07/06/2022
Carta Nº11
Hola Rector.
Aprovecho que está comenzando a nevar, que el calor de la casa es un buen anfitrión y que tengo mucho para contarle.
Eve, es una pequeña de enormes ojos negros que miran siempre desde abajo. No levanta su cara, no mira de frente, no sostiene la mirada, parece avergonzada. Permanece siempre en una mesa alejada del grupo, con una maestra - exclusiva para ella- que le habla en voz muy baja para no interrumpir la clase en la que ella, no participa.
Con los días, entiendo que Eve tiene dificultades para aprender y que la escuela le ofrece apoyo. Le permiten ocupar un espacio dentro del mismo salón. Ella mira a sus compañeros y a la maestra del grupo, con una mirada entre nostálgica y hostil.
Un día, nuestras miradas se encuentran y con un gesto, la invito a sentarse junto a mi, en el mismo círculo de sus compañeros. Ella, entiende mi invitación y en un acto de rebeldía se levanta de su silla, deja a su asombrada maestra y se vincula al grupo, sentándose a mi lado.
Tal vez mi carácter de invitada cohíbe a sus maestros para hacerla regresar. Eve permanece todo el día – y los días siguientes- conmigo, y asiste por primera vez a todas las clases. Participa en música, en deporte, en arte, y ante sus asombrados maestros, se muestra cada vez más segura, participativa y sonriente.
Sus compañeros la reconocen y se acercan más a ella, pero la niña prefiere estar en la aparente seguridad que le brinda mi cercanía.
Con los días, asume un nuevo rol, se convierte en mi maestra y comienza a enseñarme palabras en inglés, me pide con frecuencia que las repita después de mostrarme objetos y espacios del colegio, que ella me indica con sus dedos pequeños.
Durante el primer recreo, noté su torpeza motriz, torpeza que se fue disipando con ejercicios que hacíamos las dos. Los maestros cuchicheaban a nuestro paso y cuando nos veían jugar. Aprendió a recibir un balón, sin cubrirse la cara, a saltar en un pie y con los pies juntos, participó en las rondas sencillas que proponía el maestro de música, y le permitieron usar pinceles. La duración de estas clases, - arte, música- es de veinte minutos; me quedé pensando que, en nuestro colegio, allá en Colombia, estas clases cobraron tal importancia para la vida de los niños y maestros, que en los horarios se encontraban dos bloques de trabajo de dos horas académicas cada uno, para el arte, para la música, y para el cuerpo.
Finalmente aprendimos las dos, -Eve y yo- la una de la otra, la otra de la una. Reconocimos nuestras carencias y jugamos a superarlas, ella notó que yo no entendía el inglés y se identificó conmigo. Yo también tenía carencias, y era como ella.
Cuando me despido de ese colegio, pasado un mes, le pido a todos los dioses, que los maestros le permitan a Eve continuar participando con su grupo de compañeros, porque ella y yo sabemos que puede, que debe y que necesita hacerlo.
Comienzo a extrañarlos mucho
Un abrazo
Esperanza Chía