24/01/2022
El miedo de Pedro, el oficinista holgazán
Aquella mañana, tras un café apresurado, Pedro preparaba el informe que su jefe Evaristo le había pedido hacía varios días. Cuando de pronto oyó pasos, olfateó la conocida colonia y divisó una sombra. Todas señales que, captadas por sus receptores, le confirmaron lo peor: parado a su lado estaba Evaristo. El peligro de un posible despido ejecutó en su cerebro la orden para que, a través de las hormonas y las descargas nerviosas, se pusieran rápidamente en marcha los procesos metabólicos que garantizaran su supervivencia.
En segundos sus pupilas se dilataron, captando más información del entorno; el vello corporal se erizó y la piel de su cara palideció, ahorrando la sangre necesaria para los músculos y el cerebro, que circuló más rápido al acelerársele el ritmo cardíaco; los depósitos de glucosa del hígado y grasa del tejido adiposo comenzaron a vaciarse para que su cuerpo dispusiera de combustibles metabólicos; la glicemia y los niveles de grasa en sangre aumentaron, manteniendo al cerebro alerta y a los músculos preparados para contraerse con eficacia; también se aceleró el ritmo de su respiración, ingiriendo más oxígeno y eliminando más eficazmente el exceso de CO2 producto del acelerado metabolismo.
Pero todos estos mecanismos fueron inútiles, ya que Pedro permaneció inmóvil escuchando a su jefe: ni salió corriendo a treparse a un árbol, ni simuló estar mu**to sobre el escritorio. Todo esa energía movilizada, el exceso de trabajo cardíaco, respiratorio y cerebral, la gran cantidad de glucosa y ácidos grasos circulando por su sangre, nunca fue consumida por sus músculos.
Estas situaciones de estrés le ocurrían varias veces al día, y como nunca venían acompañadas de un movimiento de lucha o huida, cada vez que su cuerpo producía un exceso de hormonas de estrés, de glucosa y de grasas, éstas quedaban circulando por su sangre y acabaron pegándosele a las arterias, alterándole la función de algunos órganos, provocándole primero enfermedades graves y, finalmente, la muerte por un problema cardiovascular.
Fuente: José Enrique Campillo Alvarez Libro: El mono estresado.
Modificado por Rodrigo Tognoli