10/09/2025
Hoy, es un día importante para reflexionar.
La celebración del “Día del Niño” suele reducirse a un ritual superficial de fotos, celebraciones y mensajes edulcorados que ocultan una profunda contradicción: vivimos en una sociedad adultocéntrica que, mientras idealiza a los niños y las niñas, sistemáticamente ignora su voz y sus derechos.
El verdadero valor de la infancia no reside en su potencial de ser “futuros adultos”, sino en su condición de sujetos plenos del presente. Es una cultura autónoma, con sus propios códigos, un lenguaje lúdico y una mirada crítica que suele desnudar las absurdas complicaciones del mundo adulto.
Este día debería servir como un espejo incómodo que refleje nuestras falencias:
Celebramos su día, pero les negamos participación activa. Las decisiones políticas, urbanísticas, educativas y familiares que les afectan se toman sin su consulta, confinándoles a un entorno de juguetes y paternalismo.
La creencia de que los adultos son el modelo de ser humano “completo” justifica tratar la infancia como una etapa de carencia. Esto fomenta la imposición, la condescendencia y la falta de respeto hacia su autonomía, emociones y procesos.
El trato que damos a los niños es el reflejo más fiel de nuestra salud social. La pobreza, la violencia, el abuso o la ansiedad infantil no son anomalías, sino síntomas de un sistema que falla estructuralmente.
Honrar la infancia no es comprarles un regalo por su día; es derribar los muros que les impiden ser ciudadanos de pleno derecho hoy. Implica escuchar de verdad, ceder espacio decisorio, respetar su tiempo de juego y desaprender nuestro adultocentrismo para aprender de su curiosidad, honestidad y capacidad de asombro.
Una sociedad que silencia a sus niños y niñas está, literalmente, amputando su futuro y negando su presente.