23/04/2026
Hay mujeres que leen como quien enciende una lámpara en medio de la noche.
No lo hacen por costumbre, ni por mandato, ni siquiera por ocio:
leen porque algo en ellas pide luz.
Leen en la cocina, mientras el agua hierve y el tiempo parece escaso.
Leen en los márgenes del día, en esos minutos que nadie ve.
Leen con un ojo en el mundo y otro en las palabras,
como si en esa doble mirada pudieran sostenerse.
Hubo un tiempo —y no hace tanto—
en que leer era un acto casi clandestino para ellas.
Libros escondidos entre telas,
historias susurradas,
ideas que crecían en silencio.
Pero aún así leían.
Porque leer, para muchas mujeres,
no era solo aprender:
era abrir una puerta.
Una puerta hacia otras vidas posibles.
Hacia otras formas de nombrarse.
Hacia una voz propia.
Y cuando una mujer encuentra su voz,
ya no hay regreso.
Por eso los libros han sido refugio,
pero también han sido revolución.
Han sido abrigo en los días difíciles
y también fuego en los momentos de despertar.
Las mujeres que leen no son las mismas después de un libro.
Algo cambia.
A veces es una palabra que queda resonando,
a veces es una pregunta que no se apaga,
a veces es la certeza de que hay algo más allá.
Y entonces escriben.
Aunque sea en los bordes de un cuaderno,
aunque sea en la memoria,
aunque sea en la vida misma.
Porque leer y escribir son, en el fondo,
dos maneras de existir.
Hoy, en el Día del Libro, y aniversario de Lectores Genios
celebramos las historias, sí,
pero sobre todo celebramos a quienes las sostienen,
las buscan, las comparten.
Celebramos a las mujeres que leen
aunque el mundo les diga que no hay tiempo.
A las que subrayan,
a las que releen,
a las que lloran en silencio frente a una página.
Celebramos a las que, al cerrar un libro,
abren algo dentro de sí.
Porque leer no es solo pasar los ojos por palabras.
Leer es reconocerse,
es cuestionar,
es imaginar otros destinos.
Leer es, también, un acto de amor propio.
Y tal vez por eso seguimos volviendo a los libros,
una y otra vez,
como quien vuelve a casa.
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