10/05/2026
El dinero que da vida a las cosas y se las quita a las personas
Un antropólogo pasó años en Colombia y Bolivia escuchando historias sobre pactos con el diablo. Lo que descubrió fue una forma inesperada de entender nuestra propia economía.
Por Redacción Nota Antropológica
Es probable que en algún momento hayas dicho que el dinero no te alcanza. Entonces también es probable también que hayas repetido, casi sin pensar, frases como “el mercado anda por los suelos” o “mi dinero está trabajando para mí”. Son expresiones que decimos a diario, sin detenernos a considerar lo extraño que resulta atribuir emociones humanas o capacidad de esfuerzo a cifras abstractas, a billetes, a números en una gráfica.
Michael Taussig, un antropólogo de la Universidad de Nueva York, a principios de la década de 1970 estuvo viviendo en el sur del Valle del Cauca colombiano, entre plantaciones de caña de azúcar que sustituirian las pequeñas parcelas de campesinos descendientes de esclavos. Ahí escuchó por primera vez una historia que le dio un giro a su manera de ver el mundo. Las cocineras de los campos de caña le hablaron de un pacto con el diablo.
Según le contaron, algunos hombres que trabajaban cortando caña hacían un trato secreto con el mal para aumentar su producción y ganar más dinero. El procedimiento era un secreto a voces, un muñeco, una oración, un gato. Pero no todo quedaba en el ritual en sí, sino en lo que ocurría después. Porque ese dinero extra, le dijeron, no servía para nada bueno.
Quien hacía el pacto solo podía gastarlo en lujos como mantequilla, lentes de sol, licor, una camisa elegante, porque si intentaba comprar tierra, la tierra se volvía estéril. Si compraba un cerdo para engordarlo, el animal quedaba en los huesos. La caña cortada bajo ese influjo no volvía a crecer y la persona, invariablemente hombre, moría poco después de forma dolorosa. La palabra que usaban era “secar”. Secarse, algo así como si fuera un árbol sin agua.
El antropólogo comenzó a observar en otras regiones y encontró que este fenómeno no era exclusivo de Colombia. En las minas de estaño de Bolivia, los campesinos indígenas que se convertían en mineros asalariados realizaban rituales al Tío, una figura diabólica que consideraban el verdadero dueño de los minerales. Le ofrecían coca, alcohol y sacrificios de llamas para mantener la producción y evitar accidentes. Ahí, igual que en el Valle del Cauca, el diablo aparecía exclusivamente cuando se ingresaba al trabajo asalariado, nunca en la economía campesina tradicional.
Todo lo mencionado Taussig lo advierte algo en su libro El diablo y el fetichismo de la mercancía en Sudamérica. Los campesinos que cultivaban sus propias parcelas, por pobres que fueran, no hacían pactos diabólicos. Tampoco lo hacían las mujeres que trabajaban en las plantaciones. Ni los vendedores del mercado. El diablo solo se hacía presente en el trabajo proletario, cuando la persona vendía su fuerza a cambio de un salario.
¿Por qué sucedía esto? Porque en la visión campesina del mundo, explica el antropólogo, el trabajo está unido a quien lo realiza. Quien cultiva la tierra es parte de ella, y lo que produce está vivo de una manera orgánica, intrínsecamente ligados. Los árboles de cacao, café y plátano que los campesinos siembran siempre crecían juntos, protegidos por un árbol gigante de flores rojas que les da sombra. Las hojas caídas abonan el suelo. El agua se absorbe en las raíces. No se necesita fertilizante ni herbicida. Es un sistema cíclico, autorrenovado, donde las personas incluso llegan a prestarse trabajo, herramientas y comida, y donde la tierra no se compra ni se vende porque, como decían los mayores, “Dios dio la tierra en común a toda la gente”.
Esa forma de entender el mundo chocaba frontalmente con lo que ocurría dentro de las plantaciones. Taussig usa un término que aprendió de Karl Marx para describir ese choque: fetichismo de la mercancía. Suena complejo, pero la idea es bastante simple de interpretar. Ocurre cuando empezamos a tratar las relaciones entre personas como si fueran relaciones entre cosas, y al mismo tiempo, empezamos a tratar las cosas como si tuvieran vida propia.
Piense en las frases que tu mismo usas como el dólar “se desplomó”. El mercado “está subiendo”. El dinero “trabaja”. Son formas de hablar que atribuyen a conceptos abstractos las cualidades que antes solo reconocíamos en los seres vivos. Mientras tanto, el trabajador se convierte en un número, en tiempo de trabajo, en una abstracción más. Perdió el control sobre lo que produce. Su energía vital se transformó en una mercancía que vende cada día.
Lo que Taussig encontró en aquellos campesinos colombianos y mineros bolivianos, sin embargo, no era resignación. Era una crítica expresada en el lenguaje del mito y la magia. Al calificar el sistema capitalista como obra del diablo, esas comunidades estaban diciendo que un orden donde las cosas mandan sobre las personas no es natural, cosa que nosotros ya ni nos cuestionamos. Es una construcción humana, histórica, y por lo tanto puede ser interpelada.
El antropólogo cuenta, además, que los grandes dueños de las plantaciones ya no creen en brujerías. Son inmunes a esa magia. Han adoptado otro tipo de fe, una que considera la economía como una ciencia exacta, neutral, regida por leyes tan inevitables como la gravedad. Esa es, para Taussig, la verdadera superstición de nuestro tiempo: pensar que el mercado es un fenómeno de la naturaleza y no una creación social.
Han pasado más de cincuenta años desde que Taussig escuchó por primera vez las historias del pacto diabólico en las cocinas de los campos de caña. En el epílogo de su libro, escrito en 2009, cuenta que el diablo ha desaparecido en gran medida del folclore de la región. Las parcelas campesinas han sido arrasadas por la agroindustria del azúcar convertida en biocombustible. Los pueblos han quedado envueltos en neblina química. La resistencia fue aplastada. Pero él cree que la memoria de aquellos valores sigue viva, alimentando movimientos ecológicos y quizá nuevas formas de pensar la relación con la tierra.
Si llegaste hasta aquí cuéntame en los comentarios ¿qué otras historias has escuchado en tu comunidad que tengan que ver con el crecimiento exponencial del dinero atribuido mediante formas mágicas o sobrenaturales? Quizás los campesinos que le contaron a Taussig sobre el pacto con el diablo estaban haciendo, sin saberlo, una pregunta que a todos nos convendría recuperar.
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Fuente:
Taussig, M. (2021). El diablo y el fetichismo de la mercancía en Sudamérica. Traficantes de Sueños.