17/03/2026
Ayer me pasó algo raro.
Estaba en el estudio, tarde, solo. De esos días en que uno no quiere hablar con nadie… pero tampoco quiere irse.
Tenía una pista sonando en loop. Una voz que no terminaba de afinar, un fraseo que no encontraba su lugar. Y mientras más lo intentaba arreglar, peor sonaba.
Frustrante.
Apagué todo.
Silencio.
Y de la nada, me acordé de una alumna. De cuando llegó la primera vez… nerviosa, sin confianza, cantando bajito, casi pidiendo permiso para existir en la canción.
Me acuerdo que me dijo: “Yo no sé si sirvo para esto…”
Y hoy… canta con vibrato. Con intención. Con presencia.
No porque tenga “talento mágico”.
Sino porque se quedó.
Porque volvió a intentarlo cuando no salía. Porque cantó incluso cuando se escuchaba mal. Porque se atrevió a equivocarse… muchas veces.
Prendí de nuevo la sesión.
Y en vez de buscar que la voz fuera perfecta… la dejé ser.
Con sus pequeñas imperfecciones. Con su humanidad.
Y ahí apareció algo.
No perfecto. Pero real.
Y eso… conecta mucho más.
A veces creemos que tenemos que estar “listos” para hacer algo bien.
Pero la verdad es otra:
Primero lo haces mal. Después lo haces mejor. Y un día… sin darte cuenta… lo haces tuyo.
Si hoy sientes que no te resulta… que no avanzas… o que no eres suficiente…
Quédate.
Ahí empieza todo.