07/05/2026
La Cebra sin Rayas
En una sabana llena de colores y sonidos, nació una pequeña cebra llamada Lía. Pero Lía era diferente: no tenía rayas. Su pelaje era completamente blanco como una nube suave en el cielo.
Al principio, Lía no entendía por qué los demás la miraban tanto. Las otras cebras jugaban a esconderse entre los árboles y la hierba alta, pero ella siempre era descubierta primero. No importaba cuánto se agachara o corriera, su blanco brillante la delataba.
Un día, triste, se sentó junto a un árbol y suspiró:
—Ojalá tuviera rayas como ustedes…
Sus amigos, que la querían mucho, se acercaron. Tomás, el mono travieso, tuvo una idea:
—¡Ya sé! No necesitas ser igual, pero podemos ayudarte a jugar mejor.
Fueron juntos al bosque cercano y recolectaron moras maduras. Con cuidado, aplastaron las frutas y, usando hojas como pinceles, comenzaron a dibujar rayas sobre el pelaje de Lía.
—¡Mírate! —dijo Ana, la jirafa, emocionada.
Lía corrió hasta un pequeño lago y, al ver su reflejo, sonrió por primera vez en días. No era igual a las otras cebras… pero se sentía especial.
Ese día jugaron a las escondidas. Lía logró esconderse tan bien que nadie la encontró por mucho tiempo. Cuando finalmente salió, todos aplaudieron.
Pero al caer la tarde, la lluvia comenzó a caer suavemente. Las rayas de mora empezaron a deslizarse hasta desaparecer.
Lía se quedó quieta… pero antes de sentirse triste, sus amigos la rodearon.
—No importa si tienes rayas o no —dijo Tomás—. Nos encanta jugar contigo como eres.
Lía entendió algo importante: sus amigos no la querían por parecerse a ellos, sino por ser ella misma.
Desde ese día, Lía jugaba feliz. A veces con rayas de mora… y otras veces, simplemente siendo la cebra blanca que iluminaba la sabana con su sonrisa.
Moraleja: Los verdaderos amigos te aceptan tal como eres y siempre encuentran la forma de hacerte sentir especial.