22/08/2026
Papá… hay un monstruo abajo de mi cama.
Me lo dijo mi hijo con esa cara que uno reconoce de inmediato: no estaba jugando.
Ya eran como las dos de la mañana.
Yo tenía sueño, frío y cero ganas de andar investigando monstruos. 😅
Pero fui.
Me agaché.
Miré debajo de la cama.
Había un calcetín, dos carritos, una botella vacía y suficiente polvo como para preocuparme más que cualquier monstruo.
—No hay nada, hijo.
—¿Seguro?
—Seguro.
Entonces me pidió:
—¿Puedes revisar otra vez?
Y revisé otra vez.
Después el clóset.
Después detrás de la cortina.
Hasta levanté una cobija porque, aparentemente, los monstruos también saben esconderse muy bien.
Cuando terminé, me dijo:
—¿Te puedes quedar poquito?
Me acosté a su lado.
A los cinco minutos ya estaba dormido.
Yo no.
Yo estaba ahí, viendo el techo, pensando en algo bien simple:
para mí nunca hubo un monstruo.
Pero para él sí.
El miedo era real aunque la criatura no existiera.
Y creo que a veces los adultos olvidamos eso.
Nos sale decir:
—No tengas miedo.
—No pasa nada.
—Ya estás grande.
Como si decirlo fuera suficiente para apagar lo que un niño está sintiendo.
Esa noche no necesitaba que yo le demostrara científicamente que no existen monstruos debajo de la cama.
Necesitaba ver que, si él tenía miedo, papá estaba dispuesto a agacharse y mirar.
Algún día los monstruos van a cambiar.
Ya no estarán debajo de la cama.
Tal vez serán problemas en la escuela.
Una persona que lo trate mal.
Una decisión que no sepa tomar.
Una noche en la que algo le salga terriblemente mal.
Y probablemente yo tampoco pueda hacer desaparecer todos esos monstruos.
Pero espero que recuerde lo mismo que aprendió aquella madrugada:
puede llamarme.
Aunque sean las dos de la mañana.
Aunque para mí el problema parezca pequeño.
Aunque tenga que revisar debajo de la cama veinte veces.
Porque mientras pueda hacerlo, quiero que sepa que hay algo más fuerte que cualquier monstruo imaginario:
escuchar a papá decir desde la oscuridad: “Aquí estoy.”