06/10/2024
LOS ACONTECIMIENTOS DE 1830 EN COLOMBIA. TRAS LA MUERTE DEL LIBERTADOR. RELACIÓN DEL GENERAL TOMÁS CIPRIANO MOSQUERA
LIBRO: LAS ÚLTIMAS CARTAS DEL LIBERTADOR
DE: XAVIER CHIRIBOGA MAYA.
"Los grandes hombres nacen cuando mueren por que se eternizan a través de sus obras de bien común." LINO OVIEDO.
RESEÑA:
Los acontecimientos de 1830 en Colombia me hicieron conocer que era ya innecesario que siguiese en el desempeño de la Legación, no obstante que tanto la liquidación de la deuda colombiana como el negocio de demarcación de límites entre el Perú y Colombia estaban muy adelantados.
La revolución del General Flores en Quito, secundando a Páez, fue un suceso muy desfavorable a la unión colombiana y que he referido; que una política indebida de parte del General Caicedo y su Consejo precipitó este acontecimiento que tanto complicó la cuestión de unidad colombiana.
Luego que recibí las comunicaciones del Secretario del Interior y del de Relaciones Exteriores, en que me comunicaron haber tomado posesión el Vicepresidente y encargándose del Poder Ejecutivo, hice que todos los individuos de la Legación prestasen el juramento constitucional, y lo hice por escrito y oficié al Gobierno dando cuenta de todo, manifestándole que necesitaba instrucciones con respecto al General Flores, que acababa de insurreccionarse en el Departamento del Ecuador y erigido un Estado independiente. Poco tiempo después recibí noticia del infausto acontecimiento de la muerte del General Sucre,de aquí me he ocupado en el capítulo anterior; y comprendí bien que debía pensar en salvar el decoro de la Legación, dejando de entenderme con el General Flores oficialmente, y tratando de mantener sujeto al Gobierno Nacional, las fuerzas marítimas que existían en el Pacífico, y de las que la fragata Colombia, la goleta Guayaquileña estaban a mí disposición surtas en el Callao, a órdenes del Capitán de Navío Tomás Carlos Wright, Comandante General de Marina en la estación del Pacífico, a quien le comuniqué mis opiniones de que debíamos mantenernos independientes de Flores, sin entrar en oposición con él, para darle giro a la cuestión política, pues tenía esperanzas de hacerlo entrar en su deber, porque no podía sostenerse en los Departamentos del Sur sin apoyarse en la fuerza material del ejército de Colombia.
Aquellos Departamentos habían sufrido tanto en la guerra de la independencia, por el ejercicio de la autoridad militar, querían un gobierno propio protegido por el Libertador, que al marchar a Bogotá les había dejado varios decretos, aunque imperfectos, de acuerdo con los deseos de los vecinos influyentes del país.
Cuando en diversos pueblos de Venezuela y en la misma ciudad de Caracas, país natal del General Bolívar, se pedía su destierro de todo el territorio de Colombia, los Generales en Jefe: Arismendi, Marino, Páez y Bermúdez encabezaban esa oposición sistemática contra el Libertador, porque sus glorias hacían aparecer a estos Generales mediocres como hombres de Estado, y sin las cualidades eminentes de Bolívar.
El vecindario de Quito le dirigió una manifestación, llamándolo para que fuese a residir en esa ciudad, en donde encontraría amigos sinceros y reconocidos que deseaban honrarle, recibiendo de Bolívar la distinción de ser reconocidos por él, dignos de su aprecio. El General Flores era el que principalmente había promovido este acto de justicia.
Recibí comunicaciones del Gobierno y de mis amigos de Bogotá, Cartagena y Panamá, en que me hacían saber que el Libertador había persuadido al nuevo Prefecto del Magdalena, señor Juan de Francisco Martín, y al Comandante General de División Mariano Montilla, a que se sometiesen al nuevo Gobierno de Colombia y se jurase la Constitución; que había una reacción al oriente de Venezuela, y que los pronunciamientos de las provincias de Neiva y el Socorro para sostener la Constitución de 1821 habían cesado; pero que la agitación en la capital de la República, entre los partidos políticos, crecía de día en día, y que el Presidente había dado una nueva organización a su Ministerio, reemplazando al General Paris, militar moderado y enérgico, con el General Mendoza, militar honrado pero sin energía ni prestigio en el ejército, y el doctor Osorio, Secretario del Interior y liberal muy moderado, había sido sustituido por el doctor Vicente Azuero, nombramientos que habían producido descontento y desconfianza entre los amigos del Libertador y liberales moderados, lo mismo que en el General en Jefe Rafael Urdaneta, que renunció el mando en Jefe del Ejército y se retiró a su hacienda.
Con tales noticias, resolví que la fragata Colombia regresase a Guayaquil, y en seguida me despedí del Gobierno del Perú, anunciándole que me retiraba temporalmente, dejando a los comisarios encargados de la liquidación de la deuda, y al primero de ellos, señor Triunfo, de Cónsul general y encargado de negocios, y me embarqué en la goleta Guayaquileña, el día 28 de agosto, dirigiéndome a Guayaquil, para verme con el General Flores en aquel puerto, antes de seguir a Bogotá, para manifestarle lo peligroso de la situación de
Colombia, y que debía seguir las opiniones del General Bolívar, expresadas al Comandante General y Prefecto del Magdalena, para que se sometieran a la Constitución de 1830, y que pudiese llevarse a efecto la reunión de un nuevo Congreso Constituyente, conforme al decreto del Congreso de 1830, de que he hablado en el capítulo anterior. Me lisonjeaba la esperanza de obtener buen resultado con el Genera! Flores, porque conocía las opiniones de la mayor parte de los jefes y oficiales del ejército para sostener la integridad de Colombia; y que llevando a mi hermano, el Presidente de la República, el buen resultado que pudiese obtener de esta conferencia, podría dar un giro a su política de consideración para conservar la paz, obrando al mismo tiempo con energía, pues odia prestarle mi apoyo, uniéndome a dos jefes del ejército, de diferentes opiniones, con quienes me ligaban relaciones personales; y la influencia política que tenía con los otros, que conocían mis ideas liberales y ser hermano del Presidente, a quien ellos respetaban.
Al llegar a Guayaquil me impuse del resultado que había tenido la no aceptación de la Constitución en Venezuela, y que el Congreso de Valencia exigía el destierro del Libertador, para poder entrar en acuerdos de federación con el resto de Colombia.
El Capitán de Navío Wright y los Coroneles Barriga y Franco, con otros oficiales, pasaron a mi alojamiento a manifestarme que era necesario apoderarnos del General Flores, luego que llegase a la ciudad, y mandarlo a Buenaventura o Panamá, separándolo del mando del Ecuador, para que se sustituyese por mí, como Comandante en Jefe de la Constitución de 1830. Les manifesté que aun cuando el pensamiento era laudable, siempre era una revolución militar, que no dudaba que sería bien recibida por los amigos de la unión de Colombia, y que su pensamiento podía conciliarse yendo yo a Bogotá y obteniendo del Presidente una comisión para sostener el reconocimiento de la Constitución en esos Departamentos del Sur.
Luego que llegó el General Flores tuvimos detenidas conferencias, con franqueza de una y otra parte; me comunicó las últimas noticias que había recibido de Bogotá sobre el riesgo de una revolución militar en los Departamentos del interior, una se había sofocado en Medellín y los cuerpos del Callao, Boyacá y una columna de Cazadores, habían dado escándalos en la capital, que el Gobierno no había tenido energía de reprimir.
Parecióme esto muy grave, y que hacía más urgente mi marcha rápida a Bogotá, convinimos al fin con Flores en que él ofrecería al Presidente sostener el orden constitucional en los Departamentos del Sur, siempre que se rechazase la idea de intimar destierro al Libertador y dejarlo seguir por su propia voluntad, y que, además, el Gobierno dispusiese que se llevase a efecto el juicio contra los asesinos de Sucre, para vindicarse de las acusaciones de Obando, tan injustas como infames, cuando él era responsable de ese crimen. Me ofrecía, además, que él me daría los cuerpos del Ejército que estaban en el Sur para que marchase con ellos a sostener el Gobierno. Le escribió una carta a mi hermano, diciéndole que yo llevaba instrucciones para entenderme con él, con la confianza que debía inspirarle mi comisión.
Como mi viaje era de urgente necesidad, puso a mi disposición el General Flores la goleta Istmeña para que me condujese al puerto de Buenaventura y pudiese seguir inmediatamente a Bogotá. Antes de marchar, en el mes de septiembre, recibí la noticia de la sublevación del batallón Callao, en Bogotá, y tanto el General Flores como yo comprendimos el riesgo que corría el Gobierno constitucional por la exageración de principios del Secretario del Interior; y haber transcrito al Libertador, con fecha 14 de julio, la resolución de que hemos hablado, del Congreso de Valencia.
Resolución que ni Flores ni yo podíamos comprender que hubiera tomado mi hermano, sin algún grave incidente que lo obligara a ello, y cuando nos unimos en Cartagena, en diciembre de 1830, le pedí una explicación que me la dio, asegurándome que el 14 de julio le había llevado el señor Azuero la comunicación que dirigía al Libertador, y que él la había tomado, diciéndole al Ministro Azuero, que el negocio era arduo, y que no se podía despachar sin reflexionarlo, que lo reservaba en su poder, y que el 18, habiendo
aparecido en la Gaceta Oficial, se vio obligado a darle curso.
Le manifesté a mi hermano que ese acto de debilidad había sido la causa de su caída, que debió destituir a Azuero y declarar que el Presidente de Colombia no se podía prestar a hacer la notificación de un acto indigno de la junta revolucionaria de
Valencia, que se llamaba Congreso de Venezuela. Más adelante volveré a hablar sobre ese particular, para continuar ahora la relación histórica de los hechos.
Embarcado en Guayaquil, como dejo dicho, en la goleta Istmeña, a fines de septiembre, y al llegar a la altura de la Gorgona, cerca de 3 grados latitud Norte, me informó el Capitán de un buque mercante que una parte de la provincia de Buenaventura se había separado del Centro y agregado al Ecuador, mandé al señor Juan N. Wallis, que iba a bordo conmigo, con comunicaciones al que hacía de jefe en la revolución, ofreciéndole mi apoyo cerca del
Gobierno, con tal que restableciese el orden constitucional, y manifestándole que el General Flores no aceptaría tales pronunciamientos, porque conocía el pensamiento que le guiaba para ponerse de acuerdo con las autoridades supremas.
Seguí mi viaje luego que regresó el bote en que desembarqué al señor Wallis, sobre la costa de Iscuandé, y el 10 de octubre entré en el puerto de la Buenaventura, donde recibí noticia de la destrucción del Gobierno, y que mi hermano, el señor Mosquera, Presidente de la República, había dejado el país yéndose para los Estados Unidos. Supe del mismo modo
que todo el Cauca estaba en revolución, y se convocaba una asamblea para deliberar sobre su suerte. Cali estaba en armas contra el General López, y yo no veía facilidad para servir conforme a mis principios, sosteniendo al Gobierno constitucional; porque el problema era, o someterse al Gobierno del General Urdaneta, o agregarse al General Flores, en el Ecuador. No me gustaba ni lo uno ni lo otro.
La revolución del batallón Callao se había verificado el 9 de agosto, sublevándose contra el Gobierno, a instigaciones de los descontentos con la política que había dejado de ser imparcial en su concepto, y que los liberales la tenían por tímida, porque no obraba decididamente en favor de ellos.
Tal es la situación de un gobierno de transición cuando falta un hombre extraordinario, de prestigio para dominarla. En todo el curso de esta obra he venido refiriendo cuán difícil y amarga fue para el Libertador la situación en que lo colocaron Páez y sus directores, queriéndolo lanzar primero en un plan de monarquía, y después en el de la revolución de
1826, secundada por Castillo en Guayaquil, y Flores en Quito.
Desde entonces el Libertador se vio constantemente en difíciles circunstancias, y cuando al fin logró dominarlas, resolviéndose a separarse del país, dejándolo constituido, no consiguió el fruto de sus tareas, sino la ingratitud de los que exaltó: el abandono de muchos que se llamaban sus amigos; para que los ambiciosos pretendieran adueñarse de Colombia, despedazada en trizas.
Estas consideraciones y que la idea de mi primitivo plan, de ir a salvar al Presidente, prestándole mis servicios como General, pues los militares que tenía a su lado no eran capaces, como lo probaron, sino de llevar víctimas al matadero, me resolví a no entrar al interior de la provincia de Popayán.
Recibí cartas del señor Rafael Mosquera, que habiendo tenido noticia de mi regreso del Perú, me decían que por ningún motivo entrara, porque querían lanzarme en esos movimientos irregulares, y mi mujer me agregaba: "Los asesinos de Sucre saldrán de
ti también, por la misma causa de ser amigo del Libertador y de ser sostenedor de la unión colombiana"; general inteligente, y hombre en capilla, son sinónimos hoy en Colombia.
Acepté su consejo, y como no llevaba recursos para irme a Europa si no encontraba en Panamá y Cartagena mantenido el orden constitucional, tomé una cantidad suficiente de dinero en Buenaventura y giré por ella una letra contra mi mujer. Zarpó el buque de Buenaventura y seguí en él para Panamá.
Al llegar a ese puerto encontré otra nueva novedad, la del pronunciamiento del General Espinar, adhiriéndose al plan revolucionario adoptado por Urdaneta en Bogotá y por Montilla en Cartagena. Encontré en Panamá al General Luis Urdaneta, que iba a revolucionar el ejército del Sur, contra el General Flores, según él mismo me dijo en casa de Espinar, con quien procedía de acuerdo, y tomaron el mismo día de mi llegada la goleta de guerra Istmeña en que yo había ido, para desempeñar esta comisión.
Por todas partes yo no veía sino militares que se disputaban el mando, y todos invocando el nombre del Libertador en el momento que este genio de América estaba moribundo y representaba la idea de Colombia en su persona. Su último suspiro iba a ser la última señal para que dejara de existir la asociación que con frente erguida había humillado al León de Castilla.
En la misma goleta Istmeña se había embarcado en Guayaquil el Capitán José María Urbina (hoy General del Ecuador), con pliegos del General Flores para el Libertador, en que le protestaba ser fiel a su amistad, y que en la Constitución que se acordara en Riobamba se pondría un artículo para volver el Ecuador a la unión colombiana, y explicaba los motivos de la revolución verificada en los Departamentos del Sur.
Con el mismo Capitán escribí una carta al Libertador, instruyéndole de los motivos de mi viaje, y que el señor Triunfo había quedado encargado de la Legación, y en unión del Coronel Romero continuarían la liquidación de la deuda y recibirían sus sueldos
del tesoro del Perú por cuenta de lo que debía pagar a Colombia, cuyo arreglo hice con
aquel Gobierno, y le ofrecía tocar en Cartagena para verme con él, y saber en qué época nos podíamos encontrar en Europa; pero como el mismo General Urdaneta
me informara que quedaba en Cartagena el Presidente, señor Mosquera, que debía seguir para Jamaica, y que tal vez allí encontraría también al Libertador, si resolvía definitivamente embarcarse en Sabanilla en la fragata Shanon, resolví seguir a Jamaica en el paquete inglés.
En esta isla recibí noticia de mi hermano, que me escribía de Cartagena avisándome que seguía para Estados Unidos, y que desearía nos uniéramos en nuestra emigración. Las noticias que tuve del Libertador eran muy tristes. Apenas respirba aquel ínclito varón, y le llevaban al sepulcro las enfermedades que una vida activa y fatigada le habían hecho contraer, y que se aumentaban por tantas y tan repetidas deslealtades, por tantas y repetidas calumnias, y por tantos y repetidos pesares, de quienes menos debía esperarlos, y que menos derecho tuvieron para ofenderle.
Al llegar a Cartagena me informó mi hermano de todos los pormenores de la revolución del batallón Callao, y las consecuencias que tuvo, hasta que fue derrocado el Gobierno, y lo que había acontecido posteriormente hasta la organización de un Gobierno de hecho, a cuyo frente se había puesto el General Rafael Urdaneta, traicionando la confianza que había hecho de él el Gobierno constitucional nombrándole General en Jefe del ejército.
Me abstengo de referir los pormenores de los acontecimientos porque los historiadores como Restrepo han dado cuenta de ellos y porque mi hermano me comunicó que escribiría y publicaría una Memoria para justificar su conducta y referir los hechos con veracidad el día que las pasiones se hubiesen calmado.
Cuando en Cartagena se pronunciaron las autoridades civil y militar en el mismo sentido de los revolucionarios de Bogotá, pretendieron que el Libertador se hiciese cargo del ejército de Colombia como General en Jefe, y no lo dejaron embarcar en la fragata Shannon, por medio de una petición tumultuosa que llamaron pronunciamiento popular.
El Libertador, enfermo y débil, había perdido esa fuerza de voluntad que lo distinguiera tanto en sus días felices, y se resolvió a permanecer en Colombia, oprimido como se encontraba, por la coacción de sus amigos, que él mismo reconocía, como lo dijo al señor Vergara en la carta que le escribió, y que queda citada en el capítulo anterior.
Una triste anécdota tengo que referir aquí, que comprueba lo que dejo expuesto. Cuando permanecía de Ministro en Lima tuve relaciones de amistad con el Conde de Raigecourt,
hijo del Par de Francia Marqués de Raigecourt, y como debía viajar por Colombia me pidió una carta de introducción para el Libertador, a quien quería conocer y tratar. Por el Istmo de Panamá pasó a Cartagena y siguió a Turbaco a presentarse al Libertador, quien le recibió como acostumbraba hacerlo y tuvo una conferencia bastante franca e invitó al Conde para que le acompañara en su viaje hasta París, a que este caballero accedió con mucho gusto, y le dio el Libertador una carta para el Capitán de la fragata Shannon, que estaba ya en la bahía, pidiéndole que le diese pasaje en el buque, pues debía acompañarle en su viaje a Jamaica.
Pocos días después se trasladó a Cartagena el Libertador, y al recibirlo se hizo la tumultuosa manifestación que llamaron espléndida sus autores, y consiguieron que revocase las órdenes de viaje. Esa tarde fue el Conde a visitarlo, y lo encontró paseándose en la azotea para tomar fresco con la brisa del mar, y al ver al Conde se dirigió a él diciéndole: "Señor Conde, siento no poder hacer el viaje con usted: todo ese alboroto que ha presenciado usted no es otra cosa que la coacción que se hace sobre mí, por el Prefecto y Comandante General, de quienes puedo decir soy su prisionero. La enfermedad que sufro me ha debilitado de tal modo que he perdido la fuerza moral, y no podré conseguir de estos hombres que me dejen salir a restablecerme o morir en calma".
Cuando llegué a París, en 1831, tuve el gusto de ver al Conde y me refirió esta anécdota, dándome un número del periódico L'Avenir, en que la había publicado entre otros apuntamientos de su viaje. Me dio el número del periódico; pero lo he perdido, y no puedo copiarlo; pero sí conservo bien lo que contenía tal narración. Ella está de acuerdo con la carta citada.
Cuando el Libertador recibió la invitación de la junta revolucionaria de Cartagena para que se hiciese cargo del mando del ejército, envió a la junta al General O'Leary, con objeto de decirles a su nombre que elevasen una representación al Gobierno Nacional, pidiéndole que removiese a los Ministros que no merecían la confianza pública y que nombrara a otros.
En esos días escribió el Libertador al señor José María Cárdenas, su amigo, y que lo era también de mi hermano y mío, quejándose de la ingratitud de Venezuela, que pedía su destierro y lamentaba que se lo hubieran comunicado por orden del Presidente, que le había sucedido, y tenía estas sentidas palabras:"¿Quién me hubiera dicho que el hombre a quien había escogido por hermano me hiciera notificar el acuerdo de los revolucionarios de Venezuela para que saliera de Colombia?"
Cuando el señor Cárdenas me enseñó esta carta, a mi regreso de Europa, sentí más que mi hermano no hubiera tenido en aquella ocasión la misma energía que tuvo para no prestarse a la exigencia de los revolucionarios, cuando se apoderaron de la capital y que exigían continuase en ejercicio del Poder Ejecutivo.
El 17 de septiembre llegó a Cartagena la comisión enviada de la capital con las actas y documentos que acreditaban la caída del Gobierno constitucional, y el llamamiento que se
le hacía para que se encargara del Gobierno. Los comisionados pretendieron justificar las violencias cometidas por la fuerza armada, y las actas populares.
El Libertador contestó en términos generales, dando expresivas gracias por el honor que le hacían los padres de familia en Bogotá y el Gobierno provincial. Ofreció hacer cuanto estuviera a su alcance para el restablecimiento del orden, y que prestaría todos aquellos servicios que fuesen compatibles con sus deberes y que pudiesen redundar en beneficio público.
Dirigió al mismo tiempo el General Bolívar una proclama en que expresaba sus ideas de no aceptar mando alguno, y solamente prestaría servicios personales. Pero todavía fue más explícito en las cartas mencionadas escritas al doctor Estanislao Vergara y la dirigida al General Urdaneta.
Sin embargo, sus enemigos no cesaban de increparle faltas y parte en la revolución de
Urdaneta, no porque lo creyera sino para justificar su mala conducta contra el Libertador.
Al saber el Libertador que el Presidente Mosquera debía llegar muy pronto a Cartagena, recomendó al Prefecto y Comandante General que lo recibiesen y tratasen con toda la atención y decoro que correspondía a un magistrado destituido por una revolución a que ellos se habían adherido.
Antes que hubiese caído el Gobierno en Bogotá se dirigió el Libertador al Secretario del Interior, acompañándole las actas que había recibido de Venezuela, y que el Teniente de Navío José Miguel Machado le había llevado a Cartagena de parte del General Infante, del Coronel Parejo y del Comandante Bustillos, que en los cantones de Río chico, Chaguarama y Orituro, proclamando la unidad de Colombia y al Libertador como su jefe, sometiéndose al Congreso de Colombia, que había declarado revolucionarias las autoridades de Venezuela.
El expresado comisionado exageraba los hechos y el Prefecto Juan de Francisco Martín y el Comandante General Montilla se inclinaban a proteger esta revolución; pero el Libertador juzgó que todo sería imperfecto si el Gobierno Nacional no tomaba parte, y contestó a los revolucionarios que procedieran con la mayor prudencia para evitar la guerra civil en Venezuela. Igualmente les manifestó que debían entenderse con el Gobierno de Colombia y con el General Pedro Briceño Méndez.
El Secretario del Interior, doctor Vicente Azuero, contestó al Libertador que el Presidente deseaba que se restableciese el orden en toda Colombia sin derramamiento de sangre, conforme a las reglas que dejó establecidas el Congreso Constituyente, y que haría las prevenciones convenientes a los Prefectos de los Departamentos limítrofes a Venezuela.
Este acontecimiento, que no tuvo influencia alguna en Venezuela, sí produjo en Cartagena la exaltación de los amigos del Libertador para persistir en impedirle su viaje, y alentaron en Bogotá y otros pueblos del Centro el espíritu revolucionario que destruyó al Gobierno constitucional con una función de armas, que tuvo lugar el 27 de agosto en El Santuario, lugar próximo al río de Funza, en donde se atraviesa por el puente grande de piedra. La impericia militar de los Jefes del Gobierno; el estado anárquico de dicha fuerza, en que se entendían los oficiales superiores y el Ministro de Guerra, eran ineptos para mandar; produjeron la calamidad de trastornar por sus fundamentos al Gobierno constitucional, quedando por esto todo el territorio de Colombia entregado a cuatro caudillos que se habían apoderado del mando supremo en Venezuela, Departamento del Centro del Atlántico y del Sur, que fueron los Generales Páez, Flores, Urdaneta y Montilla; éste se sometió a Urdaneta nominalmente, y Flores pretendía agregar al sur el Departamento del Cauca.
Al trasladarme de Jamaica a Cartagena informé al Presidente de los motivos que me habían obligado a dejar la Legación del Perú, y cuánto me había afligido no haber llegado en tiempo para saludarlo. Mi hermano ofreció mis buenos deseos; pero me aseguró quhabrían sido infructuosos mis servicios, porque el país estaba desconcertado
Andando los tiempos, y después de lo que hice para restablecer el imperio de la Constitución, en la guerra civil de 1839 a 1841, a mi regreso de Pasto, me dijo en París mi hermano: "Mucho he recordado lo que me manifestaste en Cartagena de que habías salvado la situación en 1830".
No pretendo, al referir estos hechos, recomendarme, porque no lo necesito; pero he querido que se conozca cada uno de los incidentes que contribuyeron a la disolución de Colombia y a hacer desaparecer con ellos al genio inmortal que la creó.
El doctor Juan de Francisco Martín, Prefecto del Magdalena, y el General Luque, Comandante General de la plaza, me manifestaron al llegar a Cartagena que el señor Juan García del Río había demorado algunos días su viaje a Bogotá, esperando mi arribo a Cartagena, para invitarme a que siguiera con él a la capital de la República y encargarme de la cartera de Guerra, para poder hacer una nueva combinación y crear un Gobierno
Nacional en Nueva Granada, y que yo reemplazase a Urdaneta, que siendo venezolano no podía conservarse en el mando; y que hicieron presente que ya no había esperanza de salud del Libertador, que dentro de poco tiempo habría desaparecido, y que era necesario prepararnos a dar una solución a la cuestión.
Respondíles, como lo exigía mi deber, que después de haber destituido al Presidente de la República y haber jurado yo la Constitución de 1830, sería un escándalo que yo admitiera el empleo de Ministro de Guerra y Marina, aunque fuese con el laudable objeto de restablecer las libertades públicas y organizar un Gobierno propio de Nueva Granada: que yo ya estaba resuelto a acompañar al Presidente en su viaje a los Estados Unidos, con cuyo objeto había regresado de Jamaica, y escribí en esos días mi última carta al Libertador de despedida
Mucho sentimiento tuve de no haber podido encontrar en Cartagena al Libertador, que se había ausentado buscando un mejor clima en las villas de Soledad y Barranquilla, y que de esta última había seguido por mar a Santa Marta, embarcándose en Sabanilla. El viaje de mar, que creyeron algunos podía serle provechoso, que todo lo contrario, no obstante que duró pocas horas.
Al desembarcar en el puerto, el 1° de diciembre, fue necesario conducirlo al alojamiento que se le había preparado, en una silla de manos, sacándolo en brazos del bergantín Manuel, que lo condujo. El doctor Próspero Reverend, médico francés, y el doctor Mac-Night, cirujano de la goleta de guerra Grampus, delos Estados Unidos, que por casualidad se hallaba en aquel puerto, se encargaron de proporcionar al Libertador algún alivio, con medicinas adecuadas a su estado de postración, y ciertamente lograron aliviarle.
Recibió el Libertador, en la ciudad de Santa Marta, la noticia del indulto que había dado el Congreso de Valencia a los conspiradores del 25 de septiembre, que como Carujo, había sido condenado a presidio. Este acto ciertamente no significaba una medida de conveniencia pública sino un acto de hostilidad contra el Libertador, que había indultado la vida al expresado Carujo, que cobarde e innecesariamente asesinó al Coronel Fergusson, que iba a Palacio el 25 de septiembre a cumplir con su deber de estar con el Libertador, y encontró a Carujo cerca de la puerta de Palacio cuando él y los otros conspiradores salían desconcertados por no haber acertado el golpe.
Este hombre, natural de Venezuela, puesto en libertad se proporcionó armas y reclutó alguna gente en Maracaibo, de venezolanos y granadinos, para invadir a Riohacha y hacer la guerra como defensores del Gobierno que había desaparecido en Bogotá.
Todo conspiraba en aquella época a aumentar la aflicción de Bolívar para llevarle rápidamente al sepulcro. Eran lentos los progresos de la mejoría; creyendo acelerarla el mismo Bolívar, pidió con ansia que le llevaran al campo, a fin de respirar un aire más puro y fresco.
En efecto, el día 6 le condujeron a la Quinta de San Pedro Alejandrino, propiedad del Coronel de milicias Joaquín de Mier, uno de los ricos propietarios de esa provincia y que, aunque español de nacimiento, había abrazado la causa de la independencia y era admirador del Libertador.
La Quinta mencionada dista de la plaza como dos millas. Allí pasó dos días aliviado y más alegre, de modo que el 8 escribió a uno de sus amigos en Bogotá que estaba mejor, y aun le puso una posdata de su letra. Sin embargo, en aquella misma noche principió la enfermedad a atacarle la cabeza y apareció el hipo.
Para dar una idea exacta del progreso de la enfermedad y su naturaleza, me parece más conveniente referirme al folleto que ha publicado el médico doctor Réverend. Pero sin embargo, puedo decir algo de lo que me consta sobre el principio que tuvo el decaimiento de la salud de Bolívar.
En enero de 1822 se encontraba el Libertador en la ciudad de Cali; fue atacado de una terciana, y pidió al médico que lo acompañaba, doctor Joly, que le aplicase un remedio activo para curarlo, y le dio una bebida arsenical, que le cortó inmediatamente la fiebre; pero desde entonces comenzó a sufrir el Libertador en los órganos de digestión, y después de la batalla de Bombona tuvo un ataque de disentería, que le curó el mismo doctor Joly, y desde entonces su salud no fue completa. Fácilmente se resfriaba, y frecuentemente sufría catarros.
Ya he dicho en otra parte, del ataque que sufrió en Pativilca, y la enfermedad que tuvo en agosto de 1829 en Guayaquil. Desde entonces los médicos creyeron que había un daño en los pulmones porque el esputo solía tener marcas de sangre, y los amigos que le acompañábamo por opinión de los médicos, llegamos a temer que no fuera larga la vida de Bolívar; su constitución había perdido mucho, ya la edad de 46 años tenía el aspecto de un hombre de más de 60, de donde vino que el ejército lo llamase "el viejo Bolívar".
El 15 de diciembre partimos de Cartagena mi hermano el Presidente, el señor Pavajeau y yo para los Estados Unidos, con la triste convicción de no volver a ver al Libertador; el señor Pavajeau, amigo del Libertador, conducía consigo varios baúles que contenían la secretaría privada del Libertador, que le había confiado a su cuidado, y de la que hizo relación en su testamento.
El 17 del mismo mes dejó de existir el Libertador de Colombia, y como se encuentra en el folleto citado; los pormenores de su muerte y los últimos honores que se hicieron al Padre de Colombia, nos referimos a esta publicación, en la que se encuentra la última proclama que dirigió el Libertador a los colombianos.
Poseemos igualmente la última carta que escribió y que fue dirigida al General Justo Briceño, y que el Coronel Wilson, Edecán del Libertador, se la dirigió con otra suya en que le dice que le acompaña la última firma que puso Bolívar en su vida. Este precioso documento vino a mis manos con varias otras cartas, dirigidas al General Briceño, del General Rafael Urdaneta y otros Generales y Jefes del ejército colombiano que acompañaron a Urdaneta en la revolución de 1830, y que perdió en el combate de Cerinza, en que fue vencido por el General Moreno y que mantuvo en su poder hasta 1854 el Teniente Coronel Poze, que me las dio como documentos que debían servirme en estas Memorias.
He concluido la relación histórica de la vida de Bolívar con su muerte, acaecida el 17 de diciembre, aniversario del día en que se firmó en Guayana la Ley Fundamental que dio asistencia a la creación de la República de Colombia, uniéndose en un solo cuerpo la nación la antigua Capitanía General de Venezuela con el Virreinato del Nuevo Reino de Granada.
Réstame solamente decir algo con relación a los acontecimientos de aquella época, en que dejaron de existir Bolívar y Colombia; y dar una idea del carácter del Libertador y de su gloria póstuma. Quisiera poseer la capacidad que se requiere, para escribir la historia del Héroe del siglo XIX; pero si esto no me es posible, he tratado de
dejar datos verídicos que servirán a otra pluma mejor cortada para escribir un día la vida imparcial del Gran Capitán de la América del Sur y del ínclito guerrero y hábil estadista
que dio existencia a cinco Repúblicas americanas y aseguró la independencia de la América española.
El General Luis Urdaneta verificó su viaje a Guayaquil; realizó la insurrección que meditaba, contra el General Flores, apoderándose de los cuerpos del ejército del Sur; marchó al interior, desde Guayaquil, en combinación con las tropas que residían en el Azuay: el Coronel Franco secundó el movimiento en Ibarra.
El General Flores hace grandes esfuerzos para salvarse y logra alguna ventaja sobre Franco. La superioridad de su carácter, como hombre público, sobre Urdaneta, le da por resultado la suspensión de hostilidades, haciéndole presente a Urdaneta la necesidad de no derramar inútilmente sangre colombiana, cuando unos y otros eran admiradores del Libertador.
Urdaneta había ocupado el territorio de Riobamba, Ambato y Latacunga cuando Flores le comunicó la infausta noticia de la muerte de Bolívar. Con este acontecimiento se desconcertaron los proyectos de Urdaneta que obraba de acuerdo con los principios revolucionarios que sostenían en Bogotá el General Rafael Urdaneta, en el Magdalena el General Montilla y en el Istmo el General Espinar.
Los cuerpos del ejército que perdieron su moral desde las rebeliones que tuvieron lugar en
1827, en el Perú y Bolivia, sirvieron de apoyo primero a Flores, después a Urdaneta, para decidir de la suerte de los Departamentos del Sur.
El General Flores aprovecha de las circunstancias para darle solidez al nuevo Estado del Ecuador, y busca apoyo en la opinión del país, que ciertamente deseaba tener un gobierno propio: transigió con Urdaneta y lo obligó a salir para Panamá. Como 100 jefes y oficiales a quienes el General Flores consideraba como no adictos a su persona los hizo salir de los Departamentos del Sur, y se contrajo a organizar de nuevo los cuerpos y darle seguridad a la administración pública del nuevo Estado pretendiendo extenderlo por el Norte por lo menos hasta Juanambú.
Mientras esto pasaba en el Sur, al oriente de Colombia se verificaba otra reacción encabezada por el General José Tadeo Monagas, para mantener la unidad de Colombia bajo la autoridad de Bolívar; y los Generales Montilla, José Blanco, Valdés, Carreño y Sarda obraban en el Magdalena en el mismo sentido, y el General Pedro Briceño Méndez, desde Curazao dirigía las combinaciones entre los Jefes que acabo de nombrar y el General Monagas.
Páez, Marino, Arismendi y Bermúdez, que como se ha visto en estas Memorias, fueron alternativamente amigos y enemigos de Bolívar, sostenían en Venezuela la existencia de la nueva República; a ellos se unió el General Soublette. La comisión confiada al señor Aranzazu para el Gobierno de Venezuela, no tuvo otro resultado que el ofrecimiento de entrar en nuevos pactos de confederación con las repúblicas que se stablecieran en el Centro y Sur de Colombia.
Cuando el General Urdaneta recibió la noticia de la muerte de Bolívar, trató de dar un nuevo giro a su política: decretó como debía, honores al Libertador. En seguida organizó de nuevo el Consejo de Estado conforme a la Constitución de 1830, convocó una asamblea que debía reunirse en la Villa de Leiva para que organizase el país conforme al decreto del Congreso Constituyente, y se puso en comunicación con el General Páez manifestándole que seguiría la misma conducta de conciliación que habían adoptado el Congreso y el Gobierno constitucional.
En los mismos términos escribió a Flores a Quito y al Prefecto y Comandante General del Magdalena, y otro tanto hizo con el General Espinar al Istmo de Panamá.
A la muerte del Libertador se independizó el Istmo de Panamá, organizando un gobierno propio hasta que hubiera una convención general que reconstituyera el país.
Neiva, Mariquita y la provincia de Buenaventura, en el Departamento del Cauca, obedecían al Gobierno del General Urdaneta y éste mandó fuerzas a Neiva a órdenes del Coronel Joaquín Posada, y al Valle del Cauca una columna a órdenes del General Muguerza, compuesta del batallón Cazadores y un pequeño escuadrón de caballería para que uniéndose a la milicia de Cali, sostuviesen su autoridad, que había sido desconocida por el Prefecto y Comandante General del Departamento, los que, de acuerdo con la excitación de los habitantes de la capital, y la mayor parte de los cantones, se habían agregado provisionalmente al Estado del Ecuador.
El General Flores aceptó la agregación y ocupó militarmente a Pasto y aun mandó alguna fuerza a Popayán. Cuando el General Obando supo que tales fuerzas se dirigían contra el Cauca, se puso en comunicación con el Coronel Posada para entretenerlo en La Plata mientras marchaba a atacar Muguerza, a Buga. Varios vecinos respetables de esta ciudad se acercaron al Teniente Coronel José Bustamante y al Sargento Mayor Marcelo Buitrago, que mandaban el batallón Cazadores, el mismo que había tenido reyertas con el batallón Callao en Bogotá, para que abandonasen la causa de Urdaneta y se unieran al General Obando, que estaba apoyado por Flores.
El Mayor Buitrago se quedó enfermo en Buga, y Bustamante siguió con Muguerza, el 10 de febrero de 1831, poniéndose previamente de acuerdo con Obando, por medio de las personas que le habían hablado, para pasarse con su cuerpo, cuando se presentase a atacar a Muguerza; así sucedió, y al presentarse el enemigo. Muguerza ordenó al Capitán Reyes que hiciese un reconocimiento con una compañía y rompió el fuego con otra de vanguardia de la división de Obando. Bustamante, con su batallón, se pasó a Obando, y Muguerza, con la fuerza que le quedaba, emprendió su retirada a Cali; y perseguido por las fuerzas de Obando, unidas a las de
Bustamante, llamaron victoria este suceso y mataron a muchos de los desgraciados milicianos de Cali, que se refugiaban en los bosques de Papayal.
En seguida fue ocupado Cali por el General Obando con la fuerza que mandaba. Muguerza y el señor Jefe político José Ignacio González huyeron hacia el puerto de Buenaventura. Entre los prisioneros que cogió Obando cayeron el Capitán Reyes y el Teniente González, que se habían tiroteado en el Papayal, como dejo dicho, y el Capitán Luis Quintero, oficial de "Vargas" y uno de los que el 26 de septiembre de 1828 resistió al asalto que le dio aquel batallón; estando en Pasto, cuando acaeció el as*****to de Sucre, supo que Morillo había sido el comisionado para matarlo, y como sabedor de este hecho, lo manifestó al Teniente Prías y éste hizo alusiónde ello en la declaración que dio ante el Comandante de Armasde Imbabura, Coronel Pedro Manzano; le tocó la mala suerte de ser pasado por las armas en compañía de los dos oficiales que no se pasaron con él al batallón Cazadores.
No se les juzgó, y se quiso conectar este as*****to asegurando que era una medida de alta política para intimidar a los caleños que aún andaban armados con el Comandante Collazos.
La noticia de este supuesto triunfo se le comunicó al Coronel Posada que estaba en La Plata pensando cómo pasar el páramo de las Moras para irse a unir a Muguerza y temiendo encontrar celadas del astuto Obando; ya inútil su cooperación, resolvió irse a Neiva para ponerse de acuerdo con el señor Caicedo que estaba en el Chaparral, y abrirse paso de
nuevo hacia el partido liberal, que había abandonado para unirse al General Rafael
Urdaneta, cuando usurpó el Poder Ejecutivo.
El General Moreno, en Casanare, como se ha dicho en otro capítulo, separó aquella provincia para agregarla a Venezuela, cuya agregación no fue aceptada por Páez. El Gobierno constitucional le llamó a Bogotá cuando se revolucionó el Callao, y contestó que marcharía como auxiliar; todo lo que complicaba la marcha regular del Gobierno, que no alcanzó a durar ni cuatro meses. El General Urdaneta y sus Ministros quisieron darle una forma regular a su efímero gobierno, y que se constituyera la Nueva Granada, para evitar los progresos de la anarquía en que se encontraba.
Por doquiera, el espíritu de los liberales se exaltaba contra el militarismo que dominaba por todas partes, y este pronunciamiento de la opinión hizo conocer al General Urdaneta que no podía sostenerse sin derramamiento de sangre, y trató de evitarlo, entendiéndose con el General Caicedo, que se había declarado en ejercicio del Poder Ejecutivo en la provincia de Neiva, y lo apoyaban el Coronel Posada, con la fuerza con que se le sometió; el General José H. López, con una columna que marchó desde Popayán, con consentimiento de Flores, a cuya autoridad se había sometido el Departamento del Cauca; se unió también el General Caicedo, como auxiliar del Estado del Ecuador, para derrocar la dictadura de Urdaneta.
Viendo el General Urdaneta que sus esfuerzos para llegar a buen término eran inútiles, porque no obtenían sus medidas buen resultado, resolvió concentrar sus fuerzas y batir primero a López y Posada, y en seguida a Moreno, que le atacaba por el Norte
El Ministro, señor Juan García del Río, con apoyo del señor José María del Castillo, le hizo presente a Urdaneta que, ni una ni más batallas, afianzarían su Gobierno, no obstante que vencieran: porque la opinión del Centro de Colombia estaba bien manifiesta contra el mando de un venezolano en Nueva Granada, sostenido por jefes venezolanos y extranjeros, y que era necesario entregarle el mando al General Caicedo, por medio de un convenio; pero que tomase posesión, prestando juramento de dar cumplimiento al decreto del Congreso Constituyente para reorganizar a Colombia, el cual acto debía tener lugar ante el Consejo de Estado, creado por Urdaneta, conforme a la Constitución de 1830.
En consecuencia, se abrieron conferencias, se celebró el convenio de Apulo, y el General Caicedo se encargó del Poder Ejecutivo, tan revolucionariamente como antes lo hizo el General Urdaneta; pero no había otro remedio: el Presidente estaba emigrado, el Vicepresidente no podía ejercer el Poder Ejecutivo fuera de la capital, ni mandar el ejército en persona. Este paso, aconsejado por el patriotismo y el deseo de restablecer la armonía en Colombia, hacía siempre honor a Urdaneta, a Caicedo y a los señores García del Río y Castillo.
El mencionado convenio de Apulo se celebró el 28 de abril y fue aprobado inmediatamente por Caicedo y Urdaneta, estipulándose en él que los Generales Urdaneta y Caicedo emplearían cada uno la autoridad que ejercía, su influjo personal y cuantos medios le sugirieran su patriotismo y luces para que se transigieran amigablemente las diferencias que existían en los Departamentos del Centro; así como para que éstos se reunieran bajo un solo gobierno, hasta llegar la época deseada de que se juntara una convención que los constituyese, dándoles magistrados y arreglando sus relaciones con las otras partes independientes de Colombia.
Se consignaron a un eterno y perpetuo olvido las disensiones pasadas, ofreciéndose mutuamente la mayor moderación respecto de las opiniones, acontecimientos y actos políticos anteriores; se declararon aseguradas las garantías individuales, los grados y ascensos militares que se hubiesen concedido por una y otra parte
Las fuerzas veteranas, mandadas respectivamente por ambos Generales, debían permanecer en su organización actual con los jefes que las dirigían; después de jurar obediencia y fidelidad al Gobierno, éste determinaría acerca de ellas lo que juzgara conveniente, lo mismo que sobre las tropas existentes en el Cauca: todas las milicias llamadas al servicio debían regresar a sus casas y a sus tareas domésticas. Se declaró abolida, hasta que la convención organizara los Departamentos del Centro, la odiosa distinción de granadinos y venezolanos, que tantos disgustos había causado, y que no debía existir entre hijos de Colombia, según lo expresaban los negociadores.
A virtud de este convenio, y separado de hecho el General Urdaneta del Poder Ejecutivo, el Consejo de Estado nombró al señor Caicedo para sucederle, y que en su persona se identificaran los partidos contendientes. El 30 de abril concluyó Urdaneta el período de su Administración revolucionaria, y el 2 de mayo tomó posesión el General Caicedo del mando de la República, prestando juramento ante el Consejo de Estado, y en los días siguientes 3 y 4 organizó de nuevo el Ministerio con personas de diferentes partidos
políticos, para llevar a efecto las estipulaciones de Apulo, y fueron autorizados estos decretos por los Ministros de Urdaneta que estuvieron funcionando hasta que tomaron posesión los nuevos nombrados.
Mientras se negociaba en Apulo y Funza, la columna de tropas que mandaba Moreno había invadido el Departamento de Boyacá. El General Justo Briceño atacó a Moreno en Cerinza, y fue derrotado el 28 de abril, pudiendo salvarse con 400 hombres hacia el sur del Departamento. El General Juan José Reyes Patria y algunos otros oficiales entre los cuales se encontró el Teniente Coronel Francisco Miranda, hijo del célebre Miranda, de Caracas, quedaron prisioneros del vencedor, y en la noche siguiente al combate el Coronel José María Gaitán hizo asesinar a Miranda, cuyo hecho atroz toleró Moreno.
Así concluyó la revolución del 9 de agosto de 1830, en 9 meses de convulsiones políticas en el Centro de Colombia. La revolución del Magdalena la mancharon con sangre innecesariamente el General Luque y el Comandante Vesga, atacando a los liberales que se habían pronunciado contra el régimen arbitrario que regía en Cartagena, y después de haberlos vencido y mu**to a unos, y perseguidos a otros, estos Jefes proclamaron la causa de los vencidos y contramarchan a atacar a Cartagena.
El General Montilla y Juan Francisco Martín celebran convenios iguales a los de Apulo, para que se restablezca el orden y pueda constituirse el país.
La reacción de Venezuela, encabezada por Monagas, terminó también al saberse la muerte del Libertador, y Venezuela continuó en una organización metódica, que fue mejorándose paulatinamente.
El Departamento del Cauca continuó unido al Ecuador, por las actas que acordaron todos los cantones de agregación al Ecuador, por sugestiones de Obando que se había declarado dictador, por acuerdo de los militares que mandaba, en una acta que celebraron el 1 de diciembre de 1830, proclamándolo con el título de dictador de la guerra, no obstante que Flores era el Presidente del Estado.
Llamado Obando por el señor Caicedo al desempeño del Ministerio de Guerra, dio un paso inconsulto, porque llevó al seno del Gobierno un hombre reaccionario y vengativo. Hizo violar los convenios de Apulo y Cartagena, y sin haber tenido parte alguna en la terminación de la revolución de Urdaneta, si no fue el efímero combate de Palmira, agitó todas las pasiones, exasperó al señor Caicedo hasta hacerlo renunciar, y que la Convención que se había reunido en Bogotá le eligiese a él Poco tiempo ejerció el Poder Ejecutivo, porque la misma Convención conoció que Obando estaba militarizando la República, y se apresuró a elegir Presidente provisorio al General Francisco de P. Santander y Vicepresidente al doctor
José Ignacio Márquez: encargó se éste del Poder Ejecutivo y se constituyó la República
de la Nueva Granada.
La Convención sancionó una ley secreta para perseguir a los que habían sostenido el Gobierno de Urdaneta y a los amigos del Libertador, cuya memoria vilipendiaban los llamados liberales de esa época, tanto en Venezuela como en Nueva Granada. Tal es el espíritu del partido cuando se exaltan las pasiones de las nulidades políticas; se complacen en denigrar a los grandes hombres, cuando una revuelta los coloca en puestos que jamás pudieron obtener sino en un desconcierto social.
Preciso es decir, sin embargo, que en la disociación de Colombia y cuando se rompió hasta el último vínculo que prometía un arreglo nacional, lo que decía un antiguo ateniense: "Desorden y torbellino los gobiernan: expulsado ha sido todo principio de orden".
Mientras esto pasaba en Nueva Granada y Venezuela, en el Ecuador y el Departamento del
Cauca, reunido a ese nuevo Estado, se honraba la memoria del Héroe, y en Bolivia y el
Perú se hizo justicia generalmente a las intenciones del Libertador, no faltando excepciones en algunos hombres que por razones especiales se complacían en mancillar la reputación de Bolívar.
Pero qué contraste el que observé en mi viaje a los Estados Unidos y Europa. Al llegar a Nueva York, el 4 de enero de 1831, muchas personas que supieron mi arribo, y que había sido el último Jefe de Estado Mayor General del Libertador, me solicitaron para
tomar noticias del estado de salud de Bolívar. Al saberse su muerte,
a fines de enero, se me pidió un artículo biográfico o necrológico que tuve el gusto de escribir, se publicó traducido al inglés en dos periódicos de Nueva York, y fue reimpreso en Londres y en Alemania.
El Presidente Jackson quiso recibirme presentado por su Ministro de Estado, Livingston, para ocuparse conmigo de investigaciones sobre la vida de Bolívar.
José Bonaparte se complació mucho al encontrarse conmigo en el Hotel de Washington Hall, en Nueva York, y estrechamos relaciones por esa circunstancia, haciendo comparaciones entre Bolívar y Napoleón; y en mi marcha a Europa me dio cartas de introducción para su familia, que existía en Italia.
Al llegar a Liverpool se supo en la aduana que entre los pasajeros estaba el último Jefe de Estado Mayor General de Bolívar, y se me mandó inmediatamente una orden para que saliese sin que fuese registrado mi equipaje. El Cónsul de Colombia, Mr. Powles, me llevó a visitar los establecimientos científicos y especiales que hay en la ciudad y me presentó al Corregidor de Liverpool, que quería conocerme y darme recomendaciones para las ciudades manufactureras de Manchester y Birmingham, para que pudiese visitar aquellos establecimientos, y ciertamente logré visitarlos en todos sus pormenores; haciendo los directores de ellos muchas preguntas sobre Bolívar, de quien se manifestaban entusiastas.
Cuando llegué a Londres, me visitó inmediatamente el Coronel
B. Wilson, y me introdujo a su padre, sir Robert Wilson, el cual caballero había sido miembro del Parlamento, General en el ejército inglés y estaba muy bien recibido por Guillermo IV. Entusiasta amigo de Bolívar, me presentó en la Corte del Rey y a algunos miembros de la Cámara de los Lores, que se complacieron en conocer al último Jefe del Estado Mayor General de Bolívar.
El Príncipe Talleyrand, Embajador de Francia en Londres, me dio un pasaporte especial con el cual entré a Francia sin que se examinase mi equipaje, y seguí en una silla de posta a París; en esta parte fui presentado a Luis Felipe, por la misma razón de haber sido Jefe del Estado Mayor de Bolívar; otro tanto me sucedió en Londres y el Palacio de las Tullerías, al entrar en relación con don Pedro I, del Brasil, y doña María de la Gloria, Reina de Portugal. El Rey de Cerdeña en Turín, el Virrey del Reino Lombardo Veto en Venecia y Gregorio XVI en Roma; igualmente me recibieron como amigo. Edecán y Jefe del Estado Mayor General de Bolívar.
Por la misma razón fui presentado a varias sociedades científicas y en todas partes oía honrar la memoria de Bolívar; no obstante que algunos escritores como Benjamín Constant, por sugestiones del General Santander y del Teniente Coronel Joaquín Acosta, publicaron imputaciones falsas contra Bolívar, las que fueron contestadas por otros escritores distinguidos, como el Abate De Prat.
Cuando regresé a Colombia todavía encontré que algunos llamados liberales insultaban la memoria de Bolívar; pero andando los tiempos, se le ha hecho justicia, y en Bogotá está colocada la estatua pedestre que presentó al Congreso de Nueva Granada el señor José Ignacio París, y por una ley mandó colocar en la plaza mayor, y me cupo la honra de ejecutarla siendo Presidente de la República
Al cabo de 12 años recordó Venezuela el deber que tenia de exhumar los restos de Bolívar para llevarlos a su país natal, y llenaron un deber sagrado, para expiar el criminal decreto de expulsión, que sancionó el Congreso revolucionario de Valencia.
La República del Perú le ha erigido una estatua ecuestre en la plaza de la Constitución; en los Estados Unidos de América, once poblaciones llevan su nombre; en Colombia, un Estado, una villa y un distrito. En Venezuela, un Estado, una ciudad, y en el Ecuador, una ciudad.
Orgullo tengo de haber pertenecido al Estado Mayor General de Bolívar, y haber podido después de 40 años de su muerte publicar estas Memorias; recordando una conversación con el Libertador tenida en 1829, cuando le pedía datos para este trabajo, me decía: "Sea usted imparcial y juzgue al hablar de mis hechos gloriosos y aun de errores políticos; el historiador, al referir los anales de un imperio y de sus héroes, pasa a la historia como Tácito, y debe ser tanto más fiel cuando tiene que referir lo que ha presenciado, como usted.
He querido que se conozca cada uno de los incidentes que contribuyeron a la disolución de Colombia y a hacer desaparecer con ellos al genio inmortal que la creo.
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