01/08/2026
•Con voladores de bolsita•
Durante estas vacaciones de invierno, tres semanas, en nueve encuentros, nos reunimos alrededor de “La fábrica de objetos imposibles”. Cada jornada comenzaba con un pequeño asombro: un casete de música, una lupa, un caleidoscopio, una caja de música, una perinola… objetos que algunos llamarían atávicos o simplemente artefactos de los que aparentemente podríamos prescindir, pero que, al encontrarlos, despiertan algo esencial: la curiosidad, el gozo y el deseo de explorar. A partir de ellos imaginamos y construimos marionetas de hilo, molinos de viento, taumatropos, cómics sobre pesadillas y voladores; también bailamos, leímos, jugamos, conversamos y compartimos la mesa. En otras palabras, vivimos las vacaciones en comunidad.
Este cierre nos deja la alegría de habernos reencontrado con nuestros niños de siempre, de haber recibido a nuevos amigos y de haber recordado, como profes, aquellas vacaciones en las que el tiempo parecía infinito: jugar desde temprano hasta que anochecía, inventar travesuras, desarmar objetos para descubrir cómo funcionaban, ensayar, equivocarse y volver a intentar. Porque, al final de cuentas, el tiempo libre de la infancia merece ser precisamente eso: un territorio para investigar, probar, crear y jugar, sin la urgencia de producir. Estas vacaciones fueron, para todos, un tiempo-tesoro, un tiempo-propina que esperamos permanezca mucho después de que el invierno haya terminado.