29/08/2026
En un día como hoy, bajo el sol de Virgo, en una mañana de verano, nace en un cruce de caminos, en una ciudad del desierto, una pequeña bebé. La que vendría a ser la cuarta hija de una familia cualquiera, tradicional del norte de México. Esta bebé y su madre, al momento de nacer, lloraron inconsolablemente hasta que el sueño las venció. Esa bebé probablemente ya sabía lo que le esperaba en esta vida y, aun así, decidió venir por su propia voluntad. Y a su mamá se le ocurrió, así sin más, ponerle exactamente el mismo nombre que ella. Años después, cuando aquella bebé, convertida primero en niña y después en adolescente —la edad de las preguntas— le preguntó: “¿Por qué me pusiste el mismo nombre que el tuyo, si yo no fui la primera hija?”, su mamá simplemente respondió: “No sé… así te tocó y yo obedecí”. Y así comenzó esta historia.
El tiempo pasó y aquella almita fue recorriendo los septenios de la vida, cada uno distinto del anterior y, en su momento, aparentemente sin conexión entre sí. Primero fue una bebé indefensa, descubriendo el mundo desde la absoluta dependencia; después una niña que aprendía a pertenecer, a confiar, a jugar y a imaginar; más tarde llegó la adolescencia, esa maravillosa y confusa edad de las preguntas, cuando uno comienza a sospechar que quizá no es exactamente quien los demás dicen que es. Después vino la juventud, con la búsqueda de identidad, los sueños, los amores, las decisiones, los errores y ese intento constante de encontrar un lugar propio en el mundo. Y luego llegó la adultez, con sus responsabilidades, sus certezas y también sus preguntas nuevas, porque resulta que crecer no significa dejar de preguntarse quién eres, sino aprender a hacerte preguntas cada vez más profundas.
Así fueron pasando los septenios, y con ellos fueron cayendo algunas pieles. Algunas se desprendieron solitas, simplemente porque la vida cambió y ya no había manera de seguir siendo la misma. Otras, en cambio, eran mucho más sutiles y no podían caer por sí mismas; esas hubo que reconocerlas, cuestionarlas y decidir voluntariamente cuándo soltarlas. Y cuando llegó el sexto septenio, aquella alma ya había experimentado su despertar consciente, pero todavía no había terminado de cambiar de piel. Así que se lanzó como gorda en tobogán, sin saber que aquello no era un tobogán, sino una montaña rusa interdimensional que parecía no tener principio ni fin. Y literal, el tiempo se aceleró, los sentidos cambiaron y se movieron cosas por dentro que ni siquiera sabía que estaban ahí. Hubo momentos de expansión y otros de contracción, momentos de perderse y otros de volver a encontrarse, hasta que poco a poco comenzó a comprender que quizá todo aquello no estaba sucediendo para convertirla en alguien diferente, sino para quitarle todo aquello que ya no necesitaba cargar.
Y así, casi sin darse cuenta, llegó el momento de bajarse de esa montaña rusa. No porque hubiera llegado a la cima, ni porque finalmente hubiera encontrado todas las respuestas, sino porque entendió algo mucho más sencillo: ya no tenía que correr para llegar a ninguna parte. Y esa travesía culminó justo en vísperas de su vuelta al Sol número 42, cuando aquella bebé que un día llegó llorando al mundo se encontró, una vez más, frente a una nueva puerta.
Hoy entro en mi séptimo septenio mucho más consciente de algo que quizá me habría costado entender hace algunos años: ya no necesito buscarme, ni demostrarle nada a nadie, ni siquiera a mí misma. Empiezo a habitarme. Ya no compito con nadie, ni siquiera con las versiones de mí que quedaron atrás, porque cada una de ellas hizo lo que pudo con la conciencia que tenía en ese momento. Hoy puedo mirar hacia atrás con gratitud, no para regresar, sino para reconocer el camino que me trajo hasta aquí. Y desde ese lugar, mi visión y mis acciones comienzan a consolidarse desde una conciencia más madura, más tranquila y, sobre todo, más mía.
Lily