15/09/2026
🇨🇷Hay una imagen que se repite cada 14 de setiembre y que quizá por costumbre hemos dejado de mirar con atención: niñas, niños y jóvenes corriendo con una antorcha encendida, atravesando todo el país, aún en la oscuridad, cuidando que el viento no la apague. Nadie les explica que están representando algo muy exacto, que la libertad es exactamente eso: una llama que alguien nos entregó y que solo sigue viva si hay manos dispuestas a protegerla del viento y nuevamente ponerla al cuidado de otros.
Celebramos hoy doscientos cinco años de independencia. Pero permítannos decir algo que a veces incomoda en las fechas patrias, la independencia de Costa Rica no fue un regalo, y no fue un solo día. Fue, y sigue siendo, una obra en construcción, sostenida por generaciones que en momentos decisivos tuvieron que decidir si mirar hacia otro lado o dar un paso al frente.
La historia de este país lo demuestra con una claridad que deberíamos enseñar más. En 1842, cuando un gobernante quiso imponerse sobre la voluntad del pueblo, fue la gente de San José, sin partido y sin cargo, la que lo desafío. En 1889, cuando se intentó desconocer el resultado de una elección, fueron campesinos de San José, de Alajuela y de Santo Domingo de Heredia los que bajaron a las ciudades a exigir que se respetara su voto. Aquella "generación del 89" no defendía un candidato, defendía un canon.
Y en 1917, cuando una dictadura clausuró la libertad en Costa Rica, ¿saben quiénes encabezaron la resistencia? Maestros y maestras. Docentes de escuela y de colegio. Marcelino García Flamenco y Rogelio Fernández Güell pagaron con su vida el atrevimiento de creer que enseñar es un acto político. Estudiantes y educadores salieron a la calle contra un periódico que fabricaba mentiras oficiales, y esa calle todavía se llama, en San José, el Paseo de los Estudiantes… No es casualidad, entonces, que quien encienda la antorcha sea una escuela.
Y hay un dato que queremos dejar grabado en sus mentes, porque explica quiénes somos mejor que cualquier discurso. A partir de 1921, Costa Rica empezó a destinar más presupuesto a la educación que a los cuarteles. Mientras buena parte de América Latina compraba fusiles, este país compraba pizarras, muchas barritas de tiza y hacía nuevos pedidos de pupitres. Fue la decisión más profundamente política de nuestra historia, apostar por ciudadanos en lugar de por soldados, por la razón en lugar de la fuerza, por el aula en lugar del cuartel.
De esa decisión nacimos las universidades públicas. No nacimos de un privilegio, nacimos de una visión de país que se atrevió a pensar que el conocimiento no debía ser herencia de unos pocos, sino derecho de todas y todos los habitantes de la República; que aún los hijos e hijas de las y los campesinos con chancletas tenían derecho a entender el mundo y tratar de incidir en él. La Universidad Nacional existe porque Costa Rica creyó que la hija de una familia humilde de Nicoya, el hijo de una trabajadora de Limón, una estudiante indígena de Talamanca, tenían exactamente el mismo derecho a un laboratorio, a una biblioteca y a un futuro.
Por eso nos debemos a lo público. No como una consigna, sino como una deuda. Cada colón que administramos proviene del esfuerzo de familias que muchas veces no han pisado un campus universitario, y esa es precisamente la razón por la que estamos obligados a devolverlo en agua analizada, en comunidades acompañadas, en docentes formados, en ciencia que resuelve problemas reales y en pensamiento crítico que este país necesita más que nunca.
Preocuparse por lo público no es un lujo intelectual. Es la forma más concreta de patriotismo que existe. Y aquí queremos hacer un llamado respetuoso, pero franco, a quienes ejercen responsabilidades públicas en los tres poderes de la República: una política que recorta el futuro no ahorra, aplaza el daño. Cuando se debilita la educación, la salud, la cultura, la ciencia o la protección social, no se está apretando un cinturón, se están cerrando puertas que después cuesta décadas volver a abrir.
La responsabilidad fiscal es una obligación democrática, y la asumimos. Pero la austeridad no puede convertirse en una lógica que ponga las cuentas por delante de la gente. Pedimos algo simple, que las decisiones públicas se tomen con evidencia, con diálogo y con la ciudadanía en el primer lugar, no en el último.
Una democracia madura necesita instituciones que funcionen y que puedan ser fiscalizadas. Tribunales independientes, órganos de control robustos, prensa libre, universidades autónomas. No porque sean perfectas -ninguna obra humana lo es, y todas deben mejorar, rendir cuentas y corregirse-, sino porque cuando se debilitan sus capacidades, no gana la eficiencia, gana la arbitrariedad. La historia nos enseñó que las democracias rara vez caen de un golpe. Se apagan de a poco, cuando la sociedad se acostumbra a que descalificar sustituye a argumentar, y a que quien piensa distinto deje de ser compatriota para convertirse en enemigo. Contra eso solo hay un remedio, y no está en las leyes, está en nosotros.
Por eso el mensaje de esta Universidad en este 15 de setiembre es uno solo, y es urgente: no al cansancio colectivo. No podemos permitirnos la fatiga cívica. No podemos aceptar la idea de que ya nada cambia, que todo es igual, que no vale la pena informarse, preguntar, votar, organizarse ni levantar la voz. La indiferencia nunca ha resuelto un problema, apenas deja que otros decidan por nosotros. Y la voz crítica, la que se expresa con respeto y con argumentos, no divide a la Patria, la cuida. Quien pregunta no ofende, quien exige cuentas no traiciona. Eso es amar a Costa Rica en voz alta. Eso es vivenciar el “Himno al 15 de setiembre”.
Sí a levantar la voz. Sí a la esperanza activa. Sí a una Costa Rica que discute, se cuestiona, se corrige y no renuncia. Las generaciones de 1842, de 1889 y de 1919 no eran más valientes que nosotros. Simplemente entendieron algo que hoy nos toca recordar, que la Patria no se hereda intacta, se defiende despierta.
Cuidemos la llama. No dejemos que el viento la apague.
¡Viva Costa Rica libre! ¡Viva la democracia costarricense! ¡Vivan las personas patriotas que la defienden!
Atentamente,
Dr. Jorge Herrera Murillo
Rector