25/07/2026
¿Recuerdas la primera vez que alguien comentó tu cuerpo en una reunión familiar?
Probablemente no lo recuerdas como un momento traumático. Fue solo un comentario, dicho con cariño, entre risas, mientras te servían comida. Pero tu cuerpo sí lo recuerda. Ahí empezó algo.
Las reuniones familiares son, muchas veces, el primer lugar donde un niño escucha comentarios sobre su propio cuerpo — y sin darse cuenta, aprende a mirarse de la misma forma. Se lo enseñamos nosotros, los adultos que más lo queremos, sin ninguna mala intención.
Por eso duele tanto cuando lo entendemos de grandes: no fue un extraño quien nos enseñó a mirarnos con esa voz crítica. Fue el amor mal dirigido de nuestra propia familia.
Cada “qué gordito”, cada “qué flaquita”, cada silencio incómodo frente al espejo de alguien más, se convierte —sin que nadie lo quiera— en la forma en que ese niño va a hablarse a sí mismo el resto de su vida.
No hablamos del cuerpo de los niños. No porque seamos perfectos, sino porque ya sabemos lo que se siente cargar con esas palabras.