Pentominó
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Un pentominó (Griego πέντε / pente) es una poliforma de la clase poliominó que consiste en una figura geométrica compuesta por cinco cuadrados unidos por sus lados. Existen doce pentominós diferentes, que se nombran con diferentes letras del abecedario. Los pentominós obtenidos a partir de otros por simetría axial o por rotación no cuentan como un pentominó diferente.
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Programa de formacion complementario
programa de formación complementaria
El Psicoanálisis Infantil: El valor del juego y la terapia analítica
26 de abril de 2012 a la(s) 13:26
Alejandro de Jesús Villegas Cisneros
Instituto Psicoanalítico Infantil y del
Adolescente Fort-Da
Guadalajara, Jalisco, México
Comencemos preguntándonos: ¿Qué papel tiene el
juego para el niño?
Para lograr una comprensión adecuada de esta
respuesta estamos obligados primero a
contextualizar desde el psicoanálisis dos
conceptos, a saber: el del juego y el del niño.
El juego hace referencia siempre a un acto creador,
a una forma de relación y de vinculación. Es un
acto creador porque posibilita hacer de la nada un
espacio donde figura lo novedoso, donde lo real
cobra vida gracias a un mundo que es primero
imaginado. Es una forma de relación, porque para
ser posible es necesario el otro; porque es el otro
quien invita a ser parte de un mundo dotado de
significado, de sentido, a un mundo simbólico. Es
una forma de vinculación porque para lograr esta
relación con el otro hay que lograr el dominio de
lo que ese mundo ofrece, apropiándolo, para luego
ser parte del mismo en un intercambio que une,
pero que a la vez diferencia lo interior de lo
exterior. El juego se vuelve algo más que un simple
medio de entretenimiento, de diversión o de
exploración, de un constructo armado de reglas y
objetivos determinados. Veremos que el juego
desde el psicoanálisis constituye dos valores
distintos: uno constitutivo y otro elaborativo. Pero
detengámonos un momento en ése ser que juega,
en ése ser que hace posible lo imaginado.
El niño nace para Ser, pero siempre para alguien.
Más que hacer referencia a la definición convenida
del niño como una persona cuya etapa de vida está
situada antes de la pubertad, que no ha alcanzado
un grado de madurez suficiente para valerse por sí
mismo y de otras concepciones biológicas, sociales
y legales, nuestra atención recae en el sujeto del
niño que es concebido y acogido en un mundo de
significantes y de todo aquello que lo constituye
como un ser que es, que está, que desea y que
forma parte de un espacio llamado realidad, una
realidad que él mismo crea, en su contacto con los
objetos del mundo, con la fantasía, con el juego.
Al hablar del “papel del juego” nos referimos en
primera instancia a este valor constitutivo en tanto
posibilitador de una realidad para el sujeto, de un
lugar del Ser y para Ser. Expliquemos esto.
Un niño viene al mundo dotado de un cuerpo
orgánico y con él de todo un bagaje de recursos
potenciales para su crecimiento y desarrollo, sin
embargo es un ser desvalido que requiere de la
asistencia de otro de su especie para asegurar su
supervivencia. Ahora bien, aunque el niño sea
provisto de los recursos necesarios para su
bienestar y desarrollo físicos esto empero no es
suficiente para hablar de un proceso de
constitución psíquica, es decir, de un Yo
constituido.
Freud en su obra El Yo y el Ello nos explica la
importancia de esta nueva instancia mental que se
diferencia del Ello y sus procesos inconscientes,
para configurarse como un sistema organizado y
coherente en contacto con la realidad. El Yo es
definido pues como “la representación de una
organización coherente de los procesos anímicos
en una persona” (1923) cuyas funciones
primordiales son la cualidad de la conciencia, el
examen de realidad, el gobierno de la motilidad,
los procesos mentales superiores y ciertos
mecanismos psíquicos como la represión. Así,
Freud nos deja muy en claro que el Yo es ante
todo una representación y no es equivalente al
cuerpo físico. Para que el Yo del niño se
constituya es necesario también de la participación
del otro, pero a un nivel distinto.
Un bebé nace con un Yo sin estructura, su aparato
psíquico no se ha diferenciado aún a este nuevo
sistema que se encargará de controlar
adecuadamente el aflujo incesante de estímulos
internos y externos que lo invaden. El bebé
descargará los niveles de tensión que provocan
estos estímulos mediante la motilidad
(involuntaria) y la creación de imágenes (objetos)
que satisfarán momentáneamente sus necesidades,
es decir, mediante el Proceso Primario (Freud,
1911). Este proceso se inaugura con la primera
huella de satisfacción que mitiga la necesidad del
bebé y esto es gracias a la asistencia de ese gran
Otro primordial, la madre.
El bebé entonces comparte un vínculo esencial con
la madre, ambos psiquismos están unidos durante
los periodos más tempranos de la infancia. El bebé
no reconoce una realidad existente fuera de esa
unidad primordial, para él no hay sentido de
otredad, ni siquiera se sabe como un ser existente
en el mundo. Ambos constituyen un único ser
indiferenciado, al menos a un nivel psíquico. Este
vínculo madre-hijo es un estado de completud en
el que pareciera que no hace falta nada: la madre
provee alimento, seguridad, caricias, calor y todo
ello permuta esta sensación en el recién nacido. Es
un mundo donde el placer prevalece. La psique
materna ayudará al bebé a tramitar las angustias
que por sus propios medios es incapaz de hacer,
pues para ello se requiere de un nivel madurativo
mayor. Esta asistencia de la función materna tanto
a nivel físico como psíquico son primordiales para
configurar una seguridad de base en el bebé y
prepararlo para el siguiente paso en su proceso de
subjetivación. En términos de Winnicott, una
madre “suficientemente buena” debe generar en el
niño la posibilidad de crear una ilusión de
omnipotencia para crear los objetos que saciarán
su necesidad y que más tarde serán corroborados
por la realidad (1971).
Sin embargo, para que el funcionamiento psíquico
regido por el Proceso Primario en términos de
satisfacción de deseos pase a uno más adaptativo y
acorde a la realidad (Proceso Secundario), será
necesaria una primera frustración que abrirá una
nueva dimensión en el psiquismo del bebé.
Ante la sensación displacentera que provoca la
necesidad (el hambre, la sed, el sueño, etc.) y los
estímulos externos (el calor, el frío, el dolor, etc.)
el bebé será capaz de advertir gradualmente la
existencia de un mundo fuera de ésa diada que
conforma con la madre, desviará pues su mirada
hacia el mundo y este será el primer paso de la
diferenciación materna. Las diversas sensaciones
que provee el exterior darán moldura al cuerpo del
niño y una primera representación psíquica de este.
Para ello la madre deberá ceder poco a poco a su
función y propiciar la salida del bebé de un estado
de dependencia absoluta a uno que permita tolerar
la frustración. Esto es a lo que Winnicott
denomina desilusión materna: “La madre lo
bastante buena (que no tiene por qué ser la del
niño) es la que lleva a cabo la adaptación activa a
las necesidades de este y que la disminuye poco a
poco, según la creciente capacidad del niño para
hacer frente al fracaso en materia de adaptación y
para tolerar los resultados de la frustración”
(1971, p. 27).
Tenemos entonces que si bien un bebé necesita ser
provisto de una satisfacción pronta a sus
necesidades tanto físicas como afectivas, es
necesaria también una frustración conveniente de
las mismas para dar paso a su constitución
psíquica. Esta transición entre la fusión materna y
su separación no es nada fácil para el niño que
deberá poner en marcha toda una serie de
mecanismos que le ayudarán a sobrellevar este
difícil proceso y que serán determinantes para su
constitución psíquica.
Freud nos lo explica en su famoso texto Más allá
del principio del Placer (1920), con la famosa
historia del carretel o la bobina. En una muy
oportuna observación a su pequeño nieto de año y
medio, Freud da luz a un proceso importantísimo
para comprender el valor constitutivo del juego
para el niño.
El pequeño bebé tímido que apenas hablaba, jamás
evidenció llanto cuando su madre se alejaba de él,
sin embargo todo objeto que llegaba a sus manos
era lanzado lejos mientras profería un “oooh”
prolongado que se podía interpretar como Fort,
que en alemán significa “lejos”. En una ocasión el
bebé jugaba a lanzar fuera de su cuna un carretel
haciéndolo desaparecer de su vista, a la vez que
gritaba “oooh”. En seguida recogía el objeto
halándolo con el hilo y lo hacía aparecer frente a
su vista mientras contento gritaba “aaah”, que
puede entenderse como Da, que en alemán se
traduce como “aquí”. Freud comprendió entonces
que el pequeño utilizaba este juego como un
medio para elaborar las angustias de pérdida del
objeto. Ante la separación materna (las ausencias
esporádicas de la madre) el bebé se veía invadido
de fuertes sentimientos de angustia y desamparo y
si no lo manifestaba con el llanto era porque el
juego le posibilitaba lograr un dominio ante los
objetos del mundo exterior como una
compensación ante el abandono de la madre, en
esta representación de hacer ir y venir al objeto.
Esto procuraba placer con la re-aparición del
carretel que representaba a la madre y una
elaboración de los sentimientos de abandono
vinculados con su ausencia.
Este juego es de suma importancia para el niño ya
que además constituye un examen de realidad,
pues en este dominio y manipulación de los
objetos, en el lanzar y recoger el juguete se
establece un límite entre su Yo y el mundo
exterior, una diferenciación entre el adentro y el
afuera. En palabras de Annie Anzieu: “El juego es
búsqueda y creación permanente de la realidad, del
sentimiento de existir por sí mismo y del sentido
que toman estos fenómenos para el niño. A partir
del establecimiento primero de este eje narcisista,
va a hacerse posible la creación de objetos
diferentes de sí mismo y después la entrada en
relación con esos objetos” (2001).
Si seguimos los planteamientos de Winnicott,
cuando afirma que la ilusión materna propicia la
creación y manipulación omnipotente de los
objetos previos a una constatación de la realidad
objetiva, nos será fácil comprender que de hecho
esta ilusión abre el camino para dar cuenta de esta
existencia. El autor nos dice que entre la creación
ilusoria y anticipada de los objetos que para el
niño satisfarán su necesidad y la llegada real y
objetiva de ellos por parte de la madre existe una
zona intermedia. Recordemos que el bebé en un
primer momento creerá que la llegada del objeto
real (pecho) será producto de una creación de él
mismo y consecuentemente parte de sí mismo,
gracias a este sentimiento de omnipotencia que la
madre alienta: “La madre coloca el pecho real
justo allí donde el pequeño se halla dispuesto a
crear, y lo hace en el momento apropiado” (1951,
p. 326). Entonces gracias a la desilusión materna
el bebé se dará cuenta de que ése objeto es de
hecho y solamente una posesión, y no parte de sí.
Esta es la diferenciación Yo - no Yo.
La zona intermedia se crea a partir de estas
vivencias de tránsito entre el mundo interno y el
mundo externo. Cuando un niño tiene una
necesidad o angustia y el objeto real que lo
colmará no llega enseguida, entonces se recurre a la
creación. El objeto se anticipa para satisfacer
alucinatoriamente la necesidad, posteriormente se
utilizan medios y objetos sustitutos, los llamados
fenómenos y objetos transicionales (el chupeteo
del dedo, las “mantitas”, los ositos de peluche,
etc.) y finalmente, cuando estos han sido
debidamente introyectados como representación
de la realidad interior y marcan una diferencia con
la exterior, se abandonan para dar lugar desde la
misma zona intermedia y mediante el mismo
proceso a todas las manifestaciones culturales y
creativas del hombre (1971).
Cuando la frustración se hace evidente ante la
separación materna y la desilusión sobreviene, el
juego reproduce la experiencia de creación y
manipulación omnipotente de los objetos que
determinan el paso de la ilusión a la realidad.
Un aspecto fundamental e inherente al juego en
tanto acto creador y lleno de sentido es el lenguaje,
puesto que algo se crea sólo porque hace falta.
Retomando el juego del Fort-Da, Lacan hace una
importante observación respecto al lenguaje que
acompañaba el juego de este niño y es nada más y
nada menos que su entrada al registro de lo
simbólico. Es sólo mediante la inserción a este
registro que un niño puede constituirse como un
sujeto deseante y usar el lenguaje para decir: “Yo-
soy”. En este juego de presencia-ausencia se
establece la lógica del lenguaje en sí mismo, basado
en la falta: ante la pérdida (ausencia) del objeto
amado sólo es necesario usar la palabra para
hacerlo presente. Así, el juego en tanto medio
simbólico para hacer presente lo ausente se vuelve
una posibilidad estructural.
Este es el valor constitutivo del juego para el niño
que Freud introdujo desde 1920 y que Donald
Winnicott nos expone en gran parte de su obra.
Aunque el juego es el medio natural con el que el
niño cuenta para hacer frente a sus angustias y
aquello que posibilita su constitución como sujeto,
este no es posible sin una invitación por parte del
otro, sin la intervención de la mirada de alguien
que inaugura el mundo del lenguaje, del mundo
significante que abre la posibilidad del discurso y
la posibilidad de ser y estar en este mundo.
Ahora bien, la comprensión del segundo valor del
juego para el niño, el referente al aspecto
elaborativo, se nos presenta ya sin mayor dificultad
a raíz de lo antes expuesto.
El niño desde edad muy temprana se ve afligido
por diversas angustias, miedos y decepciones que
en ocasiones le invaden y lo imposibilitan. Sin
embargo el niño a diferencia del adulto carece de
una herramienta fundamental para hacerle frente al
sufrimiento, a la angustia sin sentido y esta es la
del lenguaje. El psicoanálisis da esencial
importancia al lenguaje en tanto que este precede
al sujeto mismo, lo constituye y da valor y
significado a cuanto nos rodea. El mundo sólo
mantiene su orden por la palabra, las cosas no
pudieran existir sin el lenguaje que aprehende los
objetos y los categoriza. Incluso la nada debe de
nombrarse para poder existir. “La palabra es, pues,
la muerte de la cosa” decía J. Lacan (1953, P.
307).
Así, el dolor y el sufrimiento deberán encontrar su
expresión y figuración en la palabra para encontrar
ciertamente un alivio, es el bálsamo mágico que
encontrando eco en el otro ayuda a sanar. Este es
el valor terapéutico que Freud propuso en su
método de “la cura por la palabra” que es el
psicoanálisis, es una forma de elaborar lo
inconsciente, de dar un sentido nuevo a lo
ignorado. ¿Pero qué con el niño, que apenas logra
un cierto dominio de este, de aquel niño que sin
razón aparente corre, grita, patalea, golpea, rasguña
y muerde como si fuera presa de lo innombrable?
El niño ante dicha imposibilidad de nombrar lo
que no puede, recurre a su único medio de
expresión que es el de la motilidad. El niño que no
puede hablar de su dolor no puede más que hacer
uso de su cuerpo, caer en la inhibición parcial o
total, enfermar o jugar. “El niño que no juega está
enfermo” (Anzieu, 2001).
El juego es el medio simbólico por el que el infans
expresa sus fantasías, deseos y experiencias, pero
además es un perfecto refugio para una realidad
frustrante. Ante esta incapacidad de sobrellevar las
exigencias del mundo de los adultos ¿de qué
medios dispone el niño para sobrellevar las
demandas, deseos y seducciones? El medio más
económico y eficaz es el juego, actividad infantil
por excelencia que el adulto envidia y quiere imitar
(Anzieu, 2001). Tal como lo dice Winnicott: “El
juego instala un espacio ficticio, verdadero
territorio del que todo adulto está excluido, del
que toda seducción directa del adulto está
excluida” (1971).
Esta es la propuesta fundamental del psicoanálisis
infantil que Melanie Klein desarrolla con la técnica
del juego libre, una modalidad adaptada del
método de libre asociación. En sus propias
palabras: “mediante el análisis del juego tenemos
acceso a las fijaciones y experiencias más
profundamente reprimidas del niño y estamos así
en condiciones de ejercer una influencia radical
sobre su desarrollo. La diferencia entre nuestro
método de análisis y el del adulto es puramente de
técnica y no de principios” (1987).
Así pues, el valor elaborativo del juego es el que da
al niño la posibilidad de re-significar sus angustias,
miedos, frustraciones y dar expresión a sus deseos
y demandas. Tal como lo expone Freud en su
texto Recordar, Repetir y Reelaborar: el método
psicoanalítico ayuda en terapia a suprimir las
amnesias causa de lo reprimido que originan la
repetición en el acto del conflicto psíquico, se trata
pues de re-elaborarlo (1914). Para el niño ésta
misma premisa se encuentra en el juego, ya sea en
el espacio terapéutico o en su vida diaria. La
diferencia entre estos dos espacios, el terapéutico y
el del juego diario del niño, es que el primero se da
en torno a la relación transferencial y siempre bajo
un marco específico que le da estructura y sostén.
En esta relación entre al analista y el niño que
juega en terapia se establece una zona intermedia
en la que es posible crear (Winnicott, 1971). Las
fantasías, representaciones y actos del niño son
provistas de sentido gracias al trabajo de
interpretación, la terapia orientada a la cura
posibilita una elaboración del conflicto
inconsciente.
Con esto damos respuesta a nuestra pregunta
inicial, acerca del papel del juego para el niño en
sus dos valores que, por un lado, constituye una
realidad para Ser y por el otro, la asegura,
elaborando aquello que de ésta se vuelve
insoportable, ya sea en el medio natural o en el
creado bajo el marco analítico.
Entendamos pues qué es lo que realmente se
“juega” cuando vemos a un niño sumergido en el
mundo de la fantasía, de ése mundo donde es
posible lo imaginado y en donde el adulto queda
excluido; de ese acto sublime que despierta en
manos del pequeño la más tierna de las pasiones.
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