08/06/2025
En 1989 asesinaron a Galán, el hombre que soñaba un país distinto sin necesidad de desangrarlo. En 1990, cayeron Jaramillo y Pizarro, uno comunista, el otro exguerrillero, ambos ciudadanos de un país que no supo protegerlos ni entenderlos. Los mataron por pensar. Por hablar. Por incomodar. Y ahora, tres décadas después, seguimos fusilando las ideas desde el anonimato de una bala cobarde.
Nos llenamos la boca hablando de reconciliación, pero no soltamos el machete. Pedimos justicia, pero sólo para los nuestros. Y mientras tanto, el país se oxida en el andén de la historia, viendo pasar la oportunidad de ser algo más que una suma de tragedias con fecha.
No se construye nación sobre cadáveres, ni se sostiene democracia con miedo. Si la política sigue siendo una trinchera en vez de una plaza, si el adversario sigue siendo visto como enemigo, y si los discursos se acompañan de escoltas en vez de argumentos, entonces, no hemos avanzado ni un centímetro desde aquella tarde del 9 de abril de 1948.
Miguel Uribe vivió. Pero el mensaje es claro; la sombra del magnicidio no se ha ido, sólo estaba agazapada, esperando el momento. Lo más triste no es que intentaran asesinarlo. Lo más triste es que no nos sorprende, pues nos encontramos en un país acostumbrado a la violencia.
Y ahora qué, ¿volveremos a encender velitas por la paz mientras apagamos la vida de quien piensa distinto? ¿Le escribiremos canciones a los caídos mientras fabricamos los próximos? ¿O aprenderemos —por fin— que democracia es disentir sin morir por ello?
Tal vez algún día hablemos de una Colombia donde las ideas no necesiten chaleco antibalas. Pero por ahora, lo que tenemos es esto; un país donde las balas votan antes que el propio pueblo. Y esa, es la derrota más grande de todas.
Si la vida de tu contradictor no te estremece, entonces has perdido la tuya sin darte cuenta. Y no hay peor condena para un país que convertirse en sepulturero de lo que pudo ser, un lugar donde la palabra valga más que una bala.
Que nadie vuelva a dormir tranquilo si el precio es el silencio ante la muerte ajena.