06/10/2022
Deyanira Semadeni Rossette
“Buenos días profesor Jiménez”, era el coro con el que iniciaba el día de clases; inmediatamente después el profesor Jiménez indicaba al alumnado que podía sentarse. Ponerse de pie y saludar al docente era una muestra de respeto, pero sobre todo la manifestación de la estima socio-comunitaria por la figura del profesor. Socialmente las y los maestros eran icono y andamiaje de virtud… Sin embargo, la percepción del rol ha cambiado drásticamente.
En últimos años el docente ha sido centro de críticas y severos juicios, lo cual ha menguado el reconocimiento que las familias solían darle a su aportación y diario quehacer. Dentro de la cultura de la posmodernidad, las figuras de autoridad en general han perdido valor e influencia en la sociedad, especialmente en las generaciones jóvenes.
No pretendo abundar en las peculiaridades de la sociedad posmoderna ni en el tipo de educación que ésta requiere; me interesan los retos personales a los que se enfrenta el profesional de la educación y las posibles acciones que puede poner en práctica. Sobre todo, conviene reflexionar sobre la construcción emocional del rol docente.
Entre los desafíos que enfrentan las y los maestros en el actual marco contextual educativo están: a) masificación en los centros escolares; b) disgregación de los núcleos familiares; c) pérdida del prestigio de la figura docente ante padres de familia y dentro del Sistema Educativo Nacional (SEN); d) exigencias pedagógicas del siglo XXI con recursos del XX; e) falta de conocimientos pedagógicos y sobre desarrollo humano enfocados a proveerles recursos para su trabajo dentro del aula; f) crisis social; y g) inestabilidad e incertidumbre respecto del modelo educativo.
Estos retos, sin la apropiada canalización y manejo emocional, se convierten a menudo en crisis profesional. Ésta no es algo que se active y desactive dentro del centro escolar: la identidad que se construye como individuo está fuertemente influenciada por la profesional: para qué soy bueno, cuáles son mis talentos, a qué actividades dedico la mayor parte de mi tiempo, cuánta satisfacción encuentro en ellas, cómo trasciendo a través de su práctica… Estas cuestiones son constructos fundamentales del autoconcepto y la autoestima necesarios para desempeñarse tanto en el entorno social como en el emocional.
Un claro ejemplo de la crisis aludida es el conocido Burnout —síndrome de desgaste profesional— docente, que se reporta en 90% de las y los maestros que sufren agotamiento y genera ansiedad, depresión, apatía ante la labor magisterial, entre otros síntomas.
¿Qué hacer ante tal situación? No podemos cambiar el modelo educativo, restructurar los núcleos familiares, intervenir en la crisis social que vive nuestro país ni modificar el entorno de los estudiantes. Lo que sí está en nuestras manos es replantear la imagen social del docente que se ha interiorizado en todos los que nos dedicamos a esta profesión.
Describiré el constructo social sobre el rol del magisterio, útil en su momento, pero ya anacrónico ante los cambios sociales. Antes de ello, es oportuna la siguiente aclaración:
La noción de cómo debe ser, lucir y comportarse un ser humano y sus significados son constructos sociales y culturales que están marcados o contextualizados por una identidad colectiva, según el momento en el tiempo. La teoría del construccionismo social plantea que las múltiples construcciones de la realidad son producidas por el intercambio social y están determinadas histórica y culturalmente (Gergen, 2007: 214).
Inicié esta nota recordando que en cierto momento histórico y social el docente era una de las máximas autoridades, no sólo dentro del centro escolar sino en la comunidad, y que detrás del imaginario colectivo de la autoridad de maestras y maestros hay significados que construyen su identidad y, por lo tanto, tienen una carga emocional.