14/12/2016
"Tres días después, cuando se había vuelto a la rutina, llegó la carta de Férula a Las Tres Marías. Esteban Trueba había soñado esa noche con Rosa. Hacía mucho tiempo que eso no le ocurría. En el sueño la vio con su pelo de sauce suelto en la espalda, como un manto vegetal que la cubría hasta la cintura, tenía la piel dura y helada, del color y textura del alabastro. Iba desnuda y llevaba un bulto en los brazos, caminaba como se camina en los sueños, aureolada por el verde resplandor que flotaba alrededor de su cuerpo. La vio acercarse lentamente y cuando quiso tocarla, ella lanzó el bulto al suelo, estrellándolo a sus pies. Él se agachó, lo recogió, y vio a una niña sin ojos que lo llamaba papá. Se despertó angustiado y anduvo de mal humor toda la mañana. A causa del sueño, se sintió inquieto, mucho antes de recibir la carta de Férula. Entró a tomar su desayuno en la cocina, como todos los días, y vio una gallina que andaba picoteando las migas en el suelo. Le mandó un puntapié que le abrió la barriga, dejándola agónica en un charco de tripas y plumas, aleteando en medio de la cocina. Eso no lo calmó, por el contrario, aumentó su rabia y sintió que comenzaba a
ahogarse. Se montó en el caballo y se fue al galope a vigilar el ganado que estaban marcando. En eso llegó a la casa Pedro Segundo García, que había ido a la estación San Lucas a dejar una encomienda y había pasado por el pueblo a recoger el correo. Traía la carta de Férula.
El sobre aguardó toda la mañana sobre la mesa de la entrada. Cuando Esteban Trueba llegó, pasó directamente a bañarse, porque iba cubierto de sudor y de polvo, impregnado del olor inconfundible de las bestias aterrorizadas. Después se sentó en su escritorio a sacar cuentas y ordenó que le sirvieran la comida en una bandeja. No vio la carta de su hermana hasta la noche, cuando recorrió la casa como hacía siempre antes de acostarse, para ver que los faroles estuvieran apagados y las puertas
cerradas. La carta de Férula era igual a todas las que había recibido de ella, pero al tenerla en la mano, supo, aun antes de abrirla, que su contenido le cambiaría la vida. Tuvo la misma sensación que cuando sostenía el telegrama de su hermana que le anunció la muerte de Rosa, años atrás.
La abrió, sintiendo que le latían las sienes a causa del presentimiento. La carta decía brevemente que doña Ester Trucha se estaba muriendo y que, después de tantos años de cuidarla y servirla como una esclava, Férula tenía que aguantar que su madre ni siquiera la reconociera, sino que clamaba día y noche por su hijo Esteban, porque no quería morirse sin verlo. Esteban nunca había querido realmente a su madre, ni se sentía cómodo en su presencia, pero la noticia lo dejó tembloroso. Comprendió que ya no le servirían los pretextos siempre novedosos que inventaba para no visitarla, y que había llegado el momento de hacer el camino de vuelta a la capital y enfrentar por última vez a esa mujer que estaba presente en sus pesadillas, con su rancio olor a medicamentos, sus quejidos tenues, sus interminables oraciones, esa mujer sufriente que había poblado de prohibiciones y terrores su infancia y cargado de
responsabilidades y culpas su vida de hombre. Llamó a Pedro Segundo García y le explicó la situación. Lo llevó al escritorio y le mostró el libro de contabilidad y las cuentas de la pulpería. Le entregó un manojo con todas las llaves, menos la de la bodega de los vinos, y le anunció que a partir de ese momento y hasta su regreso, él era responsable de todo lo que había en Las Tres Marías y que cualquier estupidez que cometiera la pagaría muy cara. Pedro Segundo García recibió las llaves, se metió el libro de cuentas debajo del brazo y sonrió sin alegría.
-Uno hace lo que puede, no más, patrón -dijo encogiéndose de hombros.
Al día siguiente Esteban Trueba rehizo por primera vez en años el camino que lo había llevado de la casa de su madre al campo. Se fue en una carreta con sus dos maletas de, cuero hasta la estación San Lucas, tomó el coche de primera clase de los tiempos de la compañía inglesa de ferrocarriles y volvió a recorrer los vastos campos tendidos al pie de la cordillera.
Cerró los ojos e intentó dormir, pero la imagen de su madre le espantó el sueño."
Isabel Allende, La casa de los espíritus