13/12/2025
LA MUERTE QUE A NADIE DOLIÓ
En el corazón palpitante de Planeta Rica, una tierra donde la memoria teje sus hilos con la brisa que mece los sembradíos, conocemos, con una familiaridad que se hereda de generación en generación, el eco persistente de las ausencias. Sabemos del peso ineludible que deja el silencio cuando una vida se extingue prematuramente, del vacío que se instala en los umbrales de la casa y en las cavidades del alma. Es con esa profunda comprensión, anclada en la experiencia colectiva, que hoy elevo mi voz, no movido por un capricho pasajero, sino con la gravedad que confiere la responsabilidad inherente a la ciudadanía y el compromiso inalterable de mi vocación como maestro. Mi reclamo no se limita a la mera lamentación por un árbol, por majestuoso que este fuera, sino que se extiende a la profunda simbología y al irrecuperable valor patrimonial que su súbita y silenciosa partida ha amputado de nuestro tejido social y educativo.
Se trata, entonces, de la incomprensible y aún no justificada desaparición de aquel campano centenario, erguido como un patriarca silencioso en el corazón mismo de la Institución Educativa Simón Bolívar. Este coloso vegetal, cuya existencia se medía en la escala de un siglo, trascendió con creces la simple función de un adorno inanimado en el paisaje escolar. Fue, para innumerables generaciones de estudiantes y educadores, un auténtico abuelo de madera, un ser cuya vasta copa tejía su sombra protectora sobre los sueños y las esperanzas, un observador impávido de los primeros amores inocentes que florecían bajo su ramaje, de los juegos infantiles que salpicaban de risas el patio y de los secretos más íntimos que se confiaban a la solícita discreción de sus raíces profundas. No obstante, con una determinación tan incomprensible como la misma indolencia, fue arrancado de raíz, despojado de su anclaje vital a la tierra que lo vio nacer y crecer, con la desoladora frialdad de un olvido que parece haberse cernido sobre su legado.
Este acto, de una trascendencia que va más allá de la mera tala, desdibuja, como una bruma repentina, la luminosa esencia de una institución que, por mandato intrínseco, está llamada a ser un faro de vida, un epicentro de conocimiento y de respeto por todo lo que bulle y respira. Pero, si algo lacera con particular intensidad, si algo deja una herida más profunda que el tajo del hacha, es la ominosa forma en que se consumó el hecho: bajo un manto de silencio impenetrable. La comunidad educativa y, por extensión, la sociedad de Planeta Rica, auténtica depositaria y legítima dueña de su entorno y de su patrimonio, fue deliberadamente excluida del proceso; no se le concedió el elemental derecho a la consulta, no se le permitió siquiera una despedida digna, un último adiós que honrara su centenaria existencia. Ni siquiera se nos ofreció la oportunidad, como se concede a un ser querido que lucha contra la enfermedad, de buscar una segunda opinión experta, de sopesar con la rigurosidad de la ciencia y la técnica la posibilidad real de preservar su vida, de agotar hasta la última esperanza antes de pronunciar la irrevocable condena al filo inclemente del hacha. Hasta la presente fecha, un denso velo de silencio administrativo ha envuelto este lamentable suceso, impenetrable como las murallas de un castillo olvidado. De los anaqueles de las entidades responsables, en particular de la Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y del San Jorge (CVS), no ha emergido, ni por asomo, la orden oficial o el dictamen pericial que pudiese avalar tan drástica y expeditiva sentencia de muerte para un ser tan venerable. Las explicaciones balbuceadas, que aluden a supuestas enfermedades terminales o a los embates de un rayo, resuenan en el vacío de la justificación, desprovistas de la robusta solidez técnica y la evidencia irrefutable que cualquier procedimiento de esta magnitud, que se atreve a extinguir un siglo de existencia vegetal, exige con imperiosa voz y pulcra responsabilidad.
Si nuestra sociedad, envuelta en las prisas de la modernidad y la indiferencia, es capaz de ignorar la caída estrepitosa de un gigante que, durante cien años, nos obsequió con su aire purificado y la generosidad de su sombra benéfica, ¿qué revelación profunda, qué sombría verdad, nos lanza este acto sobre nuestra propia capacidad de empatía, sobre el temple de nuestra alma colectiva para sentir y reconocer la vida que nos rodea? Frente a este atropello flagrante a nuestro patrimonio natural y a la memoria viva que nos constituye, mi voz se alza hoy, no con la súplica de quien busca un favor o una dádiva, sino con la firmeza inquebrantable de quien demanda justicia, una justicia que tiene el rostro de la verdad y la transparencia. Exijo, con el peso de la razón y el amparo de la ley, a la Secretaría de Educación Municipal, a la Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y del San Jorge (CVS) y a las directivas de la Institución Educativa Simón Bolívar, que dispongan de inmediato sobre la mesa pública todos los estudios técnicos y los informes periciales que, supuestamente, fundamentaron tan drástica determinación.
Que nos enfrenten con la mirada franca, con la honestidad que se exige de quienes administran lo público, y expliquen, con la claridad límpida del arroyo que ahora se intuye ausente de su cauce, las razones irrefutables que impidieron un intento de curación, un esfuerzo de salvamento, antes de pronunciar la sentencia final que segó sin piedad una vida. Porque, al derribar con alevosía ese venerable campano, no solo se consumó la pérdida de un ser vivo y el despojo de una memoria arraigada, sino que, con ello, se resquebrajaron de manera imperdonable los pactos fundamentales que, como argamasa invisible, nos cohesionan y nos definen como sociedad civilizada: Se quebrantó, sin remordimiento aparente, el espíritu y la letra del Artículo 79 de nuestra Constitución Política, el cual garantiza a todos los ciudadanos el inalienable derecho a g***r de un ambiente sano, un mandato que exige, sin paliativos, la protección y la conservación de nuestra riqueza natural para las generaciones venideras. Se ignoró, con una ceguera voluntaria, lo dispuesto en la Ley 99 de 1993, estatuto que no solo ordena la participación ciudadana en las decisiones que atañen a la gestión ambiental del país, sino que también nos confiere el derecho inalienable de intervenir en la definición del destino de nuestra tierra, de los recursos que la habitan y de los seres que la embellecen.
Se desatendió, con una ironía desoladora, el noble precepto de la Ley General de Educación, que establece como uno de los pilares de la formación escolar la imperiosa necesidad de inculcar en los estudiantes el amor y el respeto por la vida en todas sus manifestaciones, y no, por el contrario, la indiferencia o la destrucción de aquello que nos nutre y nos da cobijo. Se vulneró, con una ligereza inaceptable, el mismísimo Código Nacional de Recursos Naturales Renovables y de Protección al Medio Ambiente, una norma cardinal que eleva a los árboles, como el campano que hoy lamentamos, a la categoría de patrimonio irremplazable, una herencia vital que debemos custodiar con celo para el usufructo y el deleite de nuestros hijos y de sus hijos. Aquel campano, cuyo recuerdo se niega a desvanecerse, no era, en la verdad más profunda de su ser, un simple tronco inerte, una masa de madera sin alma; era, por el contrario, un patrimonio vivo y palpitante, un cuerpo vegetal que respiraba en íntima sintonía con cada uno de nosotros, que compartía el mismo aire y la misma tierra.
Su partida abrupta, esa ‘muerte que a nadie pareció dolerle’ ante el juicio de la indiferencia oficial, no puede, bajo ninguna circunstancia, disolverse como una gota de rocío en la vasta inmensidad de la nada, sin dejar rastro ni memoria. No permitamos, por consiguiente, que, además de arrebatarnos la presencia física de nuestro guardián arbóreo, se nos hurte también el sagrado derecho al duelo, a la expresión legítima del dolor por la pérdida, y a la verdad insobornable de lo ocurrido. Que este reclamo, que hoy resuena con la fuerza de un trueno en la llanura, sea la memoria que le fue negada en vida y en su aciago final, y que, de las cenizas de esta injusticia, la verdadera justicia florezca con la tenacidad de la maleza en el sitio exacto donde hoy solo observamos un vacío doloroso en la tierra y una cicatriz profunda e imborrable en el alma de nuestra historia colectiva.