30/04/2026
¿Por qué marchan los campesinos? Por una Ley que excluye a los ayllu y un Decreto que contiene
Fernando Untoja
No toda marcha es signo de verdad. No toda multitud encarna justicia. No todo grito colectivo nace de la claridad. Muchas veces la masa avanza no hacia su liberación, sino hacia la dirección que otros le señalan. Allí aparecen los pastores: intérpretes del miedo, comerciantes del resentimiento, administradores del enemigo imaginario.
La reciente movilización campesina contra la Ley 1720 merece ser pensada desde esa sospecha. Se ha repetido que la norma favorece a terratenientes y amenaza al pequeño productor. Se ha encendido el viejo lenguaje de la oligarquía, del despojo inminente, del enemigo agrario siempre listo para reaparecer. Y la multitud, nutrida de símbolos heredados, marcha contra aquello que cree reconocer.
Pero conviene preguntar: ¿es ese realmente el contenido de la ley? La norma permite, principalmente, que pequeños propietarios transformen su condición jurídica hacia mediana propiedad. Es discutible, parcial e insuficiente; sin duda. Sin embargo, no constituye en su núcleo una restauración latifundista. El gran terrateniente ha sido invocado como fantasma útil para movilizar energías.
He aquí el mecanismo antiguo: cuando no se quiere pensar, se agita un enemigo. Cuando no se quiere analizar, se ofrece una consigna. Cuando no se quiere reformar de verdad, se organiza indignación administrada.
El problema auténtico de la Ley 1720 es otro y más profundo: su modernización selectiva. Beneficia a quienes ya se encuentran dentro de ciertas formas individuales de propiedad y deja al margen vastos sectores de propiedad comunitaria, especialmente los Ayllu, aymara y quechua del occidente boliviano. Allí está la herida real: unos pueden acercarse al crédito, otros continúan fuera; unos convierten tierra en capital, otros conservan tierra sin instrumentos para desarrollarla.
Pero esa crítica exige pensamiento, no reflejo. Exige comprender estructuras, no repetir consignas. Y precisamente por ello suele ser desplazada por el discurso del pastor político, que necesita masas excitadas antes que ciudadanos lúcidos.
El Decreto Supremo 5613 aparece luego como gesto tranquilizador: administrar el descontento, repartir palabras, contener la energía despertada. Primero se convoca al miedo; después se ofrece calma. Viejo arte del poder.
En muchas marchas está presente la moral del rebaño: la satisfacción de marchar juntos vale más que la verdad del motivo. La multitud se siente fuerte cuando se mueve al unísono, aunque avance hacia una interpretación falsa. Hay placer en obedecer una indignación común.
Sin embargo, el campesino libre no debería ser rebaño de nadie. Ni del terrateniente, ni del burócrata, ni del dirigente profesional. Su tarea superior sería otra: exigir leyes que amplíen realmente su poder sobre la tierra, su acceso al crédito, su capacidad de crear riqueza y decidir destino.
No toda marcha apunta en buena dirección. A veces se combate una sombra mientras la cadena verdadera permanece intacta. La dignidad política comienza cuando se deja de seguir pastores y se aprende a mirar con ojos propios