21/09/2026
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QUIZÁS una sola vez se vive.
¿Para qué desdeñarse, entonces?
Prendido al árbol desastrado;
ahorcado, nocturno, dando vueltas,
desairado y sin aire, cuelgo.
Me pierdo con sólo recordarte;
sin decirme cuándo, me dijiste
que sí. Abriendo tus barajas de oro
me jugaste a matar: son tuyos
mis pesos falsos, devaluados.
El cuchitril de la esperanza,
revendido ya, te pertenece,
y la ganga añoro de otros días.
Ay, juventud; ay, miserables
jirones de alcohol, sentencia
de muerte; ay, pasillo condenado.
Ausencia sin olvido, tiempo
sin olvido. Y no sirvo, y no me tapa
ya ni la tristeza.
Y podré encontrarte, por decirte
que no volverás, que espero siempre.
Bajo el mal trato de los años,
viejo, te pruebo tus palabras
con boca perversa, y no me importa
que me mires llorando. Y callo
y me amarro para no buscarte.
El durable hielo de otro sueño
afirma antiguos puentes, cuaja
los trasudores de esta fiebre.
Quizás viví una vez. Acaso
tú inmortal sabes ser, valiéndote
de la miel central de tus espinas;
te calzas de sirena, cantas
en el oscuro, con tus islas
claras de lujos no tocados.
Y yo no tengo a dónde irme
ni me quiero quedar. Visible
estoy, ahorcado, sintomático.
En tanto que todas las liturgias
obscenas, las culpas relumbrantes
en ti se recogen, te desnudan
con el amor de las mujeres
que no me amaron.
Ya no me aflijo; nada tengo.
Ni siquiera las memorias tristes
ni los males en que me dejabas.
ALBUR DE AMOR. [1987]