30/08/2026
Quiero hablar de esto desde un lugar muy personal.
Desde que fui diagnosticada con cáncer de mama, he recibido muchísimos mensajes de personas que, con la mejor intención del mundo, han querido ayudarme.
Me han recomendado de todo: suplementos, productos naturales, dietas, ayunos, terapias alternativas, tratamientos “naturales”, aparatos de frecuencias y distintas supuestas curas para el cáncer.
Sé que muchas de esas personas lo hacen desde el cariño. Algunas realmente creen que están compartiendo conmigo algo que puede ayudarme.
Pero hay algo que me preocupa profundamente: la enorme fuerza que está tomando en las redes sociales la idea de que el cáncer puede curarse mediante tratamientos alternativos y que, incluso, los tratamientos de la oncología pueden ser innecesarios o perjudiciales.
En mi caso, también me han hablado de la llamada Medicina Germánica, y de la idea de que detrás del cáncer existe un trauma determinado que, al ser identificado, permite comprender el “estrés” del cuerpo y superar la enfermedad.
Aquí quiero detenerme.
Como psicóloga, me preocupa especialmente cuando conceptos psicológicos reales —trauma, estrés, emociones, duelo, ansiedad— se convierten en explicaciones universales para enfermedades complejas.
El estrés existe. El trauma existe. Las emociones influyen en nuestra salud y nuestro bienestar.
Pero de ahí a afirmar que descubrir un trauma específico permite explicar por qué una persona desarrolló cáncer y que resolverlo hará desaparecer el tumor, hay un salto enorme que necesita evidencia científica.
No podemos convertir una enfermedad compleja en una historia sencilla simplemente porque esa historia resulte emocionalmente convincente.
Y esto no significa negar la importancia de la psicología.
Todo lo contrario.
Creo profundamente que la psicología, la medicina y otras intervenciones complementarias pueden acompañar a una persona durante un proceso de cáncer.
Pueden ayudar a afrontar el miedo, la ansiedad, los cambios corporales, la sexualidad, las relaciones, el duelo, la incertidumbre, el dolor emocional y tantos otros aspectos que forman parte de vivir con una enfermedad como esta.
Pero para mí hay una diferencia fundamental:
acompañar no es sustituir.
Y aun el acompañamiento debe estar mediado por una formación seria, responsable, comprometida y actualizada.
Porque también en psicología podemos reproducir mitos.
Y algunas de estas creencias tienen décadas —incluso mucho más tiempo— repitiéndose una y otra vez, hasta que terminamos confundiéndolas con conocimiento.
La ciencia, en cambio, tiene algo maravilloso:
puede cambiar.
La oncología de hoy no es la misma oncología de hace veinte, diez o incluso cinco años.
La quimioterapia ha evolucionado.
La radioterapia ha evolucionado.
La cirugía ha evolucionado.
Los tratamientos hormonales han evolucionado.
La inmunoterapia y las terapias dirigidas han transformado el tratamiento de determinados cánceres.
La medicina no es estática.
Se cuestiona, investiga, corrige, compara resultados y cambia cuando aparece evidencia mejor.
Eso también deberíamos exigirle a cualquier persona que pretenda acompañar a alguien con cáncer.
No basta con tener buenas intenciones.
No basta con contar una historia personal.
No basta con decir “a mí me funcionó”.
Y mucho menos debería bastar con prometer una cura.
Desde mi propia experiencia, yo decidí poner mi tratamiento en manos de la oncología y seguir las recomendaciones de mi equipo médico.
He pasado por quimioterapia, cirugías, tratamientos, radioterapia y actualmente estoy terminando mi tratamiento de bloqueo hormonal, fisioterapia, rehabilitación, nutrición por el sistema de salud pública. Adicionalmente he tenido que incluir dermatología, nutrición y otras especialidades médicas privadas. He tenido que hacer cambios para bien. Todavía tengo un procedimiento pendiente y, aunque a veces quisiera que todo esto ya hubiera terminado con los efectos secundarios, mi decisión es llevar el tratamiento hasta el final, tal como me fue indicado.
Hoy mi cuerpo está libre de tumores.
Y agradezco profundamente estar aquí, viva y los efectos secundarios son prueba de seguir viva.
También he conocido personas que tomaron decisiones diferentes y lo respeto fueron fieles a su forma de ver la vida. Personas que no quisieron recibir determinados tratamientos, o que los abandonaron para intentar otras alternativas.
No puedo afirmar que hayan mu**to por haber tomado esa decisión. El cáncer no es una enfermedad sencilla y cada persona tiene un diagnóstico, una etapa, una biología, una edad y unas circunstancias muy diferentes.
Pero tampoco puedo ignorar lo que he visto y veo a diario como verdad absoluta y poniendo a la medicina que me curó como enemiga y homicida.
Por eso me preocupa que en redes sociales se estén multiplicando mensajes que presentan como hechos científicos cosas que no lo son.
“Esto cura el cáncer.”
“Los médicos no quieren que sepas esto.”
“La quimioterapia mata más de lo que cura.”
“Con esta dieta el tumor desaparece.”
“Este suplemento elimina las células cancerosas.”
“Tu cáncer viene de un trauma que todavía no has sanado.”
“Deja el tratamiento y trabaja el estrés de tu cuerpo.”
Cuando una persona tiene cáncer, escuchar estas afirmaciones puede ser peligrosísimo.
Y además existe otra realidad de la que casi nunca se habla:
muchas de esas alternativas cuestan muchísimo dinero.
Miles, cientos de miles o incluso millones de colones pueden terminar gastándose en suplementos, consultas, productos, tratamientos, viajes y terapias que se presentan como “la solución” y que no tienen evidencia suficiente para afirmar que curan un cáncer.
Mientras tanto, la persona puede estar retrasando o abandonando un tratamiento que sí tiene evidencia detrás.
Un estudio publicado en JAMA Oncology analizó pacientes con cánceres potencialmente curables y encontró que quienes utilizaban medicina complementaria eran mucho más propensos a rechazar tratamientos convencionales como cirugía, quimioterapia, radioterapia u hormonoterapia. Inicialmente presentaban una supervivencia menor; sin embargo, cuando los investigadores tuvieron en cuenta el rechazo de los tratamientos convencionales, esa asociación con la mortalidad dejó de ser estadísticamente significativa.
Para mí, ese estudio deja una reflexión muy importante:
el problema no necesariamente es complementar. El problema puede estar en sustituir un tratamiento eficaz por una terapia sin evidencia suficiente.
Yo no quiero decirle a nadie qué decisión debe tomar sobre su cuerpo.
Cada persona tiene derecho a decidir sobre su tratamiento, a hacer preguntas, a pedir explicaciones y a buscar una segunda opinión.
Pero sí quiero pedir algo:
No tomen decisiones sobre su cáncer basándose únicamente en lo que alguien publica en Facebook, TikTok, Instagram o YouTube.
Pregunten a su oncólogo.
Pregunten qué evidencia existe.
Pregunten cuáles son los beneficios y los riesgos.
Pregunten si un suplemento puede interferir con su tratamiento.
Y si alguien les promete una “cura milagrosa”, especialmente si esa persona les recomienda abandonar el tratamiento médico, desconfíen.
Yo elegí mi camino.
No sé si mi historia habría sido diferente tomando otro camino, porque nadie puede vivir dos veces el mismo diagnóstico para hacer esa comparación.
Lo que sí sé es que estoy aquí, sin evidencia de enfermedad, terminando mi tratamiento y profundamente agradecida por haber tenido acceso a la medicina y por haber confiado en mi equipo de oncología.
Por eso, desde mi experiencia profesional y personal, quiero defender algo que considero fundamental:
La esperanza necesita acompañamiento.
El miedo necesita acompañamiento.
El trauma necesita acompañamiento.
El cáncer necesita acompañamiento.
Pero ese acompañamiento debe ser responsable, ético y basado en conocimiento actualizado.
Acompañar no es sustituir.
Y frente a tantas promesas que circulan hoy en las redes sociales, me quedo con algo mucho más sencillo:
No confundamos esperanza con evidencia.
Porque cuando está en juego la vida de una persona, tener buenas intenciones no es suficiente.
Necesitamos conocimiento.
Necesitamos responsabilidad.
Necesitamos ciencia.
Y necesitamos profesionales que sepan reconocer la diferencia.
“No confundamos una explicación convincente con una explicación científicamente demostrada.”