10/08/2026
Los encabezados colocados sobre los pasajes bíblicos, los números grandes que identifican los capítulos y los números pequeños que señalan los versículos no fueron escritos por los autores. Pertenecen al proceso posterior de transmisión y edición de la Biblia. Su función consiste en organizar el contenido y facilitar su localización; no poseen autoridad para determinar el significado, el contexto o el género literario de un pasaje.
Estos elementos forman parte de lo que se conoce como paratexto. El paratexto comprende los recursos colocados alrededor del texto principal para facilitar su lectura y consulta: títulos, subtítulos, numeración, notas, referencias e índices. Aunque resultan útiles, deben distinguirse de las palabras que pertenecen al documento bíblico.
Las antiguas copias de la Biblia ya contenían diferentes formas de organización. En la tradición hebrea existían las *parashot*, secciones delimitadas mediante espacios abiertos o cerrados, además de otros sistemas relacionados con la lectura pública. La tradición masorética conservó las divisiones de los versículos y señaló su terminación mediante el *sof pasuq*. Sin embargo, aquellas divisiones no utilizaban todavía el sistema moderno de capítulos y números impresos.
Los copistas del Nuevo Testamento también incorporaron diferentes recursos para facilitar la lectura. Algunos manuscritos emplearon signos marginales, cambios en el tamaño de las letras y separaciones entre unidades. Posteriormente aparecieron los κεφάλαια, *kephálaia*, y los τίτλοι, *títloi*, utilizados para organizar determinadas secciones. También se desarrollaron las secciones amonianas y los cánones de Eusebio, que permitían localizar y comparar relatos paralelos entre los cuatro evangelios.
Estos sistemas fueron incorporados durante el proceso de transmisión manuscrita. No procedían de Mateo, Marcos, Lucas, Juan ni de los demás autores bíblicos. Tampoco coincidían necesariamente con los capítulos empleados actualmente. Un mismo libro podía circular con diferentes formas de organización.
La división en capítulos que todavía utilizamos comenzó a consolidarse a comienzos del siglo XIII y se atribuye tradicionalmente a Stephen Langton, maestro de teología en París y posteriormente arzobispo de Canterbury. El sistema se difundió mediante las Biblias producidas en París y terminó convirtiéndose en un método común de referencia.
Los estudios históricos hablan de una atribución a Langton porque existieron otros sistemas anteriores y no se conserva un documento en el que él declare haber creado por sí solo todas las divisiones. Lo que puede afirmarse es que la organización relacionada con su trabajo fue la que terminó imponiéndose en las Biblias occidentales.
Las ediciones impresas del texto hebreo también adoptaron esos capítulos durante el siglo XVI para facilitar la consulta y la elaboración de concordancias. Por tanto, los números grandes que actualmente identifican los capítulos proceden de un sistema medieval aplicado posteriormente tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento.
El número 16 colocado antes de Lucas 16 no fue escrito por Lucas. Indica una división añadida muchos siglos después de la composición del Evangelio. Por esta razón, el comienzo o el final de un capítulo no siempre coincide con el inicio o la conclusión del argumento desarrollado por el autor.
La historia de los números pequeños es diferente. La tradición hebrea ya reconocía unidades equivalentes a los versículos y conservaba sus límites mediante la lectura y la acentuación masorética. Lo que se incorporó posteriormente fue su numeración sistemática mediante cifras colocadas en el texto o en los márgenes.
En 1528, el dominico y especialista en lenguas bíblicas Sante Pagnini publicó en Lyon una Biblia latina con versículos numerados. Las divisiones utilizadas en el Antiguo Testamento correspondían en gran medida con la tradición masorética. Su organización del Nuevo Testamento, sin embargo, no fue la que finalmente se impuso.
Robert Estienne, conocido también como Stephanus, publicó en 1551 un Nuevo Testamento griego con versículos numerados. Ese sistema constituye la base de la numeración utilizada actualmente en el Nuevo Testamento. La Biblia de Ginebra de 1560 fue la primera Biblia completa en inglés que empleó los capítulos y la versificación de Estienne, contribuyendo a su difusión.
Los números pequeños tampoco convierten cada versículo en una declaración independiente. Su finalidad es proporcionar una dirección precisa. La referencia “Lucas 16:19” permite localizar una oración, pero el número 19 no establece por sí mismo dónde comienza una enseñanza ni separa esa oración de lo escrito antes y después.
Los encabezados descriptivos tienen otra historia. Algunos manuscritos antiguos ya contenían encabezados organizativos que indicaban el nombre del libro o permitían localizar secciones. Los títulos que resumen el contenido de un pasaje, semejantes a los utilizados actualmente, comenzaron a difundirse especialmente con las Biblias impresas del siglo XVI.
Los editores colocaron palabras o frases que permitían identificar rápidamente los asuntos tratados en cada página. Con el tiempo, esas indicaciones dieron origen a muchos de los títulos y subtítulos que aparecen en las Biblias modernas. Su redacción depende del comité de traducción, la editorial y la edición utilizada.
Algunas versiones identifican al personaje principal; otras destacan el tema doctrinal o clasifican el género literario. Por esta razón, una misma narración puede recibir encabezados diferentes. El título constituye una propuesta editorial acerca del contenido del segmento, no una declaración escrita por el autor bíblico.
Incluso algunas traducciones advierten en sus prefacios que los encabezados fueron añadidos como ayuda, que no forman parte del texto y que no deben utilizarse para imponer una interpretación. A pesar de esta advertencia, muchas personas comienzan su estudio aceptando como verdadera la clasificación proporcionada por el título.
Primero leen el encabezado y después interpretan todos los versículos desde esa categoría. De esa manera, una decisión editorial termina controlando la comprensión del pasaje. Además, el lector suele limitar su análisis a los versículos colocados debajo del subtítulo, aunque el argumento pueda haber comenzado antes o continuar después.
Lucas 16:19-31 demuestra este problema. La Reina-Valera 1960 coloca sobre el pasaje el encabezado “El rico y Lázaro”. Algunas personas utilizan la ausencia de la palabra “parábola” para afirmar que Lucas estaba registrando una historia literal.
La Nueva Traducción Viviente, en cambio, titula el mismo segmento “Parábola del rico y Lázaro”. Otras ediciones utilizan “Parábola del rico y del pobre Lázaro”. El texto griego no contiene ninguno de esos encabezados. Lucas 16:19 comienza directamente:
Ἄνθρωπος δέ τις ἦν πλούσιος
“Había cierto hombre rico”.
Si el encabezado tuviera autoridad interpretativa, el pasaje cambiaría de género al cambiar de Biblia: sería una historia literal en una edición y una parábola en otra. Esto demuestra que la naturaleza del relato no puede establecerse mediante una frase añadida por los editores.
La formulación de Lucas 16:19 también debe compararse con Lucas 16:1, donde comienza la parábola del administrador:
Ἄνθρωπός τις ἦν πλούσιος
“Había cierto hombre rico”.
Expresiones semejantes aparecen en Lucas 15:11: “Cierto hombre tenía dos hijos”, y en Lucas 14:16: “Cierto hombre hizo una gran cena”. El género del relato debe examinarse mediante su forma literaria, su vocabulario, su relación con las demás enseñanzas de Jesús y el contexto general de Lucas 16. La presencia o ausencia de una palabra en el encabezado no constituye evidencia textual.
El mismo procedimiento hizo que el hombre de Marcos 5 fuera identificado tradicionalmente como “el endemoniado gadareno”. La designación destaca su condición inicial y omite la actividad que Marcos registra después de su restauración. Cuando el título controla la lectura, la atención se concentra en los demonios y se reduce la importancia de la encomienda que recibió y de su proclamación en la Decápolis.
Los encabezados pueden utilizarse para localizar un asunto y obtener una orientación inicial. Los capítulos y versículos permiten citar, comparar y encontrar rápidamente una sección. Esa es su función. Para interpretar debe leerse el texto completo, comprobar dónde comienza realmente el argumento y distinguir las palabras del autor de las indicaciones añadidas por copistas, traductores y editores.