26/08/2026
Legado de un ser en extinción: Roberto Morales y el arte de vivir como hermanos
Cesáreo Silvestre Peguero
El recordado Roberto Morales, querido comerciante y propietario de la Miscelánea Regina, falleció en noviembre de 2017, dejando un legado que trasciende el comercio: el ejemplo de un hombre que hizo de la honestidad, la lealtad a sus principios y el servicio a los demás una manera de vivir.
Han transcurrido casi nueve años desde su partida, pero su ausencia todavía se siente entre quienes conocieron su manera particular de hacer comercio, de relacionarse con la gente y de servir a su comunidad. El tiempo ha pasado, pero no ha logrado llenar el vacío dejado por aquel hombre que convirtió una miscelánea en mucho más que un negocio: en un espacio donde también tenían cabida la solidaridad, la alegría y el encuentro con los demás.
En tiempos en que determinadas prácticas comerciales parecen estar cada vez más marcadas por el afán desmedido de lucro, el oportunismo y la búsqueda constante de mayores ganancias, recordar a Roberto Morales obliga a detenernos y preguntarnos: ¿para qué sirve la riqueza cuando se pierde la humanidad?
Roberto nunca entendió el comercio únicamente como una forma de acumular dinero. Su establecimiento, la Miscelánea Regina, se convirtió en una referencia comercial y comunitaria de San Pedro de Macorís. El nombre del negocio no era casual: rendía homenaje a su distinguida esposa, Regina, convirtiendo aquel espacio comercial también en una expresión de afecto y reconocimiento hacia la mujer que formaba parte de su vida.
La Miscelánea Regina, conocida por su peculiar manera de hacer publicidad y por su recordado lema comercial, fue mucho más que un establecimiento donde se compraban productos. Durante años fue un punto de encuentro para numerosas familias petromacorisanas y un lugar donde Roberto encontró la manera de unir comercio, creatividad y servicio a la comunidad.
En fechas como el Día de Reyes, desde tempranas horas acudían padres en busca de juguetes y otros artículos a precios que pudieran acomodarse a sus posibilidades. En Navidad, mientras otros comerciantes concentraban sus esfuerzos exclusivamente en vender, Roberto recorría diferentes barrios en su guagua anunciadora llevando panes, té, chocolate y pequeños obsequios, acompañados de mensajes de aliento y esperanza.
Aquellas acciones revelaban una concepción distinta del comercio. Roberto entendía que detrás de cada cliente había una persona, una familia y una historia.
De él aprendí una enseñanza que todavía conservo: el más rico no es necesariamente el que más dinero tiene, sino el que menos necesita para sentirse satisfecho y, sobre todo, el que tiene la capacidad de compartir lo que posee.
Roberto fue un hombre carismático y practicó la filantropía de manera espontánea. Se desplazaba por distintos barrios de San Pedro de Macorís en su conocida guagua anunciadora, llevando consigo concursos y pequeños obsequios con los que alegraba a niños, adultos y envejecientes.
Aquellos detalles podían parecer sencillos, pero detrás de cada uno había algo mucho más grande: el reconocimiento de que las personas importaban.
También fue un innovador en la manera de promover su negocio. En una época en la que la publicidad comercial no contaba con las herramientas actuales, Roberto convirtió las calles, la voz, la creatividad y el contacto directo con la comunidad en parte de su estrategia. Su peculiar forma de anunciar la Miscelánea Regina terminó formando parte de la identidad comercial de la ciudad.
Entre los productos que quedaron asociados a la memoria de la Miscelánea Regina estuvo su famoso pudín. Era buscado por familias humildes y sencillas para cumpleaños, bautizos, bodas y otras celebraciones. Su calidad hizo que aquel producto trascendiera el simple propósito de vender y terminara formando parte de los recuerdos de varias generaciones de petromacorisanos.
Su generosidad tampoco conocía fronteras religiosas. Aunque fue un ferviente católico, nunca hizo de sus convicciones una barrera para relacionarse con quienes profesaban otras denominaciones. Para él, las diferencias de raza, s**o o doctrina religiosa no anulaban la condición esencial de ser humanos y, por tanto, hermanos.
Hoy, cuando en algunos espacios comerciales pareciera que el cliente vale únicamente por lo que puede comprar, recuperar la memoria de hombres como Roberto Morales resulta necesario. No se trata de rechazar el legítimo derecho de un comerciante a obtener beneficios por su trabajo, sino de recordar que la rentabilidad no debería estar reñida con la honestidad, la solidaridad y el respeto por las personas.
Roberto demostró que era posible vender, servir y prosperar sin convertir al prójimo exclusivamente en una oportunidad de negocio. En una época en la que el materialismo puede llevar a confundir el éxito con la acumulación y el poder económico con el verdadero valor de una persona, su vida nos coloca frente a otra definición de riqueza.
Qué digno es recordar a seres tan especiales y diferentes, figuras de nobleza que parecen estar en peligro de extinción.
La huella de Roberto Morales no quedó solamente en las paredes de una miscelánea ni en los productos que vendió. Quedó en los niños que recibieron un regalo, en los padres que encontraron opciones para llevar alegría a sus hijos, en las familias que confiaron en la calidad de sus productos, en los adultos que encontraron una mano amiga y en los envejecientes que sintieron su solidaridad.
Quedó, además, en una ciudad que durante años escuchó su voz anunciando la Miscelánea Regina y que convirtió aquellas promociones, concursos, regalos y actividades comunitarias en parte de sus recuerdos.
Martin Luther King expresó una verdad que encaja profundamente con este legado: «Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos».
Aquella reflexión sigue teniendo vigencia. Hemos avanzado en tecnología, comercio y capacidad económica, pero todavía tenemos pendiente aprender a convivir con mayor solidaridad.
Por eso, recordar a Roberto Morales no es solamente mirar hacia el pasado. Es plantearnos una pregunta para el presente: ¿qué clase de comerciantes, de ciudadanos y de seres humanos queremos ser?
Quizás su mayor legado no fue lo que vendió, sino lo que enseñó sin necesidad de pronunciar grandes discursos: que se puede tener poco y ser rico; que se puede comerciar sin perder la honradez; que se puede tener una religión y respetar al que piensa diferente; y que la verdadera grandeza de un ser humano se mide, muchas veces, por la capacidad que tiene de hacer el bien cuando nadie está obligado a reconocérselo.
Y precisamente por eso vale la pena contar nuevamente su historia. Cuando una sociedad comienza a considerar normales comportamientos que antes eran cuestionados, recuperar la memoria de quienes vivieron conforme a otros valores no es simplemente un ejercicio de nostalgia: es una manera de recordar que la decencia, la solidaridad y la honradez también pueden ser una forma de prosperar.
Roberto Morales fue, en ese sentido, un hombre cuya riqueza no terminó con su muerte. Permanece en la memoria de quienes conocieron su manera de vivir.
A casi nueve años de su partida, el vacío continúa. Se extraña su presencia, su voz, su particular manera de promover la Miscelánea Regina y, sobre todo, aquella disposición de acercarse a la gente sin preguntar cuánto podía gastar. Se extraña al comerciante que entendió que el éxito podía medirse también por la cantidad de personas a las que era capaz de hacer felices.
Su muerte dejó un vacío difícil de llenar, porque hombres con aquella visión, sensibilidad y forma de entender al prójimo no aparecen todos los días. Son seres que parecen estar en extinción y cuyo valor aumenta con el paso del tiempo, precisamente porque su ejemplo comienza a hacer más falta cuando ya no están.
Por eso, recordar a Roberto Morales no es solamente hablar de un comerciante del pasado. Es rescatar una conducta que todavía puede servir de referencia para el presente: trabajar con honestidad, prosperar sin atropellar, compartir sin esperar recompensa y entender que detrás de cada operación comercial hay un ser humano.
Quizás ahí se encuentre la verdadera dimensión de su legado: no en cuánto pudo acumular, sino en cuánto de sí mismo fue capaz de entregar a los demás.
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