18/02/2026
Mi día de hoy
Salgo de casa con mi esposo para ir a un tratamiento al hospital sobre las 9 a. m. que más o menos comienza a las 12. Vivo a 7 paradas del mismo. Esperamos pues los autos particulares que alquilan van por una ruta que no me sirve. En esta crisis generalizada de todo el transporte público este es casi inexistente.
En mi parada hay una chica que le pagan para detener a transportistas estatales y que monten a la gente que espera. No son muchos, a veces son pequeñas guaguas que llevan más personas, a veces autos. Creo que somos muy beneficiados en este barrio. La chica es alegre, conoce a todos los choferes, saluda a las personas, hace ese trabajo a conciencia con tremenda energía y deseos de ayudar, la gente conversa, le cuentan sus problemas y en sus reducidas posibilidades trata de solucionar lo que puede.
Por fin a las 10 y media montamos en un auto que nos deja a 10 cuadras del lugar, por suerte hay un tiempo fresco aunque la caminata es loma arriba.
Al regreso 15 cuadras caminando, menos mal que bajo árboles frondosos, sentandonos a descansar en parques a veces.
Llegamos a una parada céntrica, donde las guaguas casi se vacían a la 1, a la 1 y media pasó una guagua llena y no paró, solo estábamos 3 personas, la gente camina y no espera.
Los otros dijeron que ese chofer siempre hacía lo mismo a esa hora y que en mucho tiempo no pasaría ninguna más. Insultos, malas palabras, incomodidad de algunos que habían llegado, desesperación.
Decidimos parar un auto particular, un almendrón, eran pocos y pasaban llenos, del precio ni hablo, lo suben cada día por oferta y demanda, no hay oferta y la demanda es mucha.
A las 2 y media nos paró un auto ni me fijé que era un chofer estatal y nos dijo que si.
Llegamos rápidamente, es cerca, preguntamos el precio y nos dijo que era gratis.
Resumen del día:
No voy a hablar de todo lo malo, no me lo puedo permitir por mi salud mental.
Hoy tuvimos la dicha de que en esta gran crisis de valores que nos ha traído la otra, la terrible, encontramos a dos personas maravillosas, no todo está perdido aún.
Relato: Dulce María Domínguez Díaz.
Foto: De la red.