24/06/2022
la tierra áspera y acogedora bajo la espalda y en contacto directo con la piel. las raíces sobresalientes dejan pequeños rasguños o moretones, igual que las piedrecitas y semillas bajo los árboles del cerro del campus
los pies desnudos, en mi caso siempre azules —rara vez logro entibiarlos, como si ya estuviera mu**ta —, detienen su vaivén, la búsqueda del lugar apropiado para apoyarlos, como los hombros del guerrillero de turno, para caer suaves, atentos, las respiraciones congeladas y los cuerpos quietos frente a movimientos bajos, como de duendes, entre enredaderas y helechos alimentados con pura lluvia en Conce
unos ojitos negros
un pudú
atento, examina a los humanos adorándose y nosotros pasamos a ser los animales en la reserva natural, teñidos de barro, con pedazos de pasto y hojas en el pelo. abrigados por la niebla, hidratados por esa llovizna que cae siempre a la medianoche
la versión chilena de un ciervo da una vuelta, nos rodea y desaparece por el cerro, drogado en tetosterona y feromonas
muerdo mi labio inferior ante la recapitulación de las envestidas y trago llovizna, bruma, la niebla que nos envuelve igual a un sueño, terrenal por lo demás, la de ser universitarios sin plata para ir a otro lugar. o sí, siendo honestos, tenemos plata, pero deseamos la aventura, las marcas de rasguños en los pies que ahora miro con nostalgia cuando me quito los zapatos en el parque
el frío discreto de un día lluvioso, pero no con el agua embravecida del sur, envuelve las plantas de los pies, eriza las manos, separa los labios y cierra los ojos. la noche de anoche fue, como anoche que nos quedamos escuchando a Rosalía y Bad Bunny por teléfono
levanto la frente
respiro, suspiro y me voy
imitando a las hojas doradas del otoño
bienvenida oscuridad