21/02/2026
𝐄𝐥 𝐏𝐚𝐧 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐌𝐮𝐞𝐫𝐭𝐞: 𝐍𝐞𝐠𝐥𝐢𝐠𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐀𝐧𝐮𝐧𝐜𝐢𝐚𝐝𝐚
El 25 de noviembre de 1967, Chiquinquirá amaneció con el olor inconfundible a pan caliente y devoción religiosa profunda. Nadie imaginaba que ese aroma matutino se mezclaría, pocas horas después, con el hedor insoportable de la muerte.
No era un sábado cualquiera, era día de clausura escolar y los niños salen temprano rumbo al colegio y las familias compran pan para el desayuno, confiadas en que lo cotidiano no puede volverse una trampa mortal.
En la Panadería Nutibara, el panadero Joaquín Merchán amasaba la harina llegada la noche anterior sin sospechar absolutamente nada terrible. Notó un olor raro, una humedad extraña en los bultos, algo que no cuadraba del todo. Sin embargo, siguió trabajando por costumbre, por prisa y por esa peligrosa confianza que a veces nace de la rutina.
¿Para qué tirar plata si la cosa parece normal a simple vista engañosa? Ese fue el primer error grave de una cadena fatal e imperdonable.
Fue una sucesión cruel de negligencias criminales que terminaría costando la vida de al menos 85 niños inocentes, aunque otras cifras hablarían después de 98 víctimas. Números distintos, la misma tragedia irreparable.
𝐋𝐚 𝐇𝐚𝐫𝐢𝐧𝐚 𝐄𝐬𝐭𝐚𝐛𝐚 𝐁𝐚𝐧̃𝐚𝐝𝐚 𝐞𝐧 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐧𝐨 𝐌𝐨𝐫𝐭𝐚𝐥
La harina no estaba solo húmeda por la condensación natural. Estaba bañada en Folidol, un pesticida agrícola de muerte lenta. La empresa transportadora “Empresas Boyacá” había movido el veneno junto con el alimento humano, sin separación alguna, sin el mínimo cuidado.
No hubo protocolos, no hubo controles, como si llevaran simples piedras inertes en el camión de carga pesada. Una botella de vidrio de un litro se rompió en el trayecto oscuro y polvoriento del viaje. El líquido tóxico se filtró silenciosamente en todos los bultos de harina blanca destinados al consumo diario.
Cuando el pan salió del horno caliente, el veneno se volvió invisible al ojo humano. Nadie podía olerlo, nadie podía verlo. El pan parecía pan. Y eso fue lo más cruel: la muerte viajaba disfrazada de desayuno.
𝐆𝐫𝐢𝐭𝐨𝐬 𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐚𝐝𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐞𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐂𝐚𝐥𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐂𝐡𝐢𝐪𝐮𝐢𝐧𝐪𝐮𝐢𝐫𝐚́
A las ocho de la mañana, las calles empedradas se llenaron de gritos desgarradores. Los niños caían fulminados camino al colegio, convulsionando sobre el asfalto frío, sin poder respirar. Las madres corrían sin entender qué estaba pasando, cargando cuerpos pequeños que, minutos antes, estaban llenos de vida.
El Hospital San Salvador colapsó bajo la presión de los intoxicados. Se convirtió en una morgue improvisada en cuestión de horas. Los médicos luchaban contra un enemigo invisible, sin antídotos disponibles en un país atrasado y sin preparación para una tragedia de esa magnitud.
Tuvieron que esperar un avión desde Panamá con sueros especiales. Para cuando la ayuda llegó, muchos niños ya estaban mu***os. Otros agonizaban en camillas improvisadas, mientras el pueblo entero se hundía en un silencio roto solo por llantos.
Aurelio Fajardo, dueño de la panadería, salió a la calle gritando como un hombre fuera de sí. “¡No coman pan, está envenenado!”, advertía desesperado. Pero el daño ya estaba hecho. El veneno ya estaba en los estómagos de las víctimas.
La foto de un niño agonizante dio la vuelta al mundo en la revista Life. Colombia quedó expuesta por su falta de control sanitario. La vida valía menos que la logística barata y la negligencia.
Al menos 78 personas, en su mayoría niños, murieron, y alrededor de 800 resultaron intoxicadas
𝐋𝐚 𝐉𝐮𝐬𝐭𝐢𝐜𝐢𝐚 𝐋𝐥𝐞𝐠𝐨́ 𝐋𝐞𝐧𝐭𝐚 𝐲 𝐓𝐚𝐫𝐝𝐞
Lo más indignante fue la respuesta del Estado. La tragedia ocurrió en 1967, pero el Folidol solo se prohibió en 2004. Treinta y siete años de desidia. En 1991 se reglamentó mínimamente el manejo de plaguicidas, y en 2002 se ordenó separar cargas peligrosas de alimentos. Medidas obvias que llegaron después de los mu***os.
Aurelio terminó preso un tiempo y luego libre, pero destruido. Perdió un hijo y la razón. Deambuló por las calles hasta que su familia lo sacó del pueblo.
La transportadora responsable, en cambio, siguió su camino. En Colombia, el dinero compra abogados y los abogados compran impunidad.
𝐔𝐧 𝐋𝐥𝐚𝐦𝐚𝐝𝐨 𝐔𝐫𝐠𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐚 𝐥𝐚 𝐌𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐇𝐢𝐬𝐭𝐨́𝐫𝐢𝐜𝐚
Esto no es historia vieja. La negligencia sigue viva. Hoy hay normas, pero fallan. La cadena de frío se rompe. Los controles se corrompen. La seguridad alimentaria sigue siendo frágil.
Daniel Samper Pizano lo recordó en una crónica años después. Hoy toca recordarlo de nuevo, no para llorar, sino para exigir. Las 98 almas no pueden ser una nota al pie.
Cuando un veneno viaja junto al pan, se firma una sentencia de muerte. Chiquinquirá lo aprendió con sangre. Y el olvido, en este país, también mata.
Gracias por seguir, opinar y compartir para prevenir
Emilcar
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Para que la historia no se repita
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