02/12/2025
Recuerdo aquel septiembre de 2019, días antes había llegado de Buenos Aires y me encontré con la noticia de grandes incendios en Santa Cruz, muchas instituciones empezaron a recaudar donaciones para las comunidades afectadas, otras ofrecían capacitaciones para apagar incendios forestales y así tener un conocimiento base para ser voluntario en las comunidades afectadas. Sin pensarlo mucho, opté por la segunda opción, sentía que tenía que hacer algo y así lo hice, fui Bombero Voluntario por unos cuantos días, suficientes para marcar mi vida.
Busqué el Equipo de Protección Personal (EPP) necesario para poder apoyar; botines, pantalón jean grueso, camisa de trabajo, casco, máscara de protección y un morral para llevar medicamentos de primera necesidad; antialérgicos, antiinflamatorios, dioxadol, ibuprofeno, aspirina, paracetamol, vendas, curitas, alcohol, yodopovidona y el buen mentisán que nunca debe faltar.
Con todo listo, salí hacia Concepción, sola y sin conocer a nadie, no dudé en salir de la ciudad para dar mi granito de arena, salí de mi zona de confort rumbo a lo desconocido y a lo peligroso, sin un plan en mente, me subí a un trufi y viajé por más de 5 horas.
Llegué a esa comunidad que veía en noticias, Concepción, donde sólo se respiraba humo y se veía apenas 100 metros de distancia, caminando unas cuadras llegué a la plaza principal y me detuve frente a la Catedral de Concepción, un lugar que planeaba visitar en algún momento de mi vida, pero nunca imaginé que sería en esa situación. Ese lugar que se veía hermoso en los libros de sociales o en las guías turísticas en la realidad parecía un lugar deprimente, ese estilo barroco perdía fuerza por la humareda que lo rodeaba y por la cantidad de personas que caminaban ajetreadas con herramientas, alimentos o botellas de agua, con rostros que expresaban preocupación, cansancio, tristeza e impotencia.
Aferrada a mi impulso de querer hacer algo, me dirigí a la oficina para el debido registro, donde debían comprobar que tenía el EPP completo y finalmente asignarme a un equipo de bomberos que estaba dirigido por un capitán. Después de unas firmas aquí y allá, me asignaron un aula de la escuela, espacios que habían sido adaptados para alojar a voluntarios; habían colchonetas, mantas, frasadas y herramientas.
Junto a otras personas ingresamos al aula, intercambiamos miradas para finalmente saludarnos y conocernos un poco, después de todo seríamos compañeros de trabajo y de habitación los próximos días.