24/08/2026
El Alto bajo cero
Por Darwin Pinto Cascan
Al subir a las páginas de "El Alto bajo cero", lo primero que nos atrapa no es solamente una
trama de misterio policial, un thriller andino; sino la vibrante dinámica de la ciudad de El Alto donde la pobreza, la migración, la política, el amor, el desamor, los ingenuos, los listillos, el hampa, la corrupción, las ganas de superarse, las ansias de poder, el humor, el humor negro y la esperanza, se entrecruzan de madera permanente hasta que se hacen una sola cosa. De ese juntarse, de ese revolverse resulta un majadito de tramas y de seres; resulta la vida diaria de una ciudad
literaria por naturaleza, que desde inicios de este siglo tiene un poder enorme no sólo en la
economía sino también en las decisiones políticas de este país.
Esta novela es ante todo un fresco humano, tan real que uno puede sentir el aire helado de la montaña cortando la piel, o el olor a llajua y singani colándose entre las palabras. Y el olor a o***a en la intemperie, o del del trago que sale del antro cuidado por guaruras intransigentes, o el de la hembra sabia y por plata, además del acoso siniestro del cogotero o el policía. El autor construye una historia de búsqueda: la de la “wawa” —ese bebé perdido en el laberinto de injusticias y corrupción que ha sido raptado en el mismo hospital donde lo parieron— y también la
historia de sus padres, Anselmo y Primitiva, padres jóvenes y solos, en la que rápidamente deja de ser solo la tragedia de una familia para convertirse en la radiografía social de todo un pueblo.
Lo extraordinario aquí es que el dolor nunca está solo; lo acompañan la ironía, las supersticiones andinas, los rituales, las parodias a la burocracia, las escenas callejeras y ese humor tan suyo, que
nos enseña a reírnos incluso de nuestras propias penurias. Reirnos. Si no podemos nada más ¿por qué no reírnos? La galería de personajes parece salida de una película de realismo sucio, desde los detectives siempre apestando a trago, desastrados y lujuriosos a punto de perder la batalla por la vida… hasta
los sindicalistas honestos y corruptos, los periodistas indescifrables, los policías peligrosos y los rateros, quizá los más transparente en esta mascarada cotidiana… todos con algún secreto que ocultar bajo la chompa.
Pero la novela es mucho más que una denuncia social o un cuadro realista, es también una declaración de amor para quienes resisten. Bajo la superficie de este thriller andino palpita una meditación sobre la dignidad, la pertenencia, los errores y las segundas oportunidades: ¿qué nos mantiene de pie cuando todo parece perdido? ¿Cuánto vale una familia, una ciudad, incluso una vida, en medio del caos del que no se puede
salir? El final —agridulce, abierto, honesto— no busca redimir ni castigar, sino recordarnos que la vida sigue incluso cuando el frío aprieta más fuerte. "El Alto bajo cero" nos invita, con inteligencia y ternura, a mirar frente al espejo y reconocer en el otro —en el extraño, en el vecino, en el perseguido y hasta en el verdugo— un poco de nosotros mismos. Y quizás esa es su mayor victoria: transformar lo que quizá nació como una crónica policial en literatura viva, y esta literatura en una fiesta para nosotros, para este país tan necesitado de risa, y también para esta humanidad que si uno ve las noticias, está siempre al borde de irse al diablo.