Programa de formacion complementario

Programa de formacion complementario

Compartir

programa de formación complementaria

30/07/2013

Pentominó
Saltar a: navegación, búsqueda

Un pentominó (Griego πέντε / pente) es una poliforma de la clase poliominó que consiste en una figura geométrica compuesta por cinco cuadrados unidos por sus lados. Existen doce pentominós diferentes, que se nombran con diferentes letras del abecedario. Los pentominós obtenidos a partir de otros por simetría axial o por rotación no cuentan como un pentominó diferente.

Pentominos.svg

30/07/2013

El Psicoanálisis Infantil: El valor del juego y la terapia analítica
26 de abril de 2012 a la(s) 13:26

Alejandro de Jesús Villegas Cisneros

Instituto Psicoanalítico Infantil y del

Adolescente Fort-Da

Guadalajara, Jalisco, México



Comencemos preguntándonos: ¿Qué papel tiene el

juego para el niño?



Para lograr una comprensión adecuada de esta

respuesta estamos obligados primero a

contextualizar desde el psicoanálisis dos

conceptos, a saber: el del juego y el del niño.



El juego hace referencia siempre a un acto creador,

a una forma de relación y de vinculación. Es un

acto creador porque posibilita hacer de la nada un

espacio donde figura lo novedoso, donde lo real

cobra vida gracias a un mundo que es primero

imaginado. Es una forma de relación, porque para

ser posible es necesario el otro; porque es el otro

quien invita a ser parte de un mundo dotado de

significado, de sentido, a un mundo simbólico. Es

una forma de vinculación porque para lograr esta

relación con el otro hay que lograr el dominio de

lo que ese mundo ofrece, apropiándolo, para luego

ser parte del mismo en un intercambio que une,

pero que a la vez diferencia lo interior de lo

exterior. El juego se vuelve algo más que un simple

medio de entretenimiento, de diversión o de

exploración, de un constructo armado de reglas y

objetivos determinados. Veremos que el juego

desde el psicoanálisis constituye dos valores

distintos: uno constitutivo y otro elaborativo. Pero

detengámonos un momento en ése ser que juega,

en ése ser que hace posible lo imaginado.



El niño nace para Ser, pero siempre para alguien.

Más que hacer referencia a la definición convenida

del niño como una persona cuya etapa de vida está

situada antes de la pubertad, que no ha alcanzado

un grado de madurez suficiente para valerse por sí

mismo y de otras concepciones biológicas, sociales

y legales, nuestra atención recae en el sujeto del

niño que es concebido y acogido en un mundo de

significantes y de todo aquello que lo constituye

como un ser que es, que está, que desea y que

forma parte de un espacio llamado realidad, una

realidad que él mismo crea, en su contacto con los

objetos del mundo, con la fantasía, con el juego.



Al hablar del “papel del juego” nos referimos en

primera instancia a este valor constitutivo en tanto

posibilitador de una realidad para el sujeto, de un

lugar del Ser y para Ser. Expliquemos esto.

Un niño viene al mundo dotado de un cuerpo

orgánico y con él de todo un bagaje de recursos

potenciales para su crecimiento y desarrollo, sin

embargo es un ser desvalido que requiere de la

asistencia de otro de su especie para asegurar su

supervivencia. Ahora bien, aunque el niño sea

provisto de los recursos necesarios para su

bienestar y desarrollo físicos esto empero no es

suficiente para hablar de un proceso de

constitución psíquica, es decir, de un Yo

constituido.



Freud en su obra El Yo y el Ello nos explica la

importancia de esta nueva instancia mental que se

diferencia del Ello y sus procesos inconscientes,

para configurarse como un sistema organizado y

coherente en contacto con la realidad. El Yo es

definido pues como “la representación de una

organización coherente de los procesos anímicos

en una persona” (1923) cuyas funciones

primordiales son la cualidad de la conciencia, el

examen de realidad, el gobierno de la motilidad,

los procesos mentales superiores y ciertos

mecanismos psíquicos como la represión. Así,

Freud nos deja muy en claro que el Yo es ante

todo una representación y no es equivalente al

cuerpo físico. Para que el Yo del niño se

constituya es necesario también de la participación

del otro, pero a un nivel distinto.



Un bebé nace con un Yo sin estructura, su aparato

psíquico no se ha diferenciado aún a este nuevo

sistema que se encargará de controlar

adecuadamente el aflujo incesante de estímulos

internos y externos que lo invaden. El bebé

descargará los niveles de tensión que provocan

estos estímulos mediante la motilidad

(involuntaria) y la creación de imágenes (objetos)

que satisfarán momentáneamente sus necesidades,

es decir, mediante el Proceso Primario (Freud,

1911). Este proceso se inaugura con la primera

huella de satisfacción que mitiga la necesidad del

bebé y esto es gracias a la asistencia de ese gran

Otro primordial, la madre.



El bebé entonces comparte un vínculo esencial con

la madre, ambos psiquismos están unidos durante

los periodos más tempranos de la infancia. El bebé

no reconoce una realidad existente fuera de esa

unidad primordial, para él no hay sentido de

otredad, ni siquiera se sabe como un ser existente

en el mundo. Ambos constituyen un único ser

indiferenciado, al menos a un nivel psíquico. Este

vínculo madre-hijo es un estado de completud en

el que pareciera que no hace falta nada: la madre

provee alimento, seguridad, caricias, calor y todo

ello permuta esta sensación en el recién nacido. Es

un mundo donde el placer prevalece. La psique

materna ayudará al bebé a tramitar las angustias

que por sus propios medios es incapaz de hacer,

pues para ello se requiere de un nivel madurativo

mayor. Esta asistencia de la función materna tanto

a nivel físico como psíquico son primordiales para

configurar una seguridad de base en el bebé y

prepararlo para el siguiente paso en su proceso de

subjetivación. En términos de Winnicott, una

madre “suficientemente buena” debe generar en el

niño la posibilidad de crear una ilusión de

omnipotencia para crear los objetos que saciarán

su necesidad y que más tarde serán corroborados

por la realidad (1971).



Sin embargo, para que el funcionamiento psíquico

regido por el Proceso Primario en términos de

satisfacción de deseos pase a uno más adaptativo y

acorde a la realidad (Proceso Secundario), será

necesaria una primera frustración que abrirá una

nueva dimensión en el psiquismo del bebé.



Ante la sensación displacentera que provoca la

necesidad (el hambre, la sed, el sueño, etc.) y los

estímulos externos (el calor, el frío, el dolor, etc.)

el bebé será capaz de advertir gradualmente la

existencia de un mundo fuera de ésa diada que

conforma con la madre, desviará pues su mirada

hacia el mundo y este será el primer paso de la

diferenciación materna. Las diversas sensaciones

que provee el exterior darán moldura al cuerpo del

niño y una primera representación psíquica de este.

Para ello la madre deberá ceder poco a poco a su

función y propiciar la salida del bebé de un estado

de dependencia absoluta a uno que permita tolerar

la frustración. Esto es a lo que Winnicott

denomina desilusión materna: “La madre lo

bastante buena (que no tiene por qué ser la del

niño) es la que lleva a cabo la adaptación activa a

las necesidades de este y que la disminuye poco a

poco, según la creciente capacidad del niño para

hacer frente al fracaso en materia de adaptación y

para tolerar los resultados de la frustración”

(1971, p. 27).



Tenemos entonces que si bien un bebé necesita ser

provisto de una satisfacción pronta a sus

necesidades tanto físicas como afectivas, es

necesaria también una frustración conveniente de

las mismas para dar paso a su constitución

psíquica. Esta transición entre la fusión materna y

su separación no es nada fácil para el niño que

deberá poner en marcha toda una serie de

mecanismos que le ayudarán a sobrellevar este

difícil proceso y que serán determinantes para su

constitución psíquica.



Freud nos lo explica en su famoso texto Más allá

del principio del Placer (1920), con la famosa

historia del carretel o la bobina. En una muy

oportuna observación a su pequeño nieto de año y

medio, Freud da luz a un proceso importantísimo

para comprender el valor constitutivo del juego

para el niño.



El pequeño bebé tímido que apenas hablaba, jamás

evidenció llanto cuando su madre se alejaba de él,

sin embargo todo objeto que llegaba a sus manos

era lanzado lejos mientras profería un “oooh”

prolongado que se podía interpretar como Fort,

que en alemán significa “lejos”. En una ocasión el

bebé jugaba a lanzar fuera de su cuna un carretel

haciéndolo desaparecer de su vista, a la vez que

gritaba “oooh”. En seguida recogía el objeto

halándolo con el hilo y lo hacía aparecer frente a

su vista mientras contento gritaba “aaah”, que

puede entenderse como Da, que en alemán se

traduce como “aquí”. Freud comprendió entonces

que el pequeño utilizaba este juego como un

medio para elaborar las angustias de pérdida del

objeto. Ante la separación materna (las ausencias

esporádicas de la madre) el bebé se veía invadido

de fuertes sentimientos de angustia y desamparo y

si no lo manifestaba con el llanto era porque el

juego le posibilitaba lograr un dominio ante los

objetos del mundo exterior como una

compensación ante el abandono de la madre, en

esta representación de hacer ir y venir al objeto.

Esto procuraba placer con la re-aparición del

carretel que representaba a la madre y una

elaboración de los sentimientos de abandono

vinculados con su ausencia.

Este juego es de suma importancia para el niño ya

que además constituye un examen de realidad,

pues en este dominio y manipulación de los

objetos, en el lanzar y recoger el juguete se

establece un límite entre su Yo y el mundo

exterior, una diferenciación entre el adentro y el

afuera. En palabras de Annie Anzieu: “El juego es

búsqueda y creación permanente de la realidad, del

sentimiento de existir por sí mismo y del sentido

que toman estos fenómenos para el niño. A partir

del establecimiento primero de este eje narcisista,

va a hacerse posible la creación de objetos

diferentes de sí mismo y después la entrada en

relación con esos objetos” (2001).



Si seguimos los planteamientos de Winnicott,

cuando afirma que la ilusión materna propicia la

creación y manipulación omnipotente de los

objetos previos a una constatación de la realidad

objetiva, nos será fácil comprender que de hecho

esta ilusión abre el camino para dar cuenta de esta

existencia. El autor nos dice que entre la creación

ilusoria y anticipada de los objetos que para el

niño satisfarán su necesidad y la llegada real y

objetiva de ellos por parte de la madre existe una

zona intermedia. Recordemos que el bebé en un

primer momento creerá que la llegada del objeto

real (pecho) será producto de una creación de él

mismo y consecuentemente parte de sí mismo,

gracias a este sentimiento de omnipotencia que la

madre alienta: “La madre coloca el pecho real

justo allí donde el pequeño se halla dispuesto a

crear, y lo hace en el momento apropiado” (1951,

p. 326). Entonces gracias a la desilusión materna

el bebé se dará cuenta de que ése objeto es de

hecho y solamente una posesión, y no parte de sí.

Esta es la diferenciación Yo - no Yo.



La zona intermedia se crea a partir de estas

vivencias de tránsito entre el mundo interno y el

mundo externo. Cuando un niño tiene una

necesidad o angustia y el objeto real que lo

colmará no llega enseguida, entonces se recurre a la

creación. El objeto se anticipa para satisfacer

alucinatoriamente la necesidad, posteriormente se

utilizan medios y objetos sustitutos, los llamados

fenómenos y objetos transicionales (el chupeteo

del dedo, las “mantitas”, los ositos de peluche,

etc.) y finalmente, cuando estos han sido

debidamente introyectados como representación

de la realidad interior y marcan una diferencia con

la exterior, se abandonan para dar lugar desde la

misma zona intermedia y mediante el mismo

proceso a todas las manifestaciones culturales y

creativas del hombre (1971).



Cuando la frustración se hace evidente ante la

separación materna y la desilusión sobreviene, el

juego reproduce la experiencia de creación y

manipulación omnipotente de los objetos que

determinan el paso de la ilusión a la realidad.



Un aspecto fundamental e inherente al juego en

tanto acto creador y lleno de sentido es el lenguaje,

puesto que algo se crea sólo porque hace falta.

Retomando el juego del Fort-Da, Lacan hace una

importante observación respecto al lenguaje que

acompañaba el juego de este niño y es nada más y

nada menos que su entrada al registro de lo

simbólico. Es sólo mediante la inserción a este

registro que un niño puede constituirse como un

sujeto deseante y usar el lenguaje para decir: “Yo-

soy”. En este juego de presencia-ausencia se

establece la lógica del lenguaje en sí mismo, basado

en la falta: ante la pérdida (ausencia) del objeto

amado sólo es necesario usar la palabra para

hacerlo presente. Así, el juego en tanto medio

simbólico para hacer presente lo ausente se vuelve

una posibilidad estructural.



Este es el valor constitutivo del juego para el niño

que Freud introdujo desde 1920 y que Donald

Winnicott nos expone en gran parte de su obra.

Aunque el juego es el medio natural con el que el

niño cuenta para hacer frente a sus angustias y

aquello que posibilita su constitución como sujeto,

este no es posible sin una invitación por parte del

otro, sin la intervención de la mirada de alguien

que inaugura el mundo del lenguaje, del mundo

significante que abre la posibilidad del discurso y

la posibilidad de ser y estar en este mundo.



Ahora bien, la comprensión del segundo valor del

juego para el niño, el referente al aspecto

elaborativo, se nos presenta ya sin mayor dificultad

a raíz de lo antes expuesto.



El niño desde edad muy temprana se ve afligido

por diversas angustias, miedos y decepciones que

en ocasiones le invaden y lo imposibilitan. Sin

embargo el niño a diferencia del adulto carece de

una herramienta fundamental para hacerle frente al

sufrimiento, a la angustia sin sentido y esta es la

del lenguaje. El psicoanálisis da esencial

importancia al lenguaje en tanto que este precede

al sujeto mismo, lo constituye y da valor y

significado a cuanto nos rodea. El mundo sólo

mantiene su orden por la palabra, las cosas no

pudieran existir sin el lenguaje que aprehende los

objetos y los categoriza. Incluso la nada debe de

nombrarse para poder existir. “La palabra es, pues,

la muerte de la cosa” decía J. Lacan (1953, P.

307).



Así, el dolor y el sufrimiento deberán encontrar su

expresión y figuración en la palabra para encontrar

ciertamente un alivio, es el bálsamo mágico que

encontrando eco en el otro ayuda a sanar. Este es

el valor terapéutico que Freud propuso en su

método de “la cura por la palabra” que es el

psicoanálisis, es una forma de elaborar lo

inconsciente, de dar un sentido nuevo a lo

ignorado. ¿Pero qué con el niño, que apenas logra

un cierto dominio de este, de aquel niño que sin

razón aparente corre, grita, patalea, golpea, rasguña

y muerde como si fuera presa de lo innombrable?

El niño ante dicha imposibilidad de nombrar lo

que no puede, recurre a su único medio de

expresión que es el de la motilidad. El niño que no

puede hablar de su dolor no puede más que hacer

uso de su cuerpo, caer en la inhibición parcial o

total, enfermar o jugar. “El niño que no juega está

enfermo” (Anzieu, 2001).



El juego es el medio simbólico por el que el infans

expresa sus fantasías, deseos y experiencias, pero

además es un perfecto refugio para una realidad

frustrante. Ante esta incapacidad de sobrellevar las

exigencias del mundo de los adultos ¿de qué

medios dispone el niño para sobrellevar las

demandas, deseos y seducciones? El medio más

económico y eficaz es el juego, actividad infantil

por excelencia que el adulto envidia y quiere imitar

(Anzieu, 2001). Tal como lo dice Winnicott: “El

juego instala un espacio ficticio, verdadero

territorio del que todo adulto está excluido, del

que toda seducción directa del adulto está

excluida” (1971).

Esta es la propuesta fundamental del psicoanálisis

infantil que Melanie Klein desarrolla con la técnica

del juego libre, una modalidad adaptada del

método de libre asociación. En sus propias

palabras: “mediante el análisis del juego tenemos

acceso a las fijaciones y experiencias más

profundamente reprimidas del niño y estamos así

en condiciones de ejercer una influencia radical

sobre su desarrollo. La diferencia entre nuestro

método de análisis y el del adulto es puramente de

técnica y no de principios” (1987).



Así pues, el valor elaborativo del juego es el que da

al niño la posibilidad de re-significar sus angustias,

miedos, frustraciones y dar expresión a sus deseos

y demandas. Tal como lo expone Freud en su

texto Recordar, Repetir y Reelaborar: el método

psicoanalítico ayuda en terapia a suprimir las

amnesias causa de lo reprimido que originan la

repetición en el acto del conflicto psíquico, se trata

pues de re-elaborarlo (1914). Para el niño ésta

misma premisa se encuentra en el juego, ya sea en

el espacio terapéutico o en su vida diaria. La

diferencia entre estos dos espacios, el terapéutico y

el del juego diario del niño, es que el primero se da

en torno a la relación transferencial y siempre bajo

un marco específico que le da estructura y sostén.

En esta relación entre al analista y el niño que

juega en terapia se establece una zona intermedia

en la que es posible crear (Winnicott, 1971). Las

fantasías, representaciones y actos del niño son

provistas de sentido gracias al trabajo de

interpretación, la terapia orientada a la cura

posibilita una elaboración del conflicto

inconsciente.



Con esto damos respuesta a nuestra pregunta

inicial, acerca del papel del juego para el niño en

sus dos valores que, por un lado, constituye una

realidad para Ser y por el otro, la asegura,

elaborando aquello que de ésta se vuelve

insoportable, ya sea en el medio natural o en el

creado bajo el marco analítico.

Entendamos pues qué es lo que realmente se

“juega” cuando vemos a un niño sumergido en el

mundo de la fantasía, de ése mundo donde es

posible lo imaginado y en donde el adulto queda

excluido; de ese acto sublime que despierta en

manos del pequeño la más tierna de las pasiones.

MODELOS PEDAGOGICOS 25/07/2013
¿Quieres que tu escuela/facultad sea el Escuela/facultad mas cotizado en Santiago de Cali?

Haga clic aquí para reclamar su Entrada Patrocinada.

Localización

Categoría

Página web

Dirección


Carrera 22 Oeste N° 2/65
Santiago De Cali
5574667