13/08/2026
Palabras de inauguración de la exposición fotográfica “Aurora de futuro”, de Alex Castro (Universidad de La Habana, 12 de agosto de 2026), pronunciadas por el Dr. C. José Antonio Baujín.
Todo líder auténtico va acompañado de una iconografía que, representándolo, lo construye a su vez. Es consecuencia, pero maduras y asentadas las imágenes, estas lo comienzan a preceder socialmente. Eso sucede con Fidel, pero aquí vuelve a mostrar su singularidad, su excepcional manera de ser y estar, su forma de resistir encasillamientos, simplificaciones, unanimismos. Fidel es uno y múltiple.
Las fotos canonizadas lo muestran como joven de mirada sagaz y seductora, de gesto convocante y retador en la etapa estudiantil universitaria; es igual el acusado acusador del 53; es el insurrecto barbudo de la Sierra, vencedor en su entrada final a la capital, teniendo una paloma blanca en el hombro como corona de laurel; es el orador consagrado, el hombre de poder, el escucha y maestro de la gente, el pensador, el deportista, el amigo entrañable, el sujeto sensible ante el conocimiento salvífico y ante el arte supremo que nos revela culturalmente, sea académico o eminentemente popular… todo él, epítome de vitalidad, de sacralidad desacralizadora.
Mas el ciclo vital del líder suele cumplir la ley natural: surgimiento, auge y decadencia. Pero Fidel desafió tal ley. Sobreviviente de incontables intentos de derrocarlo y eliminarlo, llegó el momento en que la vida imponía la etapa conclusiva. Desobediente ante la norma anuladora, ancianidad y enfermedad tampoco consiguieron la caída, ni del liderazgo que lo consagró como una de las figuras más importantes de la Historia Contemporánea ni del hombre que permanentemente se renueva y mantiene la fuerza juvenil para la reinvención necesaria. Lección de vida que captura el lente de Alex Castro.
En su última etapa física, Fidel sigue extraordinariamente vital. No hay ocaso posible; todo en él supone “Aurora de futuro”, título de la exposición de veinte fotografías con las que Alex Castro hace florecer nuevamente la iconografía del líder.
Ajenas a pedestales con figura marmórea, distantes del halo divino, las imágenes humanizan al sujeto, quizás desde una perspectiva más íntima y, si eso es posible hablando de Fidel, aún más cercana y honesta. El uniforme verdeolivo, que aún puede apreciarse, termina cambiándose por prendas informales. Las señales físicas del adulto mayor no desbancan la gestualidad identificativa de su personalidad recia y jovial.
Fidel con los estudiantes, con científicos, con la intelectualidad artística; Fidel con los amigos y compañeros de viejas y nuevas batallas; Fidel feliz con Chávez, cómplice con Raúl, Fidel martiano cabal; Fidel en su Aula Magna presentando La contraofensiva estratégica…
Pero los protagonistas de estas fotos son las manos y los ojos de Fidel; ellos elaboran el discurso más enriquecedor. Ora el oidor, ora el pensador, ora el escucha, ora el retador, ora el hacedor, ora el ser juguetón de mirada pícara. Fidel nunca ve, Fidel mira, devora el mundo con la profundidad de su mirada. Las manos increpan, traducen, apoyan, convocan, alardean del oficio de la danza.
La reiteración del primer plano del rostro de Fidel alcanza clímax en la única foto en que es tomado desde la espalda porque los rostros del pueblo convocado se hacen ellos mismos Fidel. La “Aurora de futuro” se revela en su sentido cabal. Como en la canción agradecida, delante de la caravana que integramos todos, listos para la carga, Fidel, el caballo espera por ti.
✍️José Antonio Baujin