26/04/2026
Hemos crecido escuchando que lo más importante es “ser alguien”. Ser alguien en la vida significaba destacar, diferenciarse, ser el mejor y ahora, brillar. Nadie nos lo dijo con mala intención, nuestros padres lo aprendieron de los suyos y así hacia el pasado. Son generaciones enteras en una cultura que fue olvidando, paso a paso, que el “yo” no era el fin, sino solo un medio. Y esa herencia cultural se nos metió tan adentro de nosotros mismos que la dejamos de notar, como el pez que no ve ni siente que el agua es el medio en que habita. El ego se fue inflando en silencio, haciéndose cada vez más protagonista, hasta que un día ya no era una parte de nosotros, sino todo lo que creemos ser.
Cuando el ego se convierte en todo lo que somos, algo muy triste empieza a pasar: el mundo se vuelve amenazante. Si yo soy mi imagen, mi opinión, mi historia personal, entonces cada persona que piensa distinto, no está simplemente pensando distinto; me está cuestionando a mí, me está negando. Eso es lo que llamo; la “paranoia del ego”. Y no es algo que le pase solo a unos pocos, es la fiebre silenciosa de nuestra época. Vivir interpretando miradas, midiendo intenciones, defendiéndose de ataques que casi nunca existen. Entonces el ego construye una cárcel para protegerse y después se olvida de que él mismo tiene la llave, para salir de ahí.
Las sabidurías perennes siempre conocieron la salida, y siempre fue la misma: soltar. La toltequidad lo llama perder la importancia personal, el budismo lo practica como desapego, los abuelos chamanes de todas las latitudes lo viven cada vez que se hacen pequeños frente a lo sagrado.
Lo que descubrieron, es que el camino opuesto a la paranoia no es la fortaleza sino la compasión, aquella capacidad sencilla y enorme de mirar al otro y reconocer que su vida es tan real como la mía, que su dolor pesa tanto como el mío, que no estoy solo en esto. Cuando eso ocurre, aunque sea por un instante, el ego se afloja, respira, y recuerda que es parte de algo mucho más grande que él mismo. Lo más maravilloso de todo esto, muchachas, muchachos, es que no hace falta llegar al fondo del pozo para cambiar de camino. Cada vez que escuchamos con cariñosa atención, cada vez que elegimos estar presentes en lugar de tener razón, cada vez que nos permitimos ser frágiles sin sentirnos destruidos, ya estamos caminando en la otra dirección.
La paranoia del ego es real y en esta posnormalidad se ha vuelto pandemia, pero sabemos que no es destino, es solo un olvido. Y de los olvidos, muchachos, se vuelve. Se vuelve como cultura recordando lo que las sabidurías ancestrales nunca dejaron de decirnos: que la conexión siempre fue más verdadera que la separación, y que la puerta siempre estará abierta, sin candado, para salir de ahí.
La Paranoia del Ego: Cuando el Yo se Vuelve Prisión.
Claudio Arenas Vergara
Psicozoica Editores
Escuela de Alta Consciencia