03/02/2026
En nuestro centro educativo se sirve un menú que, en teoría, cumple con los componentes básicos de una alimentación escolar: pastas con albóndigas de cerdo en salsa de tomate, ensalada de zanahoria y maíz, y una porción de fruta como postre. Sobre el papel, podría parecer una comida aceptable. Sin embargo, la realidad dentro del comedor cuenta otra historia.
La prueba más clara y contundente es visible para cualquiera que quiera verla: cubetas llenas de pasta terminan en el zafacón. No se trata de casos aislados ni de uno o dos estudiantes, sino de una conducta repetida y generalizada. Los estudiantes no consumen el alimento que se les sirve.
Y aquí surge una verdad incómoda pero necesaria:
un alimento que no se come, no alimenta.
Cuando los estudiantes rechazan la comida, no solo se pierde el valor nutricional que supuestamente aporta el menú, sino que también se produce un desperdicio significativo de alimentos y recursos públicos, recursos que existen precisamente para garantizar que nuestros niños y niñas puedan aprender con el estómago lleno.
Más grave aún, muchos estudiantes regresan al aula sin haber almorzado, con hambre, cansancio y baja concentración. Esto impacta directamente en su rendimiento académico, en su comportamiento y en su bienestar general. El objetivo del Programa de Alimentación Escolar no es llenar platos, sino nutrir cuerpos y mentes.
Las razones del rechazo pueden ser varias: sabor poco atractivo, textura inadecuada de la pasta, exceso de grasa del cerdo o combinaciones que no resultan agradables para niños y adolescentes.
Sea cual sea la causa, la evidencia es clara y está ahí, a la vista de todos.
Como comunidad educativa, y especialmente como padres, madres y tutores organizados, no podemos normalizar esta situación. Guardar silencio ante el desperdicio y el hambre no es una opción responsable. Señalar estas realidades no es criticar por criticar; es cumplir con nuestro deber de velar por el bienestar de los estudiantes.
Reflexionar sobre esto nos obliga a entender que mejorar la alimentación escolar no es un lujo, es una necesidad. Escuchar a los estudiantes, ajustar los menús y garantizar comidas balanceadas, apetecibles y saludables es el camino correcto.
Porque al final, la verdadera calidad de un almuerzo escolar no se mide por lo que se sirve, sino por lo que realmente se come.