemos probar.

—¡Vale! —Su tono sugería vitalidad renovada y cierta curiosidad.

—Venga, pues ¿por dónde empezamos?

—¡Por Perséfone! —De momento es su preferida, y no creo que sea por casualidad.

—Estupendo. Si le preguntas, ¿qué te diría Perséfone?

Silencio.

—Que me va a pasar como a ella. Que voy a estar un tiempo en el in****no (el inframundo), pero que luego podré salir a la luz.

Hostiaputa. Carne de gallina.

—¿A quién más preguntamos?

—¡A Dionisio! ¡A Dionisio!

—Y Dionisio, ¿qué te dice?

—Ay, Dionisio me da mucho miedo —le sale una risita.

—¿Por qué?

—Porque fijo que se levanta cuando estamos castigadas y se pone a hacer el loquillo.

—Puede ser —me río—, pero igual puedes llegar a un trato con él.

—¡Ya sé!

—¿Qué has descubierto?

—Me dice que puede venir conmigo convirtiéndose en un juguete del pensamiento —le sale una sonrisa traviesa—. Que si me aburro, lo puedo imaginar diciendo tonterías, y que así me puedo entretener.

—Buah, ¡qué maravilla! ¡Qué idea tan estupenda! —me sale directamente del corazón.

—¿Y te gustaría que preguntemos a alguien más? Hay un montón, ya sabes.

—Sí, sí, ¡a Atenea!

—Genial, la diosa de la estrategia. No es mala idea escuchar qué nos tiene que decir. ¿Qué te diría?

Se queda pensando. Es curioso, porque frunce el ceño, parece que pensando sobre qué sería más inteligente hacer.

—¡Lo tengo!

—¿Sabes aita? La otra niña a la que han castigado es una que todavía no muy amiga mía.

—Ah, ¿no?

—No, pero Atenea me dice que, como ambas vamos a estar solas en clase, seguramente ella ¡también esté deseando hacerse mi amiga! ¡¡Es una buena oportunidad para hacernos amigas!! —casi grita de ilusión.

Y casi grito yo de ilusión con ella. Porque mi intuición me decía que lo que realmente le estaba agobiando no era tanto el castigo, como quedarse encerrada con otra niña con quien no tiene confianza y a la que sentía que no podía acceder.

Pues ésta, amigas y amigos, es la magia de honrar a todos los dioses. O a algunos de los posibles. Porque, si sólo hubiésemos “rezado” —sigo siendo más ateo que un canto rodado— en los códigos del cristianismo apolíneo, ya podéis intuir lo único a lo que habríamos llegado: “es una buena oportunidad para reflexionar y corregir tu actitud”, o algo puntamente parecido. Un aburrimiento, un asco, y ningún atisbo de lucidez ni de ilusión.

Recordad, no se trata tanto de ser buenas o buenos, sino personas completas. La bondad llega de manera natural con la integración de las fuerzas que nos componen, es decir, con la individuación.

Temazo, ¿no?



Lecturas relacionadas:

Hillman, J. (1996). Re-Visioning Psychology. Nueva York: HarperPerennial.

Jung, C. G. (1959). Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Buenos Aires: Paidós.

Schwartz, R. C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Eleftheria.



Gorka Saitua | educacion-familiar.com

17/10/2025

Cuando una niña o un niño desarrolla un síntoma —un síntoma no es más que un recurso que el contexto familiar, profesional o social interpreta como un problema—, los padres y las madres casi necesariamente iniciamos un proceso de digestión: como el síntoma, por su propia naturaleza, tiende a la permanencia, necesitamos explorar y ensayar diferentes formas de relacionarnos con él. Procuramos darle un sentido que permita la convivencia, y que minimice la angustia o la vuelva, al menos, soportable.

Date un minuto para revisar tu vida. Seguro que atisbas algo de verdad en lo que digo.

Con ello no quiero decir que dejemos de angustiarnos, pero sí que, dentro de las opciones realistas disponibles —si nuestro sufrimiento no nos ha llevado a difuminar los límites de la realidad— elegimos la parte, el sentido o el relato que mejor conjuga salvaguardar la dignidad de nuestras hijas e hijos, y de nosotros como sujetos y como familia. Volvemos a un equilibrio que, aunque precario, es probablemente al que mejor podemos aspirar en esa crisis tan intensa.

No es extraño, entonces, que invistamos al síntoma de la infancia como algo que, aunque sea preocupante, angustioso o doloroso, encaja en la historia que nos contamos para sentirnos valiosas o valiosos y con el protagonismo que merecemos en nuestra vida. Esto nos calma de manera muy eficiente —funciona estupendamente bien, habida cuenta de las circunstancias—, pero tiene una contrapartida: al dar valor an síntoma, le otorgamos un poder especial sobre nosotros —es el indicador de que nuestras hijas e hijos tienen un lugar privilegiado en nuestro deseo— y, lo que es peor, sobre ellas y ellos.

Porque, ¿qué experiencia suelen tener ellas y ellos en estos momentos?

Pues quizás lo primero que te haya venido a la cabeza sea que se trata de una vivencia bastante grata, ¿no? Si mi madre o mi madre me percibe como alguien con valor, es decir, con un lugar privilegiado en su deseo, eso parece intrínsecamente agradable. Y, en efecto, algo de eso hay: las niñas, niños y adolescentes pueden disfrutar del lugar que les otorga el síntoma dentro del relato que da valor a sus progenitores o figuras de referencia, pero está realidad también tiene un reverso tenebroso, como La Fuerza. Y éste pasa por el hecho de que, cuando los adultos miramos a la infancia convirtiéndola en el objeto que tiene el potencial de satisfacer nuestro deseo, no es extraño que se sienta amenazada, al verse reducida y “cosificada” en la mirada del otro. No es extraño que, entonces, emerjan actitudes de rebeldía que vinieran a comunicar algo así como “joder, aita, ¡yo no sóy sólo eso!”

Adultos e infancia nos encontramos entonces atrapados en la ambivalencia que provoca el síntoma: por un lado nos proporciona cierto goce, pero por otro nos angustia hasta sacarnos de nuestras casillas.

Hasta aquí la definición del problema: aparece el síntoma, le damos sentido para digerirlo, nos calmamos, ese sentido coloca a la infancia como objeto de nuestro deseo, la infancia se rebela, no lo entendemos, nos angustiamos más, y esa misma infancia necesita repetir el síntoma para calmar nuestra angustia en el mismo juego, ya conocido.

C**o, sobre esto se podrían escribir un millón de libros.

Si el problema es difícil de definir, porque acontece en el terreno de lo inconsciente, a saber, del cuerpo, más complicado es encontrar una posible solución, porque ésta a menudo no responde a la lógica del taller —hay una avería que requiere conocimientos expertos—, a la que nos hemos acostumbrado.

Trataré de dar alguna pista para que tengáis por dónde explorar, y que no os devore la angustia asociada a estos procesos.

La primera es que, a menudo, quitamos valor al hecho de explicar y visibilizar estos procesos: cuando hacemos visible la secuencia en la que resuena el inconsciente y el cuerpo, no desde la culpabilización, sino desde la curiosidad natural que nos sugieren los procesos humanos, estamos regalando a las personas a quienes acompañamos la oportunidad de activar su “observadora interna” y de introducir una pausa, una grieta, por la que se cuele un atisbo de su función ejecutiva. En un proceso de alquimia, lo automático se torna consciente, y eso implica un cambio invisible pero formidable en los acontecimientos, entre otras cosas, porque pasamos del ámbito de lo reactivo —lo que pasa—, al del deseo —lo que quiero—.

Acepto lo que me pasa, pero incorporo mi deseo.

Otra cosa que ayuda mucho es entender —y dejar claro— que no hay nada de malo o de “patológico” de g***r del síntoma (syntome, en términos lacanianos) que han desarrollado nuestras hijas o hijos.

¡Basta ya de culpar a las familias por los síntomas que desarrollan las infancias!

Es parte inevitable del proceso, porque no lograrlo, nos expondría a una angustia desgarradora. Necesitamos investir al síntoma para tolerarlo en nuestra vida, y eso está bien, porque, cuanto más y mejor lo toleremos los adultos —ojo con lo que voy a soltar—, más recursos otorgamos a la infancia para soportar su propia angustia, a saber, para estar presente en el único terreno del que pueden germinar, crecer y desarrollarse formas más productivas de lidiar con la falta y el deseo.

El problema no es que invistamos al síntoma, sino que éste reduzca nuestra mirada hacia nuestras hijas e hijos. Porque ellas y ellos tienen valor más allá de las formas todavía limitadas de las que disponen para protegerse y preservar su identidad y sus anhelos. Y no es extraño que, en este ambiente de crisis, sientan que hay partes, experiencias, vivencias, rasgos y recursos que están siendo relegados a la oscuridad, o al cubo de la basura, limitándolos por completo.

La pregunta que procede ahora es, ¿cómo y desde dónde estamos mirando? Y sobre todo, ¿qué nos estamos perdiendo?

No olvides que todo síntoma es, también, anhelo —y temor— de ser reconocido por el otro en la mirada que una o uno se preserva para sí mismo.

¿Resuena con tu vida?



Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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