20/02/2024
Mt 6, 7 – 8. La oración desde las necesidades
Cuando oréis, no charléis mucho.
Una de las definiciones que tenemos de la oración es entablar un diálogo con aquel que nos ama y hemos creído que ese diálogo es un cúmulo de palabras, jaculatorias muy bien elaboradas. Con mucha facilidad podemos caer en la tentación de orar desde la superficialidad, desde los deseos e impulsos, en vez desde la profundidad. Somos extremadamente creativos para huir de todo aquello que nos duela, cause incomodidad y nos genere malestar; evitamos sentirnos limitados, evitamos sentirnos necesitados porque de alguna manera eso nos permite tener el control.
Intentar ser la voz escuchada, reconocida, valorada es el síntoma de que se está buscando afuera lo que ha sido difícil abrazar en el interior. La palabrería, es decir, el deseo de estar siempre hablando y ser escuchado es una de las maneras de identificar la desconexión emocional y espiritual. En la dificultad de no poder acoger lo difícil y complejo que brota del corazón las narrativas he historias aparecen como una falsa ilusión de alivio. Somos expertos en auto diagnosticarnos, saber lo que nos pasa, identificar los detonantes, modos de actuar y pensar, hacemos prácticas para salir de las creencias limitantes e incluso reconocemos cuál fue la herida de la infancia que no nos permitió ser nosotros mismos y aún así seguimos en desconexión ¿Por qué? Porque tú y yo somos más que etiquetas, porque la oración en vez de ser un tratado de lo que sabemos de nosotros, en vez de ser frases muy elocuentes y teológicamente bien ordenadas es un desprendimiento, un acto de confianza y conexión con las necesidades más profundas del alma.
Orar desde las limitaciones es orar desde el corazón dejando aflorar y fluir todo aquello que sentimos. Orar desde lo difícil de transitar es permitirse ser acogido y abrazado por aquel que conoce lo que necesitamos. Orar nos obliga a soltar el control de lo que creemos que sabemos de nosotros mismos y adentrarnos en un terreno desconocido. La verdadera oración nos invita a soltar nuestra máscaras y mecanismos de sobrevivencia para ser escuchados por el Padre que nos conoce, la verdadera oración reconoce en el silencio el espacio privilegiado para escuchar el interior que grita. La verdadera oración tiene como frutos el sentirse escuchado, liberado, acompañado en medio de la angustia y salvado cuando nos estamos hundiendo. La verdadera oración fecunda nuestro interior y lo hace germinar.
José Luis Balbín Pérez