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Philo Farnsworth.El muchacho de la granja que, con una idea nacida en un campo de Idaho, inventó la televisión electróni...
21/12/2025

Philo Farnsworth.
El muchacho de la granja que, con una idea nacida en un campo de Idaho, inventó la televisión electrónica moderna.

Esta foto parece normal pero…

Durante años, en un rincón polvoso de Idaho, Estados Unidos, vivió un muchacho que parecía destinado a repetir la vida de todos los que crecían ahí: sembrar, cosechar, arreglar cercas, sobrevivir a los inviernos y agradecer por los veranos. Su nombre era Philo. En su comunidad no era especial por nada: no era el más fuerte, ni el más sociable, ni el más aventado. Solo era un chamaco flaco que trabajaba en los campos de remolacha con más disciplina que entusiasmo.

Pasó así su infancia: entre surcos, herramientas gastadas y un silencio que solo rompían las máquinas viejas de la granja. Nada apuntaba a que su vida sería distinta. Su familia era humilde, él no tenía acceso a inventores, a laboratorios ni a mentores. Lo más cercano a la tecnología era un generador que fallaba cada semana.

Pero había algo raro en él, algo que nadie notaba porque nunca lo decía: mientras los otros chicos se distraían, él se quedaba mirando cómo se movían las sombras en las paredes, cómo las líneas se formaban y desaparecían, cómo un objeto podía “viajar” si se descomponía lo suficiente en pequeñas partes. Le obsesionaba entender por qué el movimiento podía fragmentarse y reconstruirse.

Nada más.

Su vida siguió normal. A los 14 años ya sabía conducir un tractor mejor que un adulto, a los 16 tenía callos en las manos que parecían piedra, y a los 18 parecía encaminado a heredar la granja de su padre. Nadie habría apostado que ese joven, silencioso e introvertido, iba a cambiar la historia moderna. Nadie.

Un día, mientras araba el campo, vio algo que para otros no significó nada: las líneas perfectamente rectas que dejaba el arado sobre la tierra. Paralelas, constantes, exactas. Ese patrón lo persiguió durante días. Tenía la sensación de que ahí había una respuesta a una pregunta que aún no sabía formular.

Esa misma noche tomó una hoja y dibujó líneas. Luego puntos. Luego imaginó que cada punto podía representar una parte diminuta de una imagen. ¿Y si esas líneas podían “barrer” una imagen? ¿Y si al moverlas lo suficientemente rápido se podía reconstruir en otro lugar?

Parecía una tontería. Incluso él lo pensó. Pero lo siguió intentando.

Mientras sus hermanos dormían, él hacía cálculos en secreto. Mientras otros soñaban con cosechas mejores, él soñaba con convertir imágenes en electricidad… y luego volverlas a ensamblar. Nadie en la granja entendía qué hacía. Ni siquiera él podía explicarlo sin parecer loco.

Para todos, seguía siendo el hijo del granjero. Nada más.

Pasaron los años. Se fue a estudiar. Patentó ideas. Le robaron otras. Se enfrentó a gigantes industriales. Vivió derrotas durísimas, casi lo quiebran.

Pero nunca dejó de perseguir lo que había imaginado a los 14 años entre surcos de tierra recién arada.

Y solo hasta el final, cuando todo estuvo listo, el mundo entendió quién era realmente ese joven que parecía destinado a una vida común:

Philo Farnsworth.
El muchacho de la granja que, con una idea nacida en un campo de Idaho, inventó la televisión electrónica moderna.

El hombre que millones jamás reconocerán… pero que les cambió la vida sin que se dieran cuenta.

21/12/2025

: Mother Ginger proudly watching her Polichinelles during a 1977 performance of George Balanchine's The Nutcracker®, photographed by Martha Swope.

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21/12/2025
17/12/2025

EL BOLERO INOLVIDABLE... QUE RAVEL NO PODÍA RECORDAR

Se encontraba Ravel en la cima de su fama cuando recibió el encargo de la bailarina Ida Rubinstein para crear una nueva pieza de aire español para su compañía de ballet. Ravel quiso basarse en alguna de las piezas de la «Suite Iberia» de Albéniz, pero al estar ya los derechos comprometidos hubo de crear una pieza totalmente nueva. Ese es el origen del celebérrimo Bolero.

Ravel se tomó el encargo como «un ejercicio de orquestación», en el que tomó un tema inspirado en el bolero como danza, una forma musical de moda en aquel tiempo. Según sus palabras pensaba utilizar dicho tema con insistencia, repitiéndolo «una buena cantidad de veces, sin desarrollo alguno, graduando bien la orquestación» y elaborando, a través de la suma progresiva de instrumentos, «un tejido orquestal sin música, un largo y progresivo crescendo» que terminaría de forma abrupta. Esa progresión rítmica, unida a la creciente intensidad de la composición y a su apoteósico final dotaba al Bolero —que Ravel definía como «vacío de música»— de lo que algunos han querido calificar como una cierta significación sexual. Puede que esa pretendida se*******ad que la obra puede llegar a inspirar en el oyente sea parte de su enorme éxito.

Ida Rubinstein se encontró con una pieza de 17 minutos que estrenó en la Ópera Garnier de París en 1928. Acompañando los ritmos repetitivos de la orquesta se contoneó sobre la mesa de una taberna recreada en el escenario, rodeada de hombres que juegan a las cartas y terminan peleándose entre ellos navaja en mano —todo muy acorde con los tópicos que sobre España se tenían en la época—. Al acabar la pieza una espectadora gritó: «¡Al loco! ¡Al loco!» —«Au fou! Au fou!»—, reacción ante la cual Ravel le dijo a su hermano: «Esa, esa lo ha entendido». Ese era el valor que Ravel le daba a su obra. Un mero ejercicio de orquestación sin apenas pies ni cabeza. Y sin embargo resultó un grandioso éxito.

La sorpresa es que, aunque posteriormente compuso dos obras maestras soberbias: su Concierto para la mano izquierda y su Concierto para piano en Sol, algunos neuropsicólogos modernos han sugerido la hipótesis —sobre la que no existe consenso— de que la idea subyacente en el formato repetitivo del Bolero podría tener algo que ver con la enfermedad neurológica progresiva que Ravel desarrollaría poco después, aunque no hay evidencias claras de que esto sea así. Lo que sí es cierto es que, coincidiendo con un accidente automovilístico sufrido cuatro años más tarde —de consecuencias nunca del todo aclaradas—, su estado empezó a agravarse de forma alarmante.

En sus últimos años, no podía escribir música y una afasia provocó que, a pesar de reconocerlo como obra suya, no pudiera reconstruir en su cabeza ni siquiera el machacón desarrollo del Bolero. Esa pieza que nunca le entusiasmó —repetitiva hasta la extenuación, de «demasiado éxito» para su gusto—, era ahora todo un reto para su mente que no era capaz de reproducirla.

Y más curioso aún, esta obra que él compuso como ejercicio preparatorio de empresas mayores, se convirtió en inseparable de su nombre. Si más allá de los grandes amantes de la música, las masas le recuerdan, es por su Bolero, el Bolero de Ravel.

Todas las anécdotas publicadas están ordenadas en nuestro blog Anécdotas de cine, música y arte. Enlace en la bio. (Paco López).
Imagen CC0

17/12/2025

Comenzó con una historia de fantasmas, solo que los fantasmas eran mujeres reales, y la casa embrujada era la propia historia. Finales de 1969, Universidad de Yale. Un viento frío se colaba entre los viejos edificios de ladrillo, de esos que hacen que los estudiantes caminen más rápido y que el profesorado hable más bajo. Pero Margaret Rossiter no era como los demás. Ella se fijaba en cosas. Cosas extrañas.

Una tarde, mientras hojeaba archivos polvorientos para un proyecto de clase, encontró una vieja fotografía de laboratorio de finales del siglo XIX. Un grupo de hombres posaba con orgullo detrás de una mesa llena de instrumentos científicos. Pero no fueron los hombres lo que le llamó la atención.

Fue la mujer que estaba a un lado.

Concentrada. Trabajando. Con un delantal y sosteniendo un equipo—claramente parte del equipo.

Pero cuando Margaret revisó el artículo publicado de ese mismo laboratorio...

No mencionaban a la mujer. Ni una sola vez.

Pasó la vista una y otra vez entre la foto y el texto.

“¿Dónde está?” susurró.

Al principio pensó que era un error.

Pero luego encontró otra foto. Y otra. Y otra.

Mujeres por todas partes en las imágenes—en ninguna parte en el registro escrito.

Las habían borrado.

Y, sin embargo, cuando Margaret les hizo a sus profesores, con toda naturalidad, la pregunta que lo empezó todo—“¿Alguna vez hubo mujeres científicas?”—la sala estalló en respuestas seguras.

“No.”
“No realmente.”
“Quizá Marie Curie, pero incluso ahí, Pierre era la verdadera mente.”

Margaret no discutió. Solo escuchó.

Pero algo dentro de ella decía: “Se equivocan.”

Así que se puso a buscar.

En el sótano de la biblioteca, abrió un grueso libro de referencia llamado American Men of Science. A pesar del título, página tras página aparecían mujeres—botánicas, astrónomas, químicas—mujeres de Wellesley, Vassar, Bryn Mawr.

“Estas mujeres existieron,” murmuró. “Tenían títulos. Tenían carreras.”

¿Por qué nadie las mencionaba?

A medida que se hundía más en archivos por todo el país, la verdad se volvió imposible de ignorar.

Las mujeres estaban en los laboratorios.
Las mujeres construían los experimentos.
Las mujeres ayudaban a dar forma a los descubrimientos.

Pero cuando se publicaban los artículos, sus nombres desaparecían.

Una mujer había diseñado un experimento entero—pero el supervisor hombre publicó los resultados él solo.
Otra pasó años recopilando datos—y aun así solo la agradecieron en los reconocimientos.
Otra descubrió algo revolucionario—solo para ver cómo un colega hombre recibía un premio por ello.

“Esto no es un error,” se dijo Margaret. “Es un patrón.”

Un patrón tan antiguo y tan extendido que se había vuelto invisible.

Necesitaba un nombre para esa desaparición—ese robo sistemático de crédito.

A principios de los años 90, lo encontró en los escritos de Matilda Joslyn Gage, una sufragista olvidada que había advertido sobre esa misma injusticia más de un siglo antes. Gage decía que, cuando las mujeres lograban algo, a menudo el mérito se le atribuía a un hombre.

En 1993, Margaret por fin le puso nombre al fenómeno.

El Efecto Matilda.

Una frase silenciosa con un poder explosivo.

En cuanto lo nombró, historiadores, científicos y estudiantes empezaron a ver el patrón en todas partes.

Mujeres que habían cambiado la ciencia por fin comenzaban a ser reconocidas:

“Las fotografías de Rosalind Franklin revelaron la estructura del ADN.”
“Lise Meitner explicó la fisión nuclear.”
“Nettie Stevens descubrió los cromosomas X e Y.”
“Cecilia Payne demostró de qué están hechas las estrellas.”

Cada vez, Margaret encontraba la misma historia escrita con tinta distinta:

Hombres elogiados.
Mujeres olvidadas.
Historia reescrita.

El trabajo de su vida se convirtió en una misión para devolverle la voz a quienes habían sido borradas. Durante más de tres décadas, escribió su monumental serie Women Scientists in America—cientos de páginas de pruebas, cartas, cuadernos de laboratorio e historias profesionales olvidadas.

Algunos colegas se burlaban de ella.
Otros decían que estaba siendo “demasiado política.”
Otros insistían: “Te estás imaginando patrones que no existen.”

Margaret nunca levantó la voz.

Levantó sus pruebas.

Cajas de ellas.
Años de ellas.
Vidas enteras.

Y, con el tiempo, el mundo escuchó.

Las universidades reescribieron sus planes de estudio.
Los científicos reevaluaron premios.
Los historiadores revisaron viejas narrativas.
Y el Efecto Matilda se convirtió en un término estándar en todo el mundo.

Margaret Rossiter cambió la forma en que entendemos la ciencia—no descubriendo un nuevo elemento ni inventando una máquina, sino revelando la verdad que había quedado enterrada bajo el silencio.

Cuando falleció el 3 de agosto de 2025, a los 81 años, un homenaje capturó su legado a la perfección:

“Porque ella miró de cerca, las mujeres ocultas volvieron a hacerse visibles.”

Les devolvió sus nombres.
Les devolvió sus historias.
Les devolvió su lugar en la historia del descubrimiento.

Y nos dejó una pregunta que todavía resuena:

“Si tantas mujeres fueron borradas del pasado, ¿quién podría seguir faltando en el presente?”

11/12/2025
20/10/2025

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23/09/2025

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01/09/2025

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28/07/2025

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Dirección

Ortiz De Rozas 999
La Ligua
2030000

Horario de Apertura

Lunes 09:00 - 14:00
15:00 - 21:00
Martes 09:00 - 14:00
Miércoles 09:00 - 14:00
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