20/06/2026
LA FUERZA DEL SOLSTICIO: MÁS ALLÁ DE LA INTELIGENCIA CULTURAL, UNA TRADICIÓN QUE ABRAZA AL MUNDO (PARTE 1).
Claudia Stohmann R. de A.
Junio 20 de 2026.
En Bolivia estamos a pocas horas de la celebración ancestral que ha ido adquiriendo trascendencia en las últimas décadas gracias al marco legal constituido como “Año Nuevo Andino Amazónico Chaqueño” desde el año 2009.
En las tierras bajas (Guaraní, Chiquitana, Mojeña) y en los valles, observamos las «Culturas de las Estrellas» mientras que en las tierras altas, nos encontramos con las «Culturas del Sol». La mística y los rituales se relacionan con la cosmovisión de varias culturas latinoamericanas e, inclusive, de varios continentes, como se revisará en la ‘Parte 2’ de esta exposición. Sin importar la distancia geográfica en el planeta, son muchas las sociedades alrededor del mundo con una cosmovisión similar: el respeto por los ciclos de la tierra, la esperanza que trae el sol en una nueva etapa y la fertilidad que recupera su fuerza.
De forma contraria a lo que muchos piensan, el rito que representa al solsticio de invierno o el fin de la cosecha, no es exclusivamente una tradición originaria campesina y tampoco está relacionada únicamente con lo andino. Sorprende ver similitudes en las tradiciones de diversos países que reflejan el renacimiento de la luz, en especial con la implicancia del sol. Justamente por dicha representatividad, el inicio de esta publicación está marcado por la tradición boliviana que se enfoca en el astro rey, en una ceremonia que en las últimas dos décadas fue considerada parte del “Ceremonial de Cancillería” del Estado Boliviano en la sede de Gobierno.
El “Willka Kuti” o “Retorno del Sol” pertenece a la herencia de los pueblos del altiplano central, principalmente alrededor de la cuenca del Lago Titicaca en Bolivia y el sur del Perú. Se celebra hasta nuestros días en La Paz, Oruro y Potosí, en una fiesta marcada por el frío a más de 3.800 m.s.n.m. donde se rinde culto al sol, concentrándose en las ruinas de Tiwanaku y en cumbres y cerros sagrados (apus) como el Sajama o Sillota Vito.
El aspecto ceremonial se centra en la Wajta con especial representatividad en el Altiplano Central (Tiwanaku), término que proviene del aymara y significa ‘ofrenda quemada’ o ‘acto de convidar’. Está compuesta por una “mesa” ritual hecha con lanas de colores, figuras de grasa de llama, dulces con formas simbólicas, misterios, incienso, copal, hojas de coca y como corolario, un sullu (feto de llama deshidratado). Este, al encenderse por el rociado de abundante alcohol, produce un fuego sagrado que se eleva con los ruegos de la comunidad al Tata Inti (Padre Sol) y a los Achachilas (ancestros/montañas), alimentando espiritualmente a la tierra para que devuelva el calor.
El Machaq Mara del Altiplano Central y general se traduce como Machaq: Nuevo y Mara: año/ciclo. Su mística ritual en un acto físico y comunitario de esperar en silencio y a temperaturas bajo cero, el momento en que aparezca el sol para absorber la energía cósmica renovada (ch’ama) que limpiará el cuerpo y el espíritu.
La festividad inicia la noche de 20 de junio con fogatas que congregan a personas arropadas con los tradicionales aguayos en una vigilia para hacer un balance espiritual guiado por los yatiris o amautas (sabios aymaras) que preparan la ofrenda de la “mesa” dedicada a la Pachamama mediante el sullu (la entrega de una vida potencial en su estado más puro) como pago explícito y recíproco a la tierra.
Alrededor de las 06:00 de la mañana, con temperaturas bajo cero, la multitud sube a las cumbres o ingresa a los templos -siendo el más emblemático “la Puerta del Sol”- para que, en el momento exacto en que el sol despunta en el horizonte, todos extiendan las manos abiertas hacia el este para la recarga de esa energía renovada. Al encenderse la mesa ritual, el humo lleva las peticiones hacia las divinidades. Tras este rito, estalla la música de los conjuntos de sicuris (zampoñas tradicionales) y se comparte el apthapi, el gran banquete comunitario que incluye una serie de protocolos sociales dignos de otra publicación.
En el Gran Chaco boliviano, la Nación Guaraní prescinde de la devoción solar andina. Su mirada se dirige al firmamento nocturno, enfocándose en la aparición del planeta Venus. Bajo el nombre de Yasitata Guasú Köe Mbiya o Lucero del Alba, la festividad conmemora la orientación estelar y el porvenir bioclimático de los bosques del llano.
El ceremonial de esta celebración surge en el Arete Guasú de la región del Gran Chaco y los Valles Bajos, que traducido del guaraní significa “Fiesta Grande” o “El Tiempo Sagrado de la Alegría” caracterizado por la mística de una danza circular.
Durante la noche del 20 de junio, inicia un festejo comunal expansivo liderado por los mburuvichas (capitanes grandes). Hombres y mujeres danzan el Arete Guasú con máscaras de madera balsa que representan a los antepasados, los espíritus del monte y la naturaleza. Bailan al ritmo de cajas y flautas nativas para romper la linealidad del tiempo cotidiano y unificar a los vivos con los mu***os bajo la protección de la naturaleza.
También está el Köe Mbiya que es el avistamiento del Lucero en la región chaqueña/guaraní. Su traducción literal significa “El brillo de la mañana” o “El despertar del lucero” y se convierte en un ceremonial astronómico predictivo. Los chamanes y sabios guaraníes vigilan el cielo despejado durante la madrugada y entre las 04:00 y las 05:00 a.m., buscan el destello de Venus al Oriente para realizar la interpretación de su brillo: Si brilla de manera nítida, limpia y radiante, los sabios profetizan un año de abundantes lluvias y fertilidad agrícola; si se muestra opaco o cubierto de bruma, se interpretan dificultades y se planifican estrategias de reserva de grano. Finalmente, la reciprocidad chaqueña se sella con la ofrenda y el convite de copas de Kagüi (chicha de maíz fermentada) como el motor ceremonial de esta zona, agradeciendo a los espíritus protectores del monte por el agua y la vida.
En Santa Cruz, la fiesta se concentra principalmente en dos escenarios importantes:
1. El Fuerte de Samaipata, como punto emblemático en medio de la gigantesca roca tallada denominada ‘Patrimonio de la Humanidad’ donde confluyeron culturas andinas y amazónicas.
2. Las comunidades originarias, urbanas y rurales, en especial la zona guaraní de Villa Paraíso en el Distrito 14 de la ciudad, así como diversos municipios en la Chiquitania y la Amazonía.
El ceremonial de estas actividades se centra en la invitación del Kagüi en la región amazónica y de los llanos como el acto de reciprocidad ritual, en el cual el líder de la comunidad (mburuvicha) vierte las primeras gotas de chicha sobre las raíces de los árboles grandes del bosque para alimentar a los espíritus guardianes. Luego, se comparte esta bebida fermentada en vasijas comunes, sellando un pacto de hermandad y supervivencia colectiva.
A diferencia del frío altiplánico mitigado con fogatas, ascensos a cumbres y rituales andinos, la celebración del oriente es una vigilia festiva, cálida y comunitaria que dura más de 18 horas. Empieza en la noche del 20 de junio con el Arete Guasú (música y danza), continúa con el avistamiento de Venus (Yasitata) a las 04:00 de la mañana y, con manos alzadas y la lectura de la cosecha, se recibe el amanecer del 21 de junio.
La vigilia y Arete Guazú arrancan con una feria autóctona de artesanías y la reunión de los capitanes grandes (mburuvichas) guaraníes. Se baila la “fiesta grande” al ritmo de flautas e instrumentos tradicionales con música Chiquitana (como las orquestas de Urubichá) y danzas de la comunidad afroboliviana.
Luego de divisar al planeta Venus, conocido como el Lucero del Alba o Yasitata Guasú, los sabios indígenas observan su brillo e intensidad entre las 04:00 y las 05:00 de la mañana y de acuerdo a la tradición guaraní, la claridad y posición con la que aparezca anunciará si el año venidero traerá buena o mala cosecha, permitiendo a los productores planificar su agricultura comunitaria. Cuando llega el alba, los asistentes elevan las manos para cargarse de la energía renovada. Luego se convida chicha de maíz, se queman esencias nativas y se comparte comida comunitaria para agradecer por la fertilidad de los bosques y los campos del llano.
El Inti Raymi es un término quechua que se traduce como “La fiesta o Resurrección del Sol” con un origen netamente incaico. Desde sus inicios, se caracterizó por ser una fiesta político-religiosa de trascendental importancia en todo el Tahuantinsuyo. Era una celebración centralizada e impuesta por el Inca (el hijo del Sol) en la plaza de Huaycapata (Cusco) con un fuerte enfoque geopolítico: los líderes de todos los pueblos conquistados debían asistir para rendir vasallaje al emperador y reafirmar su soberanía. El escenario actual está en la fortaleza de Sacsayhuamán en esta misma localidad peruana, pero también se celebra con gran fuerza en las comunidades quechuas o Kishwas del norte del Ecuador, como Otavalo o Cotacachi.
En Bolivia, se celebra principalmente en los valles de habla quechua de Cochabamba, Chuquisaca y Potosí, que son las zonas que tuvieron mayor influencia y presencia del Imperio Incaico. Su celebración, sin embargo, tiene diferencias radicales con las representaciones teatrales que se realizan en Perú. En las regiones bolivianas, son actos devocionales comunitarios, telúricos y de estricta reciprocidad con los seres sagrados del ecosistema.
La celebración de la Nación Yampara en Chuquisaca, asentada especialmente en municipios como Tarabuco y en las colinas que rodean a Sucre, presenta un ritual que reúne a los comunarios en observatorios naturales y cerros sagrados. A ellos acuden vestidos con sus tradicionales y coloridos ponchos (a jsu) que por sus colores y diseños, equivale a portar un libro abierto con la historia de su resistencia colonial y honra la sangre derramada por sus guerreros; sus monteras y las grandes ojotas de madera con pesadas espuelas de hierro. El ceremonial exacto exige el uso de la montera que imita de forma irónica los cascos de los conquistadores españoles vencidos en la Batalla de Jumbate.
Este ceremonial que se traduce literalmente del quechua como “jugar”, “juego” o “danzar de forma festiva” no es una simple danza folclórica. Es un ritual de profunda resistencia histórica, conexión con los difuntos trágicos y la fertilidad de la tierra. El amanecer se saluda con música melancólica de los tokoros y las senqatanas (flautas grandes de pan) y el fuerte zapateo de los Yampara, cuyas espuelas de hierro resuenan contra el suelo de roca, produciendo un sonido ensordecedor con función ritual que imita el latido y el despertar del corazón de la Pachamama tras el letargo del invierno. Las ofrendas se preparan para pedir la bendición del sol de cara al nuevo ciclo agrícola.
Como parte del ceremonial, se realizan las ch’allas (libaciones) de chicha de maíz en vasos ceremoniales de madera, policromados y con diseños geométricos incas (kerus), salpicando la tierra y cantando rezos en un quechua cerrado y arcaico.
El uso de los kerus, sigue un protocolo ceremonial estricto: se manejan en parejas idénticas. El amauta o la autoridad originaria sostiene un vaso en cada mano. Uno representa el principio masculino (Chacha/el Sol) y el otro, el principio femenino (Warmi/la tierra) para escenificar la dualidad y la simetría.
Antes que los humanos beban, el celebrante levanta ambos kerus al cielo saludando al sol naciente y vierte las primeras gotas de chicha de maíz (jora) de forma circular sobre la tierra. No se salpica al azar; el líquido debe dibujar un camino en el suelo para alimentar a las deidades del subsuelo (Uku Pacha). Tras el brindis con las divinidades, se produce el intercambio horizontal: Las autoridades beben simultáneamente de ambos vasos y luego los rellenan para invitar a los miembros de la comunidad, sellando un pacto de unidad comunitaria (Ayllu) indispensable para enfrentar los meses de escasez del invierno, enalteciendo la reciprocidad.
En las comunidades de Potosí se congregan en sitios rituales elevados como el cerro Pari Orko o el imponente Sumaj Orcko (Cerro Rico de Potosí) y es allí donde los sabios quechuas guían a la población para realizar el k’intu para agradecer la producción minera y agrícola.
El ceremonial de este evento está en dicho K’intu, que traducido del quechua significa “ramillete sagrado” o “conjunto selecto” y consiste en la elección minuciosa de tres hojas de coca perfectas, sanas y enteras que se unen por sus tallos, sostenidas entre los dedos y dispuestas en forma de abanico.
Cerca de las 04:00 de la mañana, los amautas y médicos tradicionales inician el acullico (masticado colectivo de coca) eligiendo el K’into o K’intu, el cual se sopla suavemente con el aliento vital (phukuy) hacia los cuatro puntos cardinales invocando a los apus (los espíritus guardianes de las montañas) y se entrega al fuego o a la boca de las minas como un tributo de reciprocidad económica. Además, se prepara la mesa ritual en la que se colocan lanas de colores, dulces de figuras geométricas, incienso y se vierte alcohol puro de caña (ch’alla). A las 06:30 a.m., en medio de ráfagas de viento helado que superan los 4.000 m.s.n.m., los asistentes elevan las manos junto al humo blanco de la mesa quemada que sube para pedir al Tata Inti y al Tío de la mina (deidad del subsuelo) que el nuevo ciclo traiga abundancia económica y salud en los socavones.
En Cochabamba, el festejo se traslada a las colinas arqueológicas y ruinas incaicas de la región, como Incallajta (la fortaleza incaica más grande de Bolivia) o el cerro Minerito en Tarata. En estos puntos, se queman las mesas rituales al amanecer mientras conjuntos autóctonos tocan música quechua con charangos y flautas de pan.
El ceremonial de este evento es la Q’owa, palabra quechua que representa a una planta aromática medicinal y mística (Mentha pulegium o poleo andino) que se quema junto a resinas naturales como el copal para que su humo penetrante pueda sahumar e impregnar el aire de los recintos considerados sagrados, con la intención de limpiar impurezas, curar la tierra y “abrir los caminos” energéticos para el ciclo que empieza.
La peregrinación a la Kallanka empieza la noche del 20 de junio portando antorchas, acompañados por el profundo sonido ambiente de los pututos (caracolas marinas). Ya en Incallajta, el ceremonial adquiere el carácter de “Asamblea de los Cuatro Suyos”.
A media noche, se realiza la quema de la q’owa sobre el altar de piedra incaico. Esta ofrenda sirve para limpiar los caminos espirituales y ahuyentar las malas energías del año viejo. Cuando los rayos penetran las ventanas de la fortaleza, la multitud absorbe la luz y el rito concluye extendiendo los aguayos para servir la pampanesa o apthapi, compartiendo un banquete masivo donde el maíz de los valles cochabambinos es el ingrediente estrella.
En el Salar de Uyuni, el Rito del Taki Unkuy / Waca Taqqy Oncooy tiene una representación especial en medio del místico escenario blanco en el que se realiza este ritual prehispánico.
Este ceremonial que se traduce del quechua Taki: canto/danza y Unquy: Enfermedad/posesión, significa “la enfermedad del canto” o “el Baile del Sufrimiento”. Es una representación sagrada que simboliza la posesión espiritual de las huacas (deidades locales) que regresan para purificar el espacio y reclamar su lugar sagrado en el cosmos. Como parte del ceremonial, en sus movimientos evoca la resistencia cultural e identitaria del siglo XVI, donde los danzarines entran en un trance dancístico ritual bajo la creencia de que las antiguas huacas reprimidas por la colonia toman posesión de los cuerpos a través del canto para purificar el desierto blanco y reclamar el orden cósmico.
Los chamanes realizan un rito de limpieza colectiva frotando los sahumerios de esencias nativas sobre los cuerpos de los asistentes. Se pide de forma explícita al sol (Tata) que bendiga las salmueras, purifique las fuentes de agua dulce del altiplano y proteja la siembra de la quinua real. A las 06:35 a.m., el sol nace irradiando reflejos dorados y rosados, momento en el que los asistentes, con mucho frío por la vigilia, abren los brazos mirando al este en un silencio absoluto que sobrecoge en medio del vasto desierto de sal.
Mañana temprano, las cenizas de la q’owa flotarán en el Incallajta y el reflejo dorado del sol empezará a entibiar el desierto blanco de Uyuni. Somos un país que demuestra que el solsticio no divide las fronteras, sino, las integra bajo la necesidad humana de la renovación. Pero tenemos un mapa incompleto, porque existe un mover cósmico y colectivo que resuena entre los hielos del norte de Europa o los antiguos banquetes de la Roma imperial o las milenarias cocinas dinásticas de Asia Oriental. Son los temas que desvelaremos en la segunda parte de esta travesía global en torno al solsticio que nos muestra que cuando la tierra se enfría, la humanidad decide encender una hoguera, con cánticos de supervivencia espiritual.