28/05/2023
Entre semana, posiblemente a mi me sucede lo mismo que a muchas personas que trabajan fuera de casa: Miles de cosas que hacer antes de salir al trabajo, en un tiempo muy breve. El asunto se complica aún más, cuando toca gimnasio…
El miércoles pasado, no fue la excepción. Antes de salir al paseo perruno a las 4:30 am., que incluía parada de 50 minutos en el gimnasio con las mascotas, les di de comer. 🐶🐶
Definitivamente comer durante años el mismo alimento -que por cierto, parece un poco de aserrín apelmazado-, ha aburrido a las canes. Por ese motivo, la maratónica mañanera supone mezclar una pequeña cucharadita de carne molida -de esa que uno tiene preparada, para hacer milagros en la noche, cuando llega del trabajo-, a cada ración.
Pues bien, después de servir sendas raciones de alimentos, con el respectivo refuerzo de carne y mientras las chicas comían, aproveché para ordenar un poco, antes de partir al temprano paseo perruno. Por más que busqué, el contenedor de carne no aparecía, pero cosa extraña, uno de los comederos estaba sobre el mueble de cocina…
¿La razón? En el atarante le serví el contenedor de carne molida a Emma. Cuando traté de confirmar el equívoco, solo alcancé a ver los felices y agradecidos ojos de la perrita hacia mi, mientras disfrutaba de aquel agasajo.
Nada que hacer… Solo pensé: al menos obtuve sentimientos de agradecimiento de un ser vivo, desde muy temprano en la mañana.