27/01/2025
Los tres gr**gos.
Cuento de tradición popular. Arreglos y edición: Profe Oscar Cuentacuentos.
Hace algún tiempo llegaron tres gr**gos a un pueblito de nuestras tierras, pues querían aprender palabras en español y conocer nuestras costumbres.
Los tres gr**gos se dispusieron a caminar por la plaza y por el mercado, para escuchar a la gente conversar y aprender palabras en español.
Todos los domingos caminaban juntos los tres; andaban por aquí y andaban por allá, y llegaban donde estaba el señor que vendía verduras, donde el que vendía chayotes, donde el que vendía elotes, y también pasaban por donde había una muchacha muy bonita que vendía leche, queso, huevos, natilla y leche agria, de lo más sabroso.
Como siempre andaban juntos los tres, porque no conocían nada ni hablaban nada en español, no faltaron aquellas señoras chismosas del pueblo que empezaron a comentar entre ellas:
‒ ¿Vio, doña Marta, que ahí andan los tres gr**gos? ‒
‒ Sí, siempre andan juntos los tres. ‒decía una.
‒ Es que creo que quieren aprender palabras en español. ‒decía otra.
‒ Siempre andan juntos los tres, ojalá que no se pierdan porque son muy buenos y se ve que son muy simpáticos los tres. ‒
Tanto escucharon los tres gr**gos estas palabras: los tres, los tres, los tres, que las aprendieron inmediatamente y las empezaron a repetir:
‒ Lous tress, lous tress, lous tress. ‒
Los tres gr**gos estaban supercontentos y no cabían en sí de la felicidad, porque ya sabían las primeras palabras en español.
Entonces, todos los domingos continuaban su recorrido por la plaza y por el mercado tratando de aprender más y más palabras y no dejando de ver a aquella muchacha tan bonita que vendía leche, huevos, queso, natilla y leche agria.
Estaban anonadados viendo la belleza de aquella muchacha, cuando en una esquina, donde estaba el señor de los elotes, se armó un burumbún.
Y se fueron corriendo con todos los demás para ver qué era lo que había pasado.
Pues, resulta que un chiquillo se había robado un elote porque tenía hambre y el único policía del pueblo estaba ahí que se lo quería llevar preso.
Y doña Gertrudis decía:
‒ ¿Vio, doña Marta, que se quieren llevar preso al hijo de don Jacinto? ‒
‒ ¿Por qué? ‒
‒ Por un elote. ‒
‒ ¿Por un elote? Seguro tenía hambre, pero ¿cómo se lo van a llevar preso por un elote? ‒
‒ Pues, así como lo escucha, por un elote. ‒
Tanto escucharon los gr**gos decir: por un elote, por un elote, por un elote, que, al mejor estilo gr**go empezaron a repetir estas palabras:
‒ Porr un eloute, porr un eloute, porr un eloute. ‒
Estaban contentísimos al saber tantas palabras en español.
Todos los domingos seguían su recorrido por la plaza y el mercado, aprendiendo palabras en español, y aprendiendo las costumbres locales.
Estaban viendo a la muchacha, como siempre, tan linda, quien vendía en una esquina de la plaza.
Y veían cómo la muchacha atendía a la gente con gran simpatía y alegría.
Y una señora le decía:
‒ Mamita ¿me regala un kilo de huevos, por favor? ‒
Y ella les contestaba:
‒ Sí, con mucho gusto. ‒
Y otra le preguntaba:
‒ ¿Me regala dos bolsas de natilla? ‒
‒ Con mucho gusto. ‒
Y otra señora le decía:
‒ ¿Me guardó el litro de leche agria que le encargué? ‒
‒ Sí, claro. Con mucho gusto. ‒
Y tanto escucharon los gr**gos decir las mismas palabras: con mucho gusto, con mucho gusto, con mucho gusto que, contentísimos las empezaron a repetir:
‒ Con mucho gustou, con mucho gustou, con mucho gustou. ‒
Los tres gr**gos estaban felices porque creían que ya sabían todo lo que tenían que saber en español.
En eso estaban, cuando otra vez se armó un burumbún donde el mismo señor de los elotes, y se fueron corriendo a ver qué era lo que pasaba.
Y corrieron, corrieron, corrieron y llegaron junto con los demás.
Resulta que al señor de los elotes le robaron la plata, y el pobre señor no se dio ni cuenta en qué momento pasó aquello.
‒ Primero le roban un elote y ahora le roban la plata. ‒decía la gente.
Y el policía se quitaba la gorra y, como era calvillo, se rascaba la calvilla y daba vueltas y preguntaba quién le había podido robar a este pobre señor el dinero del día.
Y nadie sabía ni nadie podía responder, porque nadie había visto nada. Todo pasó demasiado rápido y nadie se dio cuenta de nada.
La gente, como no había nada que ver, se empezó a ir, y hasta el señor de los elotes se fue, porque ya no tenía plata y estaba todo desanimado.
Solo quedaron el policía y los tres gr**gos.
Y el policía se quitaba la gorra y se rascaba la calva y daba vueltas y ya no hallaba qué hacer.
Por último, se volvió hacia los tres gr**gos y les preguntó:
‒ Señores, por lo que más quieran, ¿ustedes saben quién le robó al señor de los elotes? ‒
Los pobres gr**gos no entendían una sola palabra y, al ver al policía tan acongojado, se miraban entre ellos, hasta que, por la pena, uno dijo lo único que se le ocurrió:
‒ ¡Lous tress, lous tress! ‒
‒ ¿Cómo que los tres lo hicieron? Y ¿por qué lo hicieron? ‒preguntó el policía.
‒ ¡Porr un eloute, porr un eloute! ‒dijo otro gr**go.
‒ ¡Por un elote! ‒exclamó el policía, visiblemente molesto.
‒ Pues ¡ya mismo me acompañan a la delegación! ‒
‒ ¡Con mucho gustou, con mucho gustou! ‒dijo el tercer gr**go.
Y los pobres gr**gos fueron a parar a la delegación.
Pero, al rato, el ladrón no soportó el cargo de conciencia, se entregó y los tres gr**gos quedaron en libertad.
A los tres gr**gos no les importó el incidente y muy contentos siguieron visitando la plaza y el mercado como de costumbre.
Y cuentan los lugareños que, si usted se da una vuelta por el pueblo, es posible que se tope a los tres gr**gos que andan aprendiendo nuevas palabras en español.
Fin.
**gos