Felicidades mi amado Rafito, mi hijo amado.
Solamente pedirle al creador que siempre guíe tu caminar, para que sigas siendo un hombre de bien.
Muchos años más de vida mi pequeño gran hombre.
Mucha salud.
Dilma Justiniano
Docente Universitaria | Experta en Mercadeo Social
30/01/2026
Que este nuevo año les traiga mucho amor, alegría, salud y que todos sus proyectos sean exitosos.
Feliz 2026
A una hora de cumplir un año más de vida, mi vidita, mi hijo amado, solamente decir que vengan muchos años más, Dios es perfecto me bendice con tu presencia. Feliz cumpleaños amor de mami.
En la escuela de la vida, nadie te pregunta si quieres matricularte. Basta con nacer y ya estás matriculado. No hay uniformes ni pupitres asignados. Y el curso escolar, nunca termina.
Lo curioso es que, en esta escuela, somos alumnos y profesores. Pero el gran maestro es el tiempo: ese profesor exigente, paciente y a veces severo.
No avisa de los exámenes. Un día te despiertas y ahí está el examen en el pupitre. Y si no has estudiado, no tiene sentido pedir un nuevo examen.
Algunas materias son fáciles: el amor, la amistad, la alegría. Otras requieren más esfuerzo: la paciencia, la tolerancia, el perdón. También hay materias que preferiríamos no cursar: el dolor, la pérdida, la soledad.
Pero es a través de ellas que el aprendizaje se profundiza.
El director de la escuela (a quien muchos llamamos Dios) tiene una forma muy particular de preparar las clases.
A veces enseña desde el cariño; otras, desde la dificultad. Y así acumulamos calificaciones, sin una boleta impresa, pero con un registro invisible en nuestros corazones.
En el conflicto, aprendemos a valorar la paz. En la escasez, descubrimos lo suficiente. Al presenciar la injusticia, practicamos la empatía. Y en la vida diaria, aprendemos el difícil arte de amar al prójimo, una lección que algunos repiten durante años sin llegar a dominarla.
En esta escuela no hay vacaciones. No suena la campana para terminar el día. Cada día es una nueva lección. Y quizás el diploma final sea la serenidad de mirar atrás y decir:
*Aprendí. Cometí errores, pero aprendí. Viví la lección hasta el último capítulo.*
Se me fueron los años… y ni siquiera lo noté.
Se me escaparon entre hijos que crecían, deberes que no acababan, silencios que se alargaban más que las conversaciones, camas frías y tazas de café que siempre se enfriaban antes de llegar a mis labios.
Se fueron entre sacrificios invisibles, promesas que el viento se llevó y sonrisas falsas que usaba para no preocupar a nadie.
Me convertí en fondo, en la mujer que sostiene a todos, en la que escucha, en la que aconseja… pero a la que nunca le preguntan si está bien.
Y un día, sin drama, sin lágrimas escandalosas y sin público… me vi al espejo.
No lloré.
Me hablé.
Me dije: “Ya estuvo bueno.”
A mis casi setenta, cuando pensé que solo se me levantaba la presión o la rodilla… se me levantó la dignidad.
Esa que estaba arrumbada entre las costillas, esperando que yo le diera permiso para salir.
Y con voz firme, aunque temblorosa, me dije:
¡Basta!
Basta de ser la última de mi lista.
Basta de mendigar cariño.
Basta de hacer como que no duele.
Basta de creer que “buena mujer” es sinónimo de aguantarlo todo.
Hoy, con arrugas en la piel, cicatrices en el alma y una nueva versión de mí misma… me reconstruyo.
Recojo a pedacitos la mujer que fui, la que soñaba, la que se reía sola, la que no pedía permiso para vivir.
Y me abrazo.
Porque nunca es tarde.
No lo es para amarme, para elegirme, para ponerme en primer lugar.
No lo es para decir “yo primero” y no sentir culpa.
A esta edad… me reinvento.
Y lo haré como se me dé la gana.
No, no estamos en el mismo barco. Compartimos el mismo mar agitado, sí… pero nuestras embarcaciones son distintas, tan distintas como nuestras historias. Algunos navegan con velas de seda y motores potentes, con provisiones de sobra y abrigo para cada tormenta. Otros apenas se sostienen sobre maderas rotas, con las manos llenas de ampollas y el alma agotada de tanto remar.
Hay quienes miran el horizonte desde la cubierta de un yate, con la brisa acariciándoles el rostro sin saber del vértigo del naufragio. Y hay quienes, con el agua al cuello, bracean sin descanso, luchando por no hundirse, mientras la marea les recuerda que la esperanza también puede doler.
No juzgues al que va lento, al que parece a la deriva. Quizás no tiene barco. Quizás su única fuerza es el corazón que no se rinde, que late fuerte contra la adversidad. No estamos en el mismo barco… pero si al menos reconociéramos nuestras diferencias, si tendiéramos una mano entre oleadas, tal vez este mar sería menos cruel, y un poco más humano.
23/07/2025
En la U y en la vida, los amigos son el mejor equipo.
Porque aprender juntos es sembrar amistades que duran toda la vida
¡Feliz Día de la Amistad! 💫
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