13/07/2026
Arena y sal
Eric Manquez
Cuando el sol se derrumba
en el andamio final del mundo,
el mar se pone su camisa de plata
como un animal que recuerda su divinidad,
y las olas, fatigadas,
cierran los ojos con la sabiduría
de los que han amado demasiado.
Yo, tirado en el risco,
dejaba que el pensamiento
hiciera su ronda de sombras,
hasta que desde el fondo del tiempo
brotó la plegaria primera:
Padre nuestro que estás en los cielos…
y el cielo se abrió como una herida.
Mi padre.
No sé si está en los cielos
o en algún sótano donde el maligno
se ríe con los dientes mojados.
Tuvo sus deslices, sí,
pero ninguno tan hondo
como para negarle la entrada
a ese cielo que es apenas un truco,
igual que el in****no:
puras invenciones del miedo
para que el hombre no se atreva
a ser hombre.
La oscuridad cayó de golpe.
La luz del farol
serpenteaba sobre la piel de la mar,
esa mujer veleidosa,
decía mi padre,
el que está en los cielos,
y la mar se reía,
porque sabe más que todos los dioses.
Él la quería en su inmensidad,
solo en su bote a remos,
cuando la tormenta arrecia
y no queda más remedio
que ponerle la proa a la ola
para que te levante
y te salve del zarpazo de la muerte
tan lejos de tierra firme.
Ahí era feliz:
en la boca del peligro,
en el beso salado de la ola,
en el filo donde el mundo respira.
La noche cayó con su nostalgia.
Mi padre,
el que está en los cielos,
decía siempre
que la noche entristece,
que se parece a la muerte,
y que los de arriba se aprovechan:
te ofrecen un cielo
para que no te deshagas sin esperanza,
y también un castigo
en la casa del maligno.
Todo para obligarte
a caminar por la vereda,
porque en la calzada
en la calzada
te atropellan ellos.
Ellos:
los que nunca han sentido
la quemadura del mar en la boca.
Al de arriba no le gusta
que uno sea libre.
Él hace lo que quiere
porque puede.
Los arneses son para la tropa.
La libertad, para los que arden.
Por eso no he querido dejar el villorrio:
una caleta frente al mar,
casitas pintadas en el cerro,
entre el roquerío.
Sin calles, sin veredas, sin calzadas.
Aquí no hay forma de enrilar a nadie.
Aquí el viento manda.
Aquí la sal escribe.
El de arriba no se arrima
a una caleta perdida,
a la orilla del desierto,
frente al mar,
a este horizonte entero
que es un espejo azul
donde el mundo se mira
y no se reconoce.
La noche, mire donde mire,
está llena de estrellas.
En alguna de ellas debe estar
el señor
ese
que está en los cielos
y no en un cementerio,
perdido
entre arena y sal.
O quizá no está en ninguna parte,
y es mi padre el que brilla,
mi padre,
el que está en los cielos,
el que nunca dejó de remar
contra la muerte.